Asentados en el oriente boliviano, principalmente en Santa Cruz, los ayoreos —apenas 3.200 habitantes— enfrentan un proceso irreversible de aculturación que pone en tensión su vida comunitaria, su espiritualidad y una memoria ancestral forjada en la selva.
En el oriente
boliviano, donde la selva todavía respira entre desmontes y caminos de
tierra, sobrevive el pueblo ayoreo. Son pocos: alrededor de 3.200 personas que,
hasta no hace mucho, caminaban el monte con la certeza de que la vida era
colectiva, solidaria y profundamente respetuosa del prójimo y de la naturaleza.
Ellos se
autodenominan ayoreode, que en su lengua significa “nosotros, los hombres de la
selva”. Quienes tuvieron los primeros contactos los llamaron zamucos, por el
dialecto que hablan y porque durante décadas recorrieron el bosque desnudos,
ajenos a la mirada occidental. Hasta los años 80, los ayoreos conservaban un
estilo de vida nómada, desplazándose en pequeños grupos familiares guiados por
el linaje y las decisiones de los jefes de clan.
No todos
aceptaban esas decisiones. Algunas familias, disconformes con la autoridad
tradicional, optaron por migrar. Esos desplazamientos marcaron el inicio de una
presencia cada vez más visible de ayoreos en la ciudad de Santa Cruz, un
destino que aceleró el contacto, la mezcla y, con ello, la pérdida paulatina de
prácticas ancestrales.
Entre las
costumbres más impactantes de este pueblo estaba la forma de enfrentar la
muerte. Cuando un anciano sentía que sus fuerzas lo abandonaban y que la vida
se acercaba a su final, decidía apartarse del grupo. Fiel a la tradición, se
recostaba bajo un árbol y aguardaba inmóvil el desenlace. No era abandono ni
castigo: era un acto de responsabilidad colectiva. Los estudios antropológicos
coinciden en que, al ser un pueblo nómada, el ayoreo anciano prefería no
retrasar la marcha del grupo que debía avanzar en busca de alimento.
Con el paso de
los años, esta práctica fue desapareciendo, diluida por la convivencia con
campesinos y colonos del oriente. La asimilación llegó de forma lenta, pero
constante, erosionando rituales, lenguas y formas de entender la vida.
Las crónicas
antiguas de Santa Cruz retratan a los ayoreos como habitantes de las periferias,
tan temidos como perseguidos. En algunos casos, fueron cazados como animales,
víctimas de una violencia que hoy apenas se menciona, pero que dejó cicatrices
profundas en la memoria colectiva.
Pese a todo, los
ayoreos conservan con celo su espiritualidad. Sus ceremonias funerarias,
similares a las del pueblo esse ejja —vecino territorial—, incluyen el entierro
de los difuntos junto a sus objetos personales y abundante alimento: carne de
jochi, chancho de monte, venado y anta. Es una despedida que asegura el
tránsito al otro mundo con dignidad.
