A orillas de los lagos Poopó y Uru Uru, en la áspera geografía de Oruro, un pueblo que se dice nacido antes que la luna sigue aferrado a sus ritos, a sus put’ukos y a una forma de vida que resiste al tiempo, al olvido
y a la modernidad.
Asentados en los
territorios de Oruro, Chipaya, Murato e Hiruito, todos abrazando las orillas
salinas de los lagos Poopó y Uru Uru, los Uru Chipaya continúan viviendo con
costumbres milenarias que parecen desafiar la lógica del siglo XXI. No existen
datos exactos sobre su nacimiento como pueblo, pero sus dotes ancestrales de
cazadores y pescadores los sitúan entre las etnias más antiguas del continente
americano. Sus leyendas cuentan que nacieron antes que la luna y que
sobrevivieron al gran diluvio gracias a las balsas que ellos mismos construían.
Durante siglos,
los urus quedaron encasillados como un solo grupo étnico de escasa
trascendencia histórica, opacados por el dominio expansivo aymara que se
prolongó incluso durante la colonia. Las condiciones siempre les fueron
desfavorables. Sin embargo, lejos de desaparecer, lograron mantener su pureza
cultural casi intacta. La escasa densidad poblacional —factor que diluyó a
tantas culturas obligadas a asimilarse o migrar a las ciudades— empujó a los
urus a mimetizarse parcialmente con los aymaras, no como rendición, sino como
un refugio estratégico para subsistir.
En la vida
chipaya, nada ocurre sin un rito previo. La caza, la pesca, la agricultura, la
construcción de viviendas y hasta la comercialización de sus productos están
antecedidas por ceremonias espirituales, privadas o colectivas, que forman
parte esencial del ciclo de vida, del trabajo y de la alimentación. Cada acto
cotidiano es, a la vez, un diálogo con la naturaleza y con sus ancestros.
En los salitrales
orureños, los put’ukos —viviendas cónicas de barro y paja— siguen erguidos como
hongos solitarios en medio del paisaje árido del área rural de Chipaya. Allí,
el tiempo parece detenido. Pero en el pueblo la fisonomía ha cambiado: las
casas rectangulares de calamina brillan bajo el sol, las ventanas de vidrio
reemplazan a los antiguos vanos, y la urbanización avanza silenciosa.
Se calcula que unas 1.600 personas habitan el territorio chipaya, aunque la relación con la prensa es distante. Muchos consideran que dar información es perder el tiempo. No obstante, algunos líderes aún hacen sonar el pututo, instrumento ancestral que convoca a la reunión comunitaria y reafirma la vigencia de su organización tradicional.
La vida gira en
torno a la ganadería y la siembra de quinua, papa, cebada y cañahua. El
territorio es comunitario: muchos chipayas tienen su casa en el pueblo, pero
conservan su put’uko en el campo, donde pastorean sus animales y trabajan la
tierra. Los más ancianos son quienes más resisten al cambio. No quieren
abandonar sus viviendas tradicionales ni cambiar los tejidos de lana por ropa
de algodón. Las mujeres continúan trenzándose el cabello en simbas y caminando
descalzas, como lo hicieron siempre.
En el campo, las
condiciones de vida no han variado. Los put’ukos mantienen sus dimensiones
estrechas; en su interior, los chipayas duermen sobre cueros de oveja tendidos
en el suelo, procesan sus alimentos y viven sin muebles. No existen servicios
básicos. La austeridad no es elección estética, es continuidad histórica.
Pese a la solidez
de este pueblo —cuya población no crece aceleradamente, pero tampoco
disminuye—, los Chipaya siguen siendo un pueblo arrinconado en una de las
regiones más inhóspitas del país, presionado por la cultura moderna. Aun así,
como hijos del agua y sobrevivientes del diluvio, continúan demostrando que
resistir también es una forma de existir.
Texto y foto: Richard Ilimuri
