La selva húmeda del trópico cochabambino respira lento al amanecer. Entre el sonido de los insectos y el murmullo de los árboles, el pueblo yuqui mantiene viva una historia marcada por el aislamiento, la resistencia y la lucha por sobrevivir.
Durante décadas,
los Yuquis vivieron desplazándose por los bosques entre lo que hoy es la
provincia Carrasco, en Cochabamba, y zonas del norte de Santa Cruz. La caza, la
pesca y la recolección no eran solo actividades económicas: eran la forma de
entender el mundo. La selva no era un recurso, era un ser vivo, habitado por
espíritus que podían proteger o castigar.
Los mayores
recuerdan —o repiten lo que escucharon de sus antepasados— que antiguamente
existía una estructura social dura, donde podían existir amos y esclavos dentro
del propio grupo. Esa realidad, transmitida por herencia o por situaciones de
orfandad, comenzó a desaparecer con la llegada de las misiones evangélicas a
mediados del siglo XX. Con ellas llegó también otro modelo de vida: la familia
nuclear, la monogamia y nuevas normas sociales que transformaron la
organización interna del pueblo.
Sin embargo, no
todo cambió. La espiritualidad yuqui sigue ligada a la selva. Creen que los
animales pueden ser la manifestación de espíritus y que cada persona posee dos
espíritus propios. Cuando alguien muere, esos espíritus pueden permanecer
cerca, y según la creencia, influir en la salud o el destino de los vivos.
Pero la mayor
amenaza para los Yuquis no vino de los espíritus, sino de las enfermedades. La
tuberculosis marcó profundamente a la comunidad y aún hoy es considerada uno de
los riesgos más graves para su población. Durante años, el contacto con el
mundo exterior trajo no solo cambios culturales, sino también enfermedades para
las que el pueblo no tenía defensas.
Aunque el Estado
reconoció extensas tierras para esta nación indígena —más de cien mil
hectáreas— su uso no responde a la lógica agrícola tradicional. Los Yuquis han
sido históricamente un pueblo nómada, acostumbrado a moverse siguiendo los
ciclos de la naturaleza, los animales y las estaciones.
En los últimos
años, algunas familias comenzaron a producir artesanías con corteza de árboles:
bolsos, hamacas y flechas que hoy representan no solo una actividad económica,
sino también una forma de mantener viva su relación con el bosque.
La evangelización
también dejó huellas profundas. Algunas expresiones culturales se debilitaron o
desaparecieron. Sin embargo, el idioma yuqui —conocido como mwyla— sigue siendo
uno de los pilares de su identidad, aunque su futuro es incierto.
Hoy, los Yuquis
viven entre dos mundos. Por un lado, la modernidad, la salud pública, la
escolarización y el contacto permanente con la sociedad nacional. Por otro, la
memoria de la selva, de los espíritus, de la vida en movimiento.
En medio de ese
equilibrio frágil, el pueblo Yuqui continúa existiendo. No como una reliquia
del pasado, sino como una cultura viva que todavía busca su lugar en el
presente, mientras la selva —su hogar ancestral— sigue siendo el escenario
silencioso de su historia.
