martes, 3 de marzo de 2026

La estación que movía a La Paz: memoria viva del hierro y el tiempo

En La Paz, a inicios de la década de 1930, la Estación Central de Ferrocarriles no solo conectaba destinos: articulaba la vida económica y social de la ciudad. Hoy, ese mismo edificio —convertido en patrimonio y espacio cultural— sigue siendo testigo de una época en la que el progreso llegaba sobre rieles.

La imagen captura un instante detenido en el tiempo: polvo en el aire, vehículos alineados frente a una imponente fachada, y figuras humanas que parecen pequeñas frente a la magnitud del edificio. Es la Estación Central de Ferrocarriles de La Paz, inaugurada en 1930 y diseñada por el ingeniero Julio Mariaca Pando, cuando el país apostaba por el tren como símbolo de modernidad.

En 1932, año aproximado de la fotografía, la estación era un punto neurálgico. No había pausa. Camiones, automóviles y transeúntes convergían en este espacio donde la ciudad se encontraba con el resto del país. Era la puerta de entrada y salida, el lugar donde comenzaban los viajes y también donde se cerraban las despedidas.

El edificio, de líneas sobrias y elegantes, se imponía sobre el paisaje árido que lo rodeaba. Su torre con reloj no solo marcaba las horas: ordenaba la vida de quienes dependían del ritmo ferroviario. Cada llegada y cada partida tenía su propio pulso, su propia historia.

En la explanada, el movimiento era constante. Conductores esperaban pasajeros, comerciantes ofrecían sus productos, viajeros cargaban maletas con destinos inciertos. En medio de ese dinamismo, la estación se consolidaba como eje del crecimiento urbano, acompañando una ciudad que comenzaba a expandirse más allá de sus límites tradicionales.

Pero el tiempo, como los trenes, nunca se detiene.

Con el paso de las décadas, el protagonismo del ferrocarril fue disminuyendo. Las carreteras tomaron el relevo y la estación fue quedando en silencio. Sin embargo, su valor histórico y arquitectónico la salvó del olvido.

Hoy, el antiguo edificio ha sido recuperado y transformado para el Teleférico y tambien en un espacio cultural. Ya no llegan trenes, pero siguen llegando personas. Ya no hay silbatos ni humo, pero sí arte, memoria y encuentros.

La estación ya no conecta ciudades. Ahora conecta generaciones...

Texto y foto: Richard Ilimuri - Erik Villegas

viernes, 27 de febrero de 2026

La San Francisco: la plaza que nunca duerme

En el corazón de La Paz, donde la altura corta el aliento y la historia pesa en cada piedra, la Plaza San Francisco ha sido, desde siempre, un lugar de encuentro.

Mucho antes de que las campanas resonaran, antes incluso de que existieran muros de piedra, ese espacio ya latía. Allí, en tiempos prehispánicos, los pueblos aimaras realizaban ceremonias, intercambios y rituales. Era un punto sagrado, un cruce de caminos donde lo espiritual y lo cotidiano se entrelazaban.

Luego llegaron otros tiempos.

En 1549 comenzó a levantarse la imponente Basílica de San Francisco, piedra sobre piedra, como símbolo de una nueva era. La plaza cambió de rostro, pero no de esencia: siguió siendo el lugar donde la gente se reúne, discute, comercia y resiste.

La fotografía parece detenida en una mañana cualquiera de mediados del siglo XX.

El bullicio es casi audible. Mujeres con polleras extienden sus mantas sobre el suelo empedrado, ofreciendo hierbas, tejidos, alimentos. Hombres de sombrero conversan en pequeños círculos, algunos de pie, otros en cuclillas, como si el tiempo no tuviera prisa. Hay niños observando, aprendiendo sin saberlo que ese espacio es escuela de vida.

Al fondo, la basílica se levanta firme, testigo silencioso de todo. Ha visto pasar siglos: procesiones, rebeliones, celebraciones, silencios. Sus muros no solo sostienen una estructura, sostienen memoria.

En la plaza, nadie es extraño.

Un comerciante llega desde lejos con su carga al hombro. Una mujer regatea el precio de unas flores. Un grupo discute política en voz baja. Todo ocurre al mismo tiempo, como si la plaza fuera un organismo vivo, donde cada persona es una célula en movimiento.

Pero hay algo más profundo.

Cada piedra parece guardar historias: de lucha, de fe, de sobrevivencia. La plaza ha sido escenario de cambios, de caídas y de renacimientos. Ha sido mercado, templo, trinchera y hogar.

Y aunque el mundo avance, aunque la ciudad crezca y cambie, la Plaza San Francisco sigue siendo lo mismo que fue hace siglos: el corazón abierto de La Paz.

Un lugar donde el pasado no se ha ido, solo sigue caminando entre la gente.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 17 de febrero de 2026

El Guadalquivir de Tarija: memoria de agua y vida de los años 40

Corría la década de 1940 en Tarija, cuando el río Guadalquivir no solo era un curso de agua, sino el pulso mismo del valle. Sus aguas, claras y constantes, atravesaban la ciudad como una arteria viva, dibujando el corazón del Valle Central y marcando el ritmo cotidiano de quienes habitaban sus orillas.

Nacido en las alturas de la Serranía de Sama, donde el frío de la madrugada cubría de escarcha las quebradas, el Guadalquivir se formaba por la confluencia de pequeños ríos y vertientes, entre ellos el Nuevo Guadalquivir. Desde allí descendía serpenteante, trayendo consigo la fuerza de la montaña y la promesa de fertilidad.

En aquellos años, los campesinos madrugaban antes que el sol. Con palas al hombro y sombreros gastados, abrían acequias que llevaban el agua hacia los cultivos. Maíz, uva, durazno y hortalizas crecían gracias al río, que alimentaba la tierra con generosidad silenciosa. Sin el Guadalquivir, el valle no habría sido más que polvo.

Pero el río no solo sostenía la vida agrícola. También era encuentro.

En las tardes tibias, familias enteras se reunían en sus orillas. Los niños corrían descalzos sobre la arena húmeda, lanzaban piedras al agua o se aventuraban a nadar en sus remansos. Las mujeres lavaban ropa mientras compartían historias, y los hombres, sentados bajo la sombra de los sauces, conversaban sobre cosechas, política y futuro.

El Guadalquivir era, además, inspiración.

Poetas y músicos encontraban en su cauce una metáfora constante: la vida que fluye, el tiempo que no se detiene. Sus paisajes, con álamos y cielos abiertos, comenzaron a formar parte del imaginario tarijeño, convirtiéndose en símbolo de identidad. El río no solo cruzaba la ciudad; cruzaba también su memoria.

Hacia el sur, sus aguas continuaban su viaje, integrándose a la cuenca del Río Bermejo y, más allá, al vasto sistema del Río de la Plata. Pero para los habitantes de Tarija, su importancia no estaba en el destino, sino en el recorrido.

En los años 40, cuando el mundo cambiaba lejos de ese valle, el Guadalquivir seguía siendo el mismo: generoso, constante, esencial. Un río que no solo daba vida, sino también sentido de pertenencia.

Hoy, aunque el tiempo ha transformado la ciudad, el Guadalquivir continúa fluyendo. Y en cada corriente, en cada reflejo, aún parece guardar las voces de aquellos años en que Tarija crecía al compás de sus aguas.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet