Cuando llegan los
primeros meses de la temporada de zafra, entre noviembre y marzo, Riberalta
cambia de rostro. Las calles se vacían al amanecer y los caminos se llenan de
pasos que se internan en la selva. Hombres, mujeres y, muchas veces, familias
enteras avanzan bajo un sol inclemente y una humedad que cala los huesos,
siguiendo rutas aprendidas desde la infancia. Buscan los erizos de la castaña,
duros y espinosos, que guardan en su interior la almendra que da sustento a la
región.
El trabajo del recolector es silencioso y exigente. Cada jornada implica largas caminatas, cargas pesadas y una atención constante a los peligros del monte: serpientes venenosas, picaduras de insectos, animales salvajes y árboles centenarios que pueden caer sin aviso. La selva, generosa, también es implacable. Aun así, nadie se rinde. Cada saco lleno representa comida en la mesa, cuadernos para los hijos y la posibilidad de resistir un año más.
La castaña es más
que un producto agrícola; es una herencia. Se aprende a recolectarla mirando a
los mayores, escuchando consejos al borde del fogón, memorizando senderos
invisibles para el forastero. Es un trabajo que se transmite de generación en
generación, un conocimiento íntimo del bosque que ha permitido aprovechar sus
frutos sin destruirlo por completo.
Una vez fuera de
la selva, la castaña inicia otro viaje. En Riberalta, los centros de
procesamiento reciben toneladas del fruto. Allí, manos expertas lavan, secan,
seleccionan y envasan las almendras que luego partirán hacia mercados
internacionales. Europa, Estados Unidos y otros destinos consumen este producto
natural, muchas veces sin imaginar el esfuerzo que encierra cada unidad.
La industria
castañera es el principal motor económico de la ciudad. Genera miles de empleos
directos e indirectos: recolectores, transportistas, clasificadoras, operarios
de planta, comerciantes y exportadores. A su alrededor florecen otros sectores,
desde el transporte hasta los servicios básicos, haciendo de la castaña el eje
sobre el cual gira la economía local.
Pero no todo es
bonanza. La deforestación amenaza los castañales, la competencia de otros
países productores presiona los precios y la falta de inversión en tecnología y
capacitación limita el crecimiento sostenible del sector. El desafío es grande:
proteger el bosque sin sacrificar el sustento de quienes dependen de él.
En esta ciudad
amazónica, la vida no se mide en calendarios, sino en zafras. Y mientras la castaña
siga creciendo en lo profundo del bosque, Riberalta seguirá latiendo al ritmo
de su pequeño y valioso tesoro.


