miércoles, 28 de enero de 2026

Los Afrobolivianos: identidad, resistencia y cultura viva en los Yungas

Desde los valles húmedos de los Yungas paceños, la comunidad afroboliviana mantiene viva una herencia cultural forjada entre la esclavitud colonial y la lucha por el reconocimiento. Con autoridades propias, tradiciones ancestrales y una presencia cada vez más visible en la vida política del país, su historia es también parte esencial de la memoria de Bolivia.

La población afroboliviana se asienta principalmente en los Yungas del departamento de La Paz, en localidades como Tocaña, Chicaloma y Mururata. Allí, sus habitantes han preservado prácticas culturales, sociales y productivas que reflejan una fuerte identidad colectiva, sostenida frente a siglos de discriminación y exclusión.

Uno de los símbolos más representativos de esta identidad es la figura del rey afroboliviano. En la actualidad, Julio Pinedo ostenta el título de monarca simbólico, reconocido por la entonces Prefectura de La Paz —hoy Gobernación— como parte del patrimonio cultural del departamento. Esta monarquía tradicional, hereditaria y ceremonial, constituye un elemento de cohesión comunitaria y de reafirmación histórica, cuyos orígenes se remontan a la época colonial.

En el ámbito político, la comunidad logró hitos significativos en la historia republicana. En 2010, Jorge Medina se convirtió en el primer afroboliviano en ocupar una diputación en la Asamblea Legislativa Plurinacional, marcando un precedente en la representación formal de este pueblo en las estructuras del Estado.

De la esclavitud a la organización cultural

Los antepasados de los afrobolivianos llegaron desde África durante la colonia española, muchos de ellos destinados a trabajos forzados en las minas de Potosí. Las duras condiciones climáticas del altiplano provocaron el traslado de parte de esta población a los Yungas, donde se incorporaron progresivamente a las dinámicas agrícolas y establecieron comunidades propias, en interacción y convivencia con el pueblo aymara.

A fines del siglo XX, la reafirmación identitaria cobró fuerza a través del Movimiento Cultural Saya Afroboliviana, organización que impulsó la recuperación de la memoria histórica, la valoración de la música y la danza tradicional, y la reivindicación de derechos colectivos. Este proceso derivó en un logro fundamental: el reconocimiento constitucional del pueblo afroboliviano en la nueva Constitución Política del Estado aprobada en 2009, durante la Asamblea Constituyente desarrollada en Sucre.

La saya: música, memoria y denuncia

La saya afroboliviana es la expresión cultural más emblemática de este pueblo. Se trata de una danza y manifestación musical de raíz africana que combina tambores, cantos responsoriales y coplas improvisadas. En sus letras se expresan alegrías, penas, críticas sociales y episodios de la vida cotidiana.
La saya no es solo espectáculo; es memoria colectiva y herramienta de denuncia. A través de la picardía y la improvisación de los copleros, se transmiten mensajes de resistencia frente a la discriminación racial y se refuerza el sentido de pertenencia comunitaria.

Usos, costumbres y religiosidad

En sus comunidades, los afrobolivianos mantienen formas de organización basadas en la solidaridad familiar y el trabajo comunitario. Las festividades patronales, la celebraciones religiosas y los encuentros culturales son espacios de reafirmación identitaria.
Si bien la mayoría profesa la fe católica —herencia del proceso de evangelización colonial—, en algunas localidades como Chicaloma y Mururata perviven elementos simbólicos y rituales asociados a creencias de raíz africana, reinterpretadas y adaptadas al contexto local a lo largo del tiempo.
La estructura familiar extendida, el respeto a los mayores y la transmisión oral de la historia constituyen pilares fundamentales en la preservación de su identidad cultural.

Economía agrícola y saberes productivos

La principal actividad económica de las comunidades afrobolivianas es la agricultura. El cultivo de la hoja de coca representa una base esencial para la economía familiar y comunal. Asimismo, producen cítricos, plátano, yuca, papaya y diversos cereales destinados tanto al autoconsumo como a la comercialización en mercados regionales.

El café también ocupa un lugar importante en su producción agrícola. Su siembra se realiza directamente en el terreno preparado, colocando de dos a tres plantines por hoyo. Esta labor suele efectuarse entre enero y marzo, después de la quema controlada del chaco, siguiendo prácticas tradicionales transmitidas de generación en generación.

A pesar de los avances en reconocimiento legal y representación política, los afrobolivianos continúan enfrentando desafíos vinculados al racismo estructural y a la desigualdad socioeconómica. Sin embargo, su organización, su cultura y su memoria histórica constituyen herramientas de resistencia que fortalecen su presencia en el Estado Plurinacional.

En los Yungas, la saya sigue sonando. Y con cada tambor, la historia afroboliviana reafirma su lugar en la diversidad que define a Bolivia.

Texto y foto: Richard Ilimuri