tiempo.
El helicóptero
avanzaba sobre un mar infinito de copas verdes cuando el clima decidió imponer
su ley. La tormenta obligó a cambiar la ruta y, en ese giro inesperado del
destino, la Amazonía reveló uno de sus secretos mejor guardados. Abajo, en un
claro abierto entre los árboles centenarios, aparecieron figuras humanas que
parecían detenidas en otra era.
Eran hombres de cuerpos cubiertos con pinturas rituales, colores terrosos y rojizos que hablaban de identidad y pertenencia. Vestían tejidos hechos a mano, portaban arcos, flechas y lanzas talladas con una precisión heredada de generaciones. No había rastro alguno de objetos modernos. Todo en ellos —sus gestos, su postura, su mirada fija hacia el cielo— revelaba una forma de vida intacta, ajena al ruido del mundo exterior.
En una de las
imágenes más impactantes captadas por Stuckert, un hombre alza el brazo y lanza
una lanza hacia la aeronave. El gesto no es un acto de agresión gratuita, sino
un mensaje inequívoco: una advertencia, una frontera invisible trazada en el
aire. Es la defensa absoluta de su aislamiento, un “no pasar” dirigido a una
civilización que históricamente ha significado enfermedad, despojo y muerte
para los pueblos originarios.
Los especialistas
en pueblos indígenas aislados creen que se trata del mismo grupo nómada
documentado por primera vez en 2008 en esta región fronteriza entre Brasil y
Perú. Un pueblo que se desplaza constantemente, que evita cualquier rastro
humano y que ha logrado sobrevivir gracias a una estrategia tan simple como
radical: no ser encontrado. Su nomadismo es, en realidad, una forma de
resistencia.
Ricardo Stuckert contaría después que la experiencia fue sobrecogedora, como asomarse por un instante al pasado remoto de la humanidad. No era solo la belleza de la escena lo que impresionaba, sino la conciencia de estar observando una cultura viva que ha perdurado miles de años sin necesidad de carreteras, electricidad ni tecnología.
Estas
fotografías, más que un registro visual excepcional, son un llamado urgente.
Recuerdan que la Amazonía no es solo un reservorio de biodiversidad, sino
también un refugio de pueblos que ejercen un derecho fundamental: el de vivir
según sus propias reglas. Mundos completos que existen al margen de la
civilización moderna, silenciosos y autosuficientes, y que por decisión propia
han elegido permanecer invisibles.
En tiempos donde casi todo parece explorado y expuesto, la imagen de aquella lanza surcando el aire es un símbolo poderoso. Nos dice que aún hay fronteras que no deben cruzarse y que el mayor acto de respeto, a veces, es simplemente mirar desde lejos y no avanzar un paso más.
Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet


