sábado, 24 de enero de 2026

El alcalde yungueño que marcó la historia de la Alasita paceña

Armando Escobar Uría, militar y político nacido en Ocobaya (Yungas), dejó una huella imborrable en la historia paceña al inaugurar va
rias versiones de la Feria de Alasita durante su gestión como alcalde municipal en la década de 1970. Su figura es recordada hasta hoy como una de las más destacadas en la administración edil de la sede de gobierno.

La Feria de Alasita, una de las expresiones culturales más emblemáticas de La Paz, tuvo entre sus principales impulsores institucionales al general Armando Escobar Uría, un yungueño que, desde el cargo de alcalde municipal, contribuyó decisivamente a la consolidación y proyección de esta festividad dedicada a la miniatura, la abundancia y la fe popular.

Escobar Uría, oriundo de Ocobaya, comunidad yungueña del departamento de La Paz, asumió la alcaldía en un contexto político complejo, marcado por gobiernos militares y una intensa centralización del poder. Sin embargo, más allá del escenario político de la época, su gestión se caracterizó por una fuerte preocupación por el orden urbano, la identidad cultural paceña y la promoción de tradiciones ancestrales que forman parte del patrimonio intangible de la ciudad.

Durante su administración, la Feria de Alasita, celebrada cada 24 de enero en honor al Ekeko, fue fortalecida como un espacio organizado y reconocido oficialmente, permitiendo que artesanos, comerciantes y familias paceñas mantuvieran viva una tradición heredada desde tiempos prehispánicos y adaptada a lo largo de la historia colonial y republicana.

Una fotografía tomada a inicios de la década de 1970 muestra al general Escobar Uría recorriendo los puestos de la tradicional feria de la miniatura, en contacto directo con artesanos y visitantes. La imagen, recientemente compartida en redes sociales por Edwin Mansilla, ha reavivado el recuerdo de su figura y ha generado comentarios que resaltan su cercanía con la población y su compromiso con las expresiones culturales populares.

A más de medio siglo de aquella imagen, Armando Escobar Uría continúa siendo evocado como uno de los mejores alcaldes que tuvo La Paz, no solo por su perfil disciplinado como militar, sino por su capacidad de valorar y proteger tradiciones profundamente arraigadas en el imaginario colectivo paceño, como la Feria de Alasita, hoy reconocida a nivel nacional e internacional.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 20 de enero de 2026

Los Yuquis: el eco de la selva, la resistencia cultural y la amenaza de la enfermedades

La selva húmeda del trópico cochabambino respira lento al amanecer. Entre el sonido de los insectos y el murmullo de los árboles, el pueblo yuqui mantiene viva una historia marcada por el aislamiento, la resistencia y la lucha por sobrevivir.

Durante décadas, los Yuquis vivieron desplazándose por los bosques entre lo que hoy es la provincia Carrasco, en Cochabamba, y zonas del norte de Santa Cruz. La caza, la pesca y la recolección no eran solo actividades económicas: eran la forma de entender el mundo. La selva no era un recurso, era un ser vivo, habitado por espíritus que podían proteger o castigar.

Los mayores recuerdan —o repiten lo que escucharon de sus antepasados— que antiguamente existía una estructura social dura, donde podían existir amos y esclavos dentro del propio grupo. Esa realidad, transmitida por herencia o por situaciones de orfandad, comenzó a desaparecer con la llegada de las misiones evangélicas a mediados del siglo XX. Con ellas llegó también otro modelo de vida: la familia nuclear, la monogamia y nuevas normas sociales que transformaron la organización interna del pueblo.

Sin embargo, no todo cambió. La espiritualidad yuqui sigue ligada a la selva. Creen que los animales pueden ser la manifestación de espíritus y que cada persona posee dos espíritus propios. Cuando alguien muere, esos espíritus pueden permanecer cerca, y según la creencia, influir en la salud o el destino de los vivos.

Pero la mayor amenaza para los Yuquis no vino de los espíritus, sino de las enfermedades. La tuberculosis marcó profundamente a la comunidad y aún hoy es considerada uno de los riesgos más graves para su población. Durante años, el contacto con el mundo exterior trajo no solo cambios culturales, sino también enfermedades para las que el pueblo no tenía defensas.

Aunque el Estado reconoció extensas tierras para esta nación indígena —más de cien mil hectáreas— su uso no responde a la lógica agrícola tradicional. Los Yuquis han sido históricamente un pueblo nómada, acostumbrado a moverse siguiendo los ciclos de la naturaleza, los animales y las estaciones.

En los últimos años, algunas familias comenzaron a producir artesanías con corteza de árboles: bolsos, hamacas y flechas que hoy representan no solo una actividad económica, sino también una forma de mantener viva su relación con el bosque.

La evangelización también dejó huellas profundas. Algunas expresiones culturales se debilitaron o desaparecieron. Sin embargo, el idioma yuqui —conocido como mwyla— sigue siendo uno de los pilares de su identidad, aunque su futuro es incierto.

Hoy, los Yuquis viven entre dos mundos. Por un lado, la modernidad, la salud pública, la escolarización y el contacto permanente con la sociedad nacional. Por otro, la memoria de la selva, de los espíritus, de la vida en movimiento.

En medio de ese equilibrio frágil, el pueblo Yuqui continúa existiendo. No como una reliquia del pasado, sino como una cultura viva que todavía busca su lugar en el presente, mientras la selva —su hogar ancestral— sigue siendo el escenario silencioso de su historia.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 19 de enero de 2026

Los Canichanas: guerrera y resistencia viva en la Amazonía

El río Mamoré ha sido, desde tiempos ancestrales, el eje vital del pueblo Canichana, una etnia de origen quechua–incaico cuya historia se teje entre la guerra, la migración forzada y la resistencia cultural. Hoy, con alrededor de 1.500 descendientes directos registrados en Bolivia, este pueblo mantiene vivas sus tradiciones en medio de una herencia marcada por la conquista espiritual, la persecución y la lucha por la tierra.

Un origen guerrero entre el mito y la historia

La información documentada sobre las características y el origen del pueblo Canichana es escasa. Sin embargo, diversas investigaciones coinciden en señalar su ascendencia quechua–incaica y describen su carácter recio, aguerrido y aventurero. La tradición oral los retrata como un pueblo dominante y orgulloso, consciente de su fortaleza física y espiritual.

Sus ancestros directos habrían sido los Chamchas, un grupo de guerreros con hegemonía incaica en el altiplano y parte de los valles, que avanzó hacia la selva amazónica con fines de conquista. En ese proceso, atacaron a pueblos como los Cayubabas e Itonamas, lo que dio origen a múltiples relatos —algunos cargados de exageración— sobre su ferocidad.

Incluso, el nombre Canichana es asociado por algunos investigadores al término “caníbal”, debido a su fama de pueblo indómito. Entre la ironía y la memoria oral, se les llegó a llamar “come curas” o, en tono burlesco, “come monjas”, como recuerda Ignacio Guatara.

La colonia: sometimiento espiritual sin conquista militar

Aunque nunca fueron conquistados por las armas, los Canichanas sí sucumbieron a la influencia colonizadora española a través de la evangelización. La explotación se intensificó con la llegada de curas sin experiencia en los asentamientos indígenas, especialmente en San Pedro Nuevo, antigua capital moxeña, dando inicio a una de las etapas más oscuras de su historia.

En este contexto surge la figura del cacique Juan “Maraza”, recordado como el jefe de todos los pueblos de Moxos, cuya hazaña y liderazgo son aún motivo de orgullo para los Canichanas.

De acuerdo con registros de la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas y Originarias de Bolivia (CONNIOB), los grupos Canichanas actuales son descendientes directos de este pueblo originario y suman aproximadamente 1.500 personas.

Exilio, espiritualidad y adaptación

Algunas investigaciones sostienen que, tras el fracaso de un intento de sublevación, los Canichanas se vieron obligados a exiliarse y refugiarse en la llanura de los Moxos, en el departamento del Beni, donde residen hasta la actualidad.

Durante décadas fueron conocidos como los “hombres chanca”, en parte por la falta de documentación sobre sus costumbres originarias. No obstante, los estudios recientes destacan su profundo espiritualismo, que lejos de desaparecer, se fusionó con el catolicismo, dando lugar a un sincretismo religioso expresado con fuerza en rituales y celebraciones.

Economía, medicina ancestral y expresiones culturales

La economía Canichana se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividad adoptada sin abandonar la caza, la pesca y la recolección. En el ámbito de la salud, conservan conocimientos de medicina tradicional, utilizando plantas como el guayabo, palo santo, turúma, ambayba y hojas de mango, entre otras, recomendadas también por pueblos vecinos.

La danza y la música son pilares de su identidad cultural. A través de coreografías intensas y simbólicas, hombres y mujeres expresan alegría, agradecimiento y súplica espiritual. Destacan danzas como el “machetero loco”, el “chuchió”, el “torito” y el torobayo, esta última una representación de valentía, pasión y agresividad viril, interpretada durante la Semana Santa o en las fiestas patronales.

Texto y foto: Richard Ilimuri