Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.
En el corazón de
Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día
sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo
tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La
leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga
que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal
de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.
“Mojos” proviene
del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se
quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien
rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los
carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los
llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.
La salud, hasta
hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y
brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos
equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es
crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.
Investigaciones
señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos
de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la
demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas
cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la
autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de
entre 10 y 40 familias, a veces más.
El siglo XVII
marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las
reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder.
Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una
profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo
de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los
pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo
aprendido con lo propio.
Pedro Ignacio
Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente.
Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y
plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.
Hoy, el sistema
cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus
pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo
en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y
juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la
vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las
fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.
La economía es
diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco,
una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y
arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y
practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la
pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los
peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.
Pocos saben que
los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso
más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron
estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la
materia orgánica del suelo.
Además, elaboran
objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se
impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales.
Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en
generación.
Así, entre la
Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos:
viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el
monte, si se lo respeta, siempre responde.