a cultural, la presión territorial y la herencia de la colonización, este pueblo indígena mantiene viva su aspiración de libertad y armonía con la naturaleza.
La historia de
este pueblo indígena se extiende por al menos cuatro departamentos del país —La
Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Beni— adonde llegaron tras un largo proceso de
desplazamientos forzados y migraciones internas. De naturaleza humilde y
tradicionalmente nómada, los yuracarés fueron durante décadas un pueblo casi
invisible para el Estado boliviano, hasta bien entrada la década de los 90.
El punto de
quiebre llegó tras años de promesas incumplidas por los gobiernos de turno.
Junto a otros pueblos indígenas de tierras bajas, los yuracarés protagonizaron
la histórica “Marcha por el Territorio y la Dignidad”, una movilización que los
sacó del anonimato y los colocó en la agenda nacional como sujetos de derechos
y portadores de una demanda largamente postergada.
Desde 2004, la
organización interna de la etnia se ha fortalecido. Su economía se sustenta
principalmente en la agricultura, conservando técnicas tradicionales de cultivo
de arroz, maíz, yuca y plátano. La caza, práctica complementaria, se realiza
con arco y flecha, cuya punta es impregnada con resina del árbol de Solimán,
una sustancia que “tranquiliza” a los animales, según el saber ancestral.
Sin embargo, la
presión sobre su territorio no ha cesado. En los últimos años, la migración de
colonizadores y cocaleros hacia el norte de Cochabamba ha obligado a los
yuracarés a replegarse aún más, confinándolos a espacios cada vez más
reducidos, muchos de ellos en zonas que históricamente pertenecieron a
territorio moxeño.
La colonización marcó profundamente su historia. Fueron desplazados hasta lo que hoy se conoce como Ivirgarzama —“cántaro lleno de agua” en lengua yuracaré— en el actual trópico cochabambino. Más tarde, los misioneros jesuitas los trasladaron a Villa Tunari, donde aprendieron el castellano y vieron transformados muchos de sus usos y costumbres.
Pero la vida
comunitaria impuesta no se ajustaba a su cultura. El trabajo forzado y el nuevo
entorno afectaron su organización social, provocando una dispersión progresiva:
algunos grupos se asentaron a orillas del río Ichilo; otros migraron al Isiboro
Sécure, ya en las tierras bajas del Beni.
Hoy, pese a la
influencia católica y los cambios sociales, los yuracarés continúan su
infatigable peregrinar. En su cosmovisión, la imagen de lo divino se entrelaza
con elementos cristianos, sin borrar del todo la raíz ancestral. La aspiración
que se transmite de generación en generación sigue intacta: vivir en paz, en
libertad y en profunda comunión con la naturaleza, mientras la Loma Santa
continúa siendo horizonte y destino.
