martes, 20 de enero de 2026

Los Yuquis: el eco de la selva, la resistencia cultural y la amenaza de la enfermedades

La selva húmeda del trópico cochabambino respira lento al amanecer. Entre el sonido de los insectos y el murmullo de los árboles, el pueblo yuqui mantiene viva una historia marcada por el aislamiento, la resistencia y la lucha por sobrevivir.

Durante décadas, los Yuquis vivieron desplazándose por los bosques entre lo que hoy es la provincia Carrasco, en Cochabamba, y zonas del norte de Santa Cruz. La caza, la pesca y la recolección no eran solo actividades económicas: eran la forma de entender el mundo. La selva no era un recurso, era un ser vivo, habitado por espíritus que podían proteger o castigar.

Los mayores recuerdan —o repiten lo que escucharon de sus antepasados— que antiguamente existía una estructura social dura, donde podían existir amos y esclavos dentro del propio grupo. Esa realidad, transmitida por herencia o por situaciones de orfandad, comenzó a desaparecer con la llegada de las misiones evangélicas a mediados del siglo XX. Con ellas llegó también otro modelo de vida: la familia nuclear, la monogamia y nuevas normas sociales que transformaron la organización interna del pueblo.

Sin embargo, no todo cambió. La espiritualidad yuqui sigue ligada a la selva. Creen que los animales pueden ser la manifestación de espíritus y que cada persona posee dos espíritus propios. Cuando alguien muere, esos espíritus pueden permanecer cerca, y según la creencia, influir en la salud o el destino de los vivos.

Pero la mayor amenaza para los Yuquis no vino de los espíritus, sino de las enfermedades. La tuberculosis marcó profundamente a la comunidad y aún hoy es considerada uno de los riesgos más graves para su población. Durante años, el contacto con el mundo exterior trajo no solo cambios culturales, sino también enfermedades para las que el pueblo no tenía defensas.

Aunque el Estado reconoció extensas tierras para esta nación indígena —más de cien mil hectáreas— su uso no responde a la lógica agrícola tradicional. Los Yuquis han sido históricamente un pueblo nómada, acostumbrado a moverse siguiendo los ciclos de la naturaleza, los animales y las estaciones.

En los últimos años, algunas familias comenzaron a producir artesanías con corteza de árboles: bolsos, hamacas y flechas que hoy representan no solo una actividad económica, sino también una forma de mantener viva su relación con el bosque.

La evangelización también dejó huellas profundas. Algunas expresiones culturales se debilitaron o desaparecieron. Sin embargo, el idioma yuqui —conocido como mwyla— sigue siendo uno de los pilares de su identidad, aunque su futuro es incierto.

Hoy, los Yuquis viven entre dos mundos. Por un lado, la modernidad, la salud pública, la escolarización y el contacto permanente con la sociedad nacional. Por otro, la memoria de la selva, de los espíritus, de la vida en movimiento.

En medio de ese equilibrio frágil, el pueblo Yuqui continúa existiendo. No como una reliquia del pasado, sino como una cultura viva que todavía busca su lugar en el presente, mientras la selva —su hogar ancestral— sigue siendo el escenario silencioso de su historia.

Texto y foto: Richard Ilimuri