lunes, 26 de enero de 2026

Los Reyesanos o maropas: un pueblo invisible en la amazonia

La escasa población de los reyesanos, también conocidos como maropas, ha reducido su presencia e influencia en el norte amazónico de Bolivia. La falta de estudios y registros oficiales ha dejado amplios vacíos sobre su origen, historia y situación actual en los departamentos del Beni y parte de Pando.

Debido a su reducido número, los reyesanos —o maropas, como también se los denomina— han permanecido casi al margen de la historiografía y las estadísticas oficiales. La información disponible sobre su pasado y su origen en el Beni y una parte de Pando es limitada y fragmentaria.

Antropólogos coinciden en que prácticamente no se han realizado estudios específicos sobre este grupo. A lo largo del tiempo fueron asimilados social y culturalmente, e incluso, en términos etnohistóricos, absorbidos por pueblos indígenas geográficamente cercanos como los araonas, cavineños, tacanas y esse ejjas.

Entre los pocos datos recopilados, se señala que los reyesanos pertenecen a la familia etnolingüística tacana, vinculada a la región de Tumupasa. Su economía se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividades que complementan con la elaboración de artesanías en pieles y fibras de palma. Asimismo, practican la caza y la pesca como medios de subsistencia.

En su hábitat natural, los maropas o reyesanos prefieren asentarse en zonas de bosques y llanuras atravesadas por ríos y lagos de la cuenca amazónica. Estos entornos les permiten desarrollar sus actividades productivas, que dependen de la disponibilidad de recursos naturales y de ecosistemas conservados.

Los registros también indican que el grupo mantenía una notable movilidad. Sin embargo, al alcanzar la madurez —entre los 23 y 30 años— adoptaban prácticas más sedentarias y construían sus pahuichis (chozas) con palma de motacú, abundante en las riberas de los ríos.

A pesar de su larga presencia en la región, los reyesanos casi no han figurado en las estadísticas indígenas oficiales, lo que ha contribuido a que su existencia sea poco conocida. En los últimos años, no obstante, impulsados por algunas organizaciones, miembros del pueblo han comenzado a reivindicar su identidad, principalmente a través de expresiones culturales que buscan preservar y visibilizar su herencia ancestral.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 24 de enero de 2026

El alcalde yungueño que marcó la historia de la Alasita paceña

Armando Escobar Uría, militar y político nacido en Ocobaya (Yungas), dejó una huella imborrable en la historia paceña al inaugurar va
rias versiones de la Feria de Alasita durante su gestión como alcalde municipal en la década de 1970. Su figura es recordada hasta hoy como una de las más destacadas en la administración edil de la sede de gobierno.

La Feria de Alasita, una de las expresiones culturales más emblemáticas de La Paz, tuvo entre sus principales impulsores institucionales al general Armando Escobar Uría, un yungueño que, desde el cargo de alcalde municipal, contribuyó decisivamente a la consolidación y proyección de esta festividad dedicada a la miniatura, la abundancia y la fe popular.

Escobar Uría, oriundo de Ocobaya, comunidad yungueña del departamento de La Paz, asumió la alcaldía en un contexto político complejo, marcado por gobiernos militares y una intensa centralización del poder. Sin embargo, más allá del escenario político de la época, su gestión se caracterizó por una fuerte preocupación por el orden urbano, la identidad cultural paceña y la promoción de tradiciones ancestrales que forman parte del patrimonio intangible de la ciudad.

Durante su administración, la Feria de Alasita, celebrada cada 24 de enero en honor al Ekeko, fue fortalecida como un espacio organizado y reconocido oficialmente, permitiendo que artesanos, comerciantes y familias paceñas mantuvieran viva una tradición heredada desde tiempos prehispánicos y adaptada a lo largo de la historia colonial y republicana.

Una fotografía tomada a inicios de la década de 1970 muestra al general Escobar Uría recorriendo los puestos de la tradicional feria de la miniatura, en contacto directo con artesanos y visitantes. La imagen, recientemente compartida en redes sociales por Edwin Mansilla, ha reavivado el recuerdo de su figura y ha generado comentarios que resaltan su cercanía con la población y su compromiso con las expresiones culturales populares.

A más de medio siglo de aquella imagen, Armando Escobar Uría continúa siendo evocado como uno de los mejores alcaldes que tuvo La Paz, no solo por su perfil disciplinado como militar, sino por su capacidad de valorar y proteger tradiciones profundamente arraigadas en el imaginario colectivo paceño, como la Feria de Alasita, hoy reconocida a nivel nacional e internacional.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 21 de enero de 2026

Los Baures: entre la selva y la cruz

De los aproximadamente 4.750 baures que aún se reconocen como pueblo identificable e independiente en el oriente boliviano, pocos conservan una identidad considerada “pura”. Reducidos al mínimo durante la colonización jesuítica de los siglos XVII y XVIII, este pueblo amazónico sobrevivió entre la dispersión, el sincretismo y la resistencia silenciosa de su cultura inmateriade los pueblos nómadas del oriente boliviano profundamente afectados por el proceso de evangelización impulsado por los jesuitas, encabezados por el padre Cipriano Barace, durante losl.

Los Baures fueron uno  siglos XVII y XVIII. La reducción poblacional, la dispersión territorial y la conversión forzada provocaron una progresiva asimilación con otros pueblos indígenas, así como la adopción de costumbres y visiones de vida de origen occidental, heredadas del mundo colonial español.

Sin embargo, pese a la presión histórica, algo esencial logró sobrevivir. Según registros e incursiones en territorios cercanos a las antiguas misiones jesuíticas, especialmente desde la región de la Chiquitanía, lo que aún pervive con fuerza es la dimensión inmaterial de su cultura. Persisten las formas tradicionales de caza y pesca, así como los sistemas comunitarios de redistribución de alimentos, donde las mujeres cumplen un rol central al organizar y repartir lo cazado, pescado o cosechado por los hombres.

En el plano material, los Baures fueron considerados, al momento de su primer reconocimiento, como uno de los pueblos “más civilizados” del oriente. Antes de la colonización, utilizaban vestimentas confeccionadas con corteza de árbol, a las que incorporaban sellos o marcas identitarias. Estas prendas no solo los distinguían como pueblo, sino que también les permitían realizar extensos desplazamientos por el territorio.

Con el paso del tiempo, el modernismo y el sincretismo cultural se convirtieron en los rasgos más visibles de la vida baure contemporánea. La vestimenta tradicional, mínima y funcional, fue desplazada por camisas, poleras y pantalones de mezclilla. Solo en ocasiones especiales —principalmente durante las fiestas patronales— reaparece una prenda distintiva: una especie de camiseta larga, conocida como camijeta de machetero, que desciende hasta los muslos y recuerda, de manera simbólica, antiguos usos rituales.

En gran parte de los territorios baures del departamento del Beni, las celebraciones están profundamente marcadas por ceremonias religiosas católicas. No es casual que la mayoría de sus pueblos lleven nombres de santos —San Joaquín, San Ramón, San Ignacio, San Borja— o de advocaciones marianas como la Santísima Trinidad o la Virgen de Loreto. Tras la retirada de los jesuitas, los franciscanos asumieron la posta evangelizadora y levantaron edificaciones religiosas que aún hoy ocupan el centro de las plazas principales.

Cada atardecer, al sonido de las campanas, los Baures —ya mimetizados entre miles de indígenas mestizos— acuden a misa. Incluso la relación con la muerte fue transformada. Actualmente, las tumbas se marcan con cruces de madera y, en algunos casos, de piedra. Pero este es un fenómeno relativamente reciente.

En tiempos antiguos no se colocaba ninguna señal sobre las sepulturas. Se dejaba que el paso del tiempo y la vegetación cubrieran los cementerios hasta volverlos irreconocibles. Para los Baures, la muerte no separaba: toda la naturaleza era —y sigue siendo— sagrada.

Texto y foto: Richard Ilimuri