jueves, 16 de abril de 2026

La mirada: Crónica de los llanos de Mojos

Una pareja de itonamas, retratada con serenidad en medio de un paisaje que parecía infinito. La fotografía, más que un registro, es una ventana a un mundo donde la vida se tejía al ritmo de la naturaleza.

Los llanos de Mojos, con sus ríos serpenteantes y su vegetación exuberante, eran el escenario cotidiano de los itonamas. Allí, la agricultura se practicaba con paciencia y conocimiento ancestral, aprovechando los ciclos de inundación y sequía. La caza y la pesca completaban la dieta y reforzaban la relación íntima con el entorno. Cada jornada estaba marcada por el trabajo colectivo y por la certeza de que la tierra y el agua eran más que recursos: eran parte de la identidad.

En este universo, el arte del tejido ocupaba un lugar central. Los itonamas elaboraban miel de caña, cestos de múltiples formas y usos: el canasto, resistente y práctico para transportar alimentos; el abanico, ligero y delicado, que aliviaba el calor de la llanura; y el yusehue, pieza que combinaba utilidad y belleza. Cada fibra trenzada era también un relato, una forma de transmitir saberes de generación en generación.

La imagen congelada en blanco y negro, nos recuerda que detrás de cada rostro indígena hay una historia de resistencia y continuidad. Los itonamas no solo sobrevivieron en un entorno desafiante, sino que construyeron una cultura rica en símbolos, prácticas y significados. Su vida cotidiana, marcada por la armonía con la naturaleza, contrasta con la modernidad que poco a poco fue transformando los llanos.

Hoy, más de un siglo después, la fotografía sigue siendo testimonio de un tiempo en que los pueblos amazónicos vivían en estrecha comunión con su territorio. Es también un recordatorio de que esas tradiciones —la agricultura, la pesca, el tejido— no han desaparecido, sino que persisten como raíces que sostienen la identidad de los itonamas en el Beni contemporáneo.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 15 de abril de 2026

Tariquía: reserva estratégica entre conservación y presión petrolera


La Reserva Nacional de Flora y Fauna de Tariquía, ubicada en Tarija y considerada uno de los pulmones más importantes de Bolivia, enfrenta un escenario complejo: su riqueza natural y función ecológica contrastan con los proyectos de exploración hidrocarburífera que generan debate entre desarrollo económico y conservación ambiental.

Creada en 1989 y con más de 246.000 hectáreas, la Reserva Nacional de Flora y Fauna de Tariquía protege bosques nublados y yungas andinos, alberga más de 800 especies de flora y 400 de fauna, y garantiza agua para ríos vitales como el Bermejo y el Grande. Su importancia ecológica y cultural la convierte en un patrimonio estratégico para Bolivia.

Sin embargo, la posibilidad de ingreso de empresas petroleras ha abierto un debate sobre el futuro de este espacio protegido. Mientras algunos sectores consideran la explotación de hidrocarburos como una oportunidad económica, comunidades locales y organizaciones ambientales alertan sobre los riesgos para la biodiversidad, el agua y el equilibrio climático.

En este contexto, Tariquía se presenta como un caso emblemático de la tensión entre conservación y desarrollo, donde las decisiones que se tomen marcarán el rumbo de la región y su legado para las futuras generaciones.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

lunes, 13 de abril de 2026

La leyenda del Kory Wayku: el Coroico viejo encantado entre la bruma

Ilustración
En las montañas yungueñas, donde la neblina se enreda con los cafetales y los ríos murmuran historias antiguas, aún se recuerda la leyenda del Kory Wayku, un pueblo encantado que desapareció entre el misterio y el miedo.

“Una muchacha se enamoró de un apuesto joven que, en las noches, en serpiente se convertía”, relata con voz temblada don Pascual Vergara, guardián de historias que sobreviven en el imaginario de los Yungas.

El anciano cuenta que la joven, deslumbrada por el misterioso visitante, escapaba de su casa cada noche para encontrarse con él. Su padre, sospechando algo, decidió atar a su hija con un largo hilo para seguir sus pasos. Así descubrió, horrorizado, que la muchacha se encontraba abrazada con una enorme víbora. Sin pensarlo, la arrancó a la fuerza de aquel ser.

Días después, la joven cayó enferma. “Embarazada había estado”, dice Vergara. Y fue durante la fiesta del pueblo cuando ocurrió lo impensable: “nació la wawa... mitad víbora y mitad gente había sido”.

El terror se apoderó de los habitantes de Kory Wayku. Temerosos de aquel ser, decidieron deshacerse de él y lo arrojaron al fuego. Pero el acto desató la cólera del encanto.

“De pronto, una neblina y un ventarrón oscurecieron todo. Mucha gente se volvió loca. Otros comenzaron a escapar, pero las personas que miraban hacia atrás, en piedra no más se han convertido”, narra emocionado Vergara, quien en su juventud emprendió, junto a cuatro amigos, una travesía en busca del mítico pueblo desaparecido.

Hoy, entre las montañas de Nor Yungas, aún se dice que el Coroico Viejo respira entre la bruma, y que Kory Wayku sigue ahí, oculto, esperando a quienes se atrevan a escuchar sus historias.

Cuando la tempestad azotó el valle, las crías y la madre víbora se acurrucaron cerca de las campanas de la iglesia, buscando refugio del viento y la lluvia. La población, decidida a terminar con las víboras, encendió fuego junto a las campanas. Un campesino valiente hizo resonar las campanas con tanta fuerza que, por el estruendo, las serpientes cayeron al fuego. La gente lanzó palos secos para avivar las llamas, y así terminaron muriendo las víboras.

Con el tiempo, los pobladores abandonaron el pueblito llamado Coroico Viejo y se trasladaron a otro lugar, donde hoy se levanta el actual Coroico, corazón de los Yungas.

“Esta leyenda me la contó mi viejita Paula cuando era niño —recuerda Vergara—, ella era coroiqueñita, y decía que el río aún guarda el eco de aquellas campanas...”

Texto y foto: Richard Ilimuri