s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.
Los araonas
habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y
dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese
conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del
caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se
beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y
los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.
La presencia
araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios
antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes
de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la
naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.
Para los araonas,
el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados,
verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva
y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio
entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede
acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.
En la
organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en
la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos
político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas,
en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica
que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.
La historia
reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales
indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica
reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante
la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas
masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.
La escasez de
mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del
matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta
tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre
la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta
ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a
la desaparición.
El actual capitán
grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus
padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de
uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32
mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja
a varios varones sin pareja ni descendencia.
Esta situación ha
provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte
entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez
dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria,
sino por el derecho básico a seguir existiendo.
