El 1 de mayo de
2023, la selva amazónica colombiana se convirtió en escenario de una de las
historias de supervivencia más estremecedoras del siglo. Tras la caída de un
pequeño avión, cuatro niños —uno de ellos un bebé— quedaron solos entre la
espesura infinita. Durante 40 días, el hambre, la lluvia y el miedo pusieron a
prueba una voluntad que se negó a rendirse.
El avión de hélice avanzaba con normalidad sobre el manto verde de la Amazonía cuando, sin previo aviso, el motor se apagó. El silencio duró apenas segundos antes de que la aeronave se precipitara contra la selva. El impacto fue brutal. La madre de los niños y el piloto murieron al instante. Entre los restos retorcidos del fuselaje, sobrevivieron cuatro hermanos: Lesly, de 13 años; sus hermanos de 9 y 4; y un bebé de apenas 11 meses.
La selva los
rodeaba como un océano sin orillas. No había caminos, pueblos ni señales
humanas. Solo árboles centenarios, ríos traicioneros y el zumbido constante de
insectos. Allí comenzó una lucha silenciosa, lejos de toda mirada.
La primera decisión fue clave: no moverse del lugar del accidente. Lesly, la mayor, comprendió que los equipos de búsqueda iniciarían su rastreo desde el punto del siniestro. Permanecer cerca del avión era una apuesta por la vida.
Entre los restos
hallaron lo indispensable para resistir: harina de yuca, algunas galletas y una
botella de agua. Lesly asumió un rol que no le correspondía por edad, pero sí
por necesidad. Racionó cada alimento con precisión extrema. Comían una sola vez
al día, en pequeñas porciones, y siempre priorizando al bebé.
El agua fue otro
desafío. Beber de los ríos cercanos implicaba riesgos mortales. La solución
llegó del cielo. Con hojas grandes y partes del avión, recolectaban el agua de
lluvia, transformando cada tormenta en una bendición.
Mientras tanto,
el Ejército colombiano, junto a comunidades indígenas, desplegó una de las
búsquedas más complejas jamás realizadas en la región. Durante semanas,
helicópteros sobrevolaron la selva, se lanzaron alimentos y se siguieron
rastros casi invisibles.
En el día 40,
pequeñas huellas rompieron la monotonía del verde. Guiaron a los rescatistas
hasta un claro. Allí estaban los cuatro niños: exhaustos, desnutridos, pero
vivos.
Los médicos
fueron categóricos: sobrevivir 40 días en la selva amazónica, con un bebé a
cuestas, no fue obra del azar. Fue disciplina, conocimiento, liderazgo y una
fortaleza forjada en medio del dolor.
La historia de
estos niños no es solo un relato de supervivencia. Es la prueba de que, incluso
en el corazón de la selva más implacable, la vida puede abrirse paso cuando el
coraje y la inteligencia caminan juntos.

