Entre el sonido del pífano y el retumbar de los tambores, la danza de “Los Toritos” revive cada año la memoria histórica de los pueblos mojeños del Beni. Más que una representación festiva, es un símbolo de la herencia misional jesuítica y de la apropiación cultural que las comunidades indígenas hicieron del ganado vacuno, integrándolo a su cosmovisión y a sus celebraciones religiosas.
La danza de “Los Toritos” tiene sus raíces en la época de las misiones jesuíticas establecidas en la región de Mojos durante los siglos XVII y XVIII. Fueron los misione
ros de la Compañía de Jesús quienes introdujeron el ganado vacuno en la región, trasladando —según la tradición oral— cerca de 80 reses desde Santa Cruz de la Sierra hasta Loreto, recorriendo aproximadamente 500 kilómetros entre selvas, pampas y ríos. La travesía fue ardua: se abrieron senderos y se improvisaron pasos fluviales, pero apenas 18 animales lograron sobrevivir al trayecto.
ros de la Compañía de Jesús quienes introdujeron el ganado vacuno en la región, trasladando —según la tradición oral— cerca de 80 reses desde Santa Cruz de la Sierra hasta Loreto, recorriendo aproximadamente 500 kilómetros entre selvas, pampas y ríos. La travesía fue ardua: se abrieron senderos y se improvisaron pasos fluviales, pero apenas 18 animales lograron sobrevivir al trayecto.
Aquel hecho marcó el inicio de la actividad ganadera en la región y transformó la economía y la vida cotidiana de los pueblos mojeños. Con el tiempo, el toro dejó de ser solo un animal productivo para convertirse en símbolo festivo y ritual.
Apropiación cultural y sentido comunitario
La danza fue adoptada y resignificada por los mojeños, especialmente en poblaciones como San Ignacio de Moxos y Loreto. Allí, el toro pasó a representar fuerza, abundancia y protección, integrándose a las celebraciones religiosas más importantes.
“Los Toritos” se baila durante las denominadas “fiestas grandes”, entre ellas el Achope Missanuú, celebración en honor al santo patrono del pueblo. Estas festividades combinan elementos del calendario católico con prácticas y símbolos propios de la tradición indígena, reflejando el sincretismo cultural heredado del periodo misional.
En el marco de estas celebraciones, la comunidad participa activamente: familias enteras colaboran en la organización, preparación de alimentos tradicionales, confección de vestimenta y acompañamiento musical. La danza no es un espectáculo aislado, sino parte de un sistema de usos y costumbres que fortalece la identidad colectiva y el sentido de pertenencia.
Música, indumentaria y simbolismo
La orquesta tradicional que acompaña la danza está compuesta por pífano, tambores y sancuti —instrumentos de viento y percusión característicos de la región— cuyo ritmo marca el paso ágil y festivo de los danzantes.
El personaje central es el torito. Porta una careta de madera cuidadosamente tallada, adornada con espejos, abalorios y cintas de colores entrelazadas en los cuernos. Los espejos, según la tradición, simbolizan la vigilancia y la protección espiritual; las cintas representan la alegría y el carácter festivo de la celebración.
El danzante que encarna al torito realiza movimientos enérgicos y juguetones, simulando embestidas y giros rápidos, interactuando con el público y con los demás personajes. Esta teatralidad convierte la danza en una expresión dinámica que mezcla devoción, humor y destreza corporal.
Tradición que perdura
En el Beni, donde la ganadería es hoy uno de los pilares económicos, “Los Toritos” recuerdan el origen histórico de esa actividad y el proceso de adaptación cultural de los pueblos mojeños frente a la influencia europea.
La danza, transmitida de generación en generación, continúa siendo un elemento esencial del calendario festivo y una manifestación viva de los usos y costumbres de la región. En cada presentación, el sonido del pífano y el eco de los tambores evocan siglos de historia, fe y resistencia cultural en las tierras mojeñas.

