En la frontera donde los mapas se desdibujan y los ríos marcan el rumbo de la vida, los Machineris caminan entre tres países sin pertenecer del todo a ninguno. Su cercanía histórica y cotidiana con Brasil los ha llevado a conocer mejor la cultura y la economía de ese país que la propia boliviana. Por necesidad, cruzan a municipios brasileños para hacer sus compras, manejar su dinero y conseguir lo básico para subsistir.
Sin embargo, ese
tránsito permanente tiene un costo alto. Para muchos, los Machineris son vistos
como incivilizados o delincuentes. La migración forzada los empuja a dormir en
calles, a pernoctar al borde de caminos o riberas, alimentando un estigma
injusto que los reduce a vagabundos, cuando en realidad son víctimas de un
sistema que los margina y los expulsa.
Pese a ello, su
organización social permanece firme. Los Machineris se agrupan en familias
asentadas de manera dispersa, pero unidas por lazos familiares sólidos e
ineludibles. Su estructura gira en torno a la familia extensa, donde la
autoridad máxima recae en el hombre de mayor edad, el Taita, jefe y cacique del
pueblo. Hasta hace algunas décadas, esta figura vivía aislada del grupo para
preservar el respeto y la distancia que su cargo exigía.
El Taita no solo
es jefe político y social, sino también la máxima autoridad espiritual. Es
curandero y chamán, considerado poseedor de capacidades sobrenaturales para
proteger a su pueblo y enfrentar a sus enemigos. Su palabra ordena, sana y
orienta la vida colectiva.
Del lado
boliviano, los Machineris se extienden naturalmente hacia Brasil. No están
cristianizados, aunque misiones evangélicas ya proyectan su integración a
congregaciones cercanas, como la de Puerto Yaminahua, abriendo un nuevo
capítulo de contacto cultural y religioso.
Su economía se
sostiene en la caza, la pesca y la recolección de castaña. A ello se suman
actividades complementarias que les permiten sobrevivir en la frontera: la
fabricación y venta de canoas, el traslado de pasajeros y carga por río entre
Bolivia y Brasil, y el comercio de fríjol, carne de monte y pescado.
El contacto
prolongado con la civilización occidental les ha hecho perder muchas de sus
habilidades artesanales tradicionales. Aun así, conservan el conocimiento para
elaborar hamacas, arcos, flechas y utensilios domésticos, vestigios de una
cultura que resiste al olvido.
Los Machineris
siguen navegando entre ríos y fronteras, entre el rechazo y la dignidad.
Invisibles para muchos, continúan afirmando su identidad en silencio,
sosteniéndose en la familia, la memoria y la selva que aún los reconoce como
suyos.
