A orillas del río Mamoré, en el corazón del Beni, los Joaquinianos sostienen su identidad entre el agua, la tierra y una vida ya asimilada a la ciudad, donde la tradición indígena convive con la fe católica y la agricultura de subsistencia.
Las aguas del río
Mamoré no solo atraviesan el territorio beniano, también marcan el ritmo
cotidiano de los Joaquinianos. En sus orillas se levanta el espacio vital de
esta etnia, organizada principalmente en torno a la familia nuclear: el padre,
la madre y los hijos, unidos por la tierra, el río y una historia que ha ido
adaptándose al paso del tiempo.
Desde hace varias
décadas, los Joaquinianos han sido asimilados casi por completo a la vida
citadina y a la sociedad occidental. San Joaquín, en el Beni, se convirtió en
el centro de ese proceso, donde el catolicismo se arraigó como base de su
credo. En años recientes, sin embargo, cultos protestantes han ganado
presencia, diversificando las expresiones de fe de la comunidad.
En algunas
comunidades aledañas persiste la memoria de un origen vinculado a Brasil. Se
dice que de allí proviene su dominio del portugués, que en ciertos casos supera
al español. No obstante, su lengua originaria sigue siendo el arawak,
testimonio vivo de una herencia cultural que resiste, aunque de manera
silenciosa, a la homogeneización.
La economía de
los Joaquinianos se sostiene principalmente en la agricultura. Practican también
la caza y la recolección de frutos amazónicos como la castaña y el palmito,
actividades que complementan su dieta y su subsistencia. La agricultura se
desarrolla bajo el sistema de barbecho, trabajando la tierra solo en
determinadas épocas del año.
La falta de
tierras suficientes y la imposibilidad de rotación o descanso del suelo limitan
la producción. Casi todo lo que se cultiva se destina al autoconsumo y,
únicamente cuando existen excedentes, estos se venden o intercambian con
vecinos “blancos” y comerciantes que llegan desde San Joaquín, San Ramón, Santa
Ana del Yacuma y Guayaramerín.
En el corazón de
la Amazonía boliviana, las actividades de los Joaquinianos se desarrollan de
manera cada vez más restringida. La presencia de pequeños asentamientos de
personas de múltiples naciones en los alrededores reduce el espacio y las
oportunidades, obligando a esta etnia a adaptarse continuamente.
Así, los
Joaquinianos siguen viviendo entre el río y la ciudad, entre la memoria
indígena y la vida moderna, dejando que el Mamoré continúe siendo testigo
silencioso de su persistencia y transformación.
