Los Baures fueron uno siglos XVII y XVIII. La reducción poblacional, la dispersión territorial y la conversión forzada provocaron una progresiva asimilación con otros pueblos indígenas, así como la adopción de costumbres y visiones de vida de origen occidental, heredadas del mundo colonial español.
Sin embargo, pese a la presión histórica, algo esencial logró sobrevivir. Según registros e incursiones en territorios cercanos a las antiguas misiones jesuíticas, especialmente desde la región de la Chiquitanía, lo que aún pervive con fuerza es la dimensión inmaterial de su cultura. Persisten las formas tradicionales de caza y pesca, así como los sistemas comunitarios de redistribución de alimentos, donde las mujeres cumplen un rol central al organizar y repartir lo cazado, pescado o cosechado por los hombres.
En el plano material, los Baures fueron considerados, al momento de su primer reconocimiento, como uno de los pueblos “más civilizados” del oriente. Antes de la colonización, utilizaban vestimentas confeccionadas con corteza de árbol, a las que incorporaban sellos o marcas identitarias. Estas prendas no solo los distinguían como pueblo, sino que también les permitían realizar extensos desplazamientos por el territorio.
Con el paso del tiempo, el modernismo y el sincretismo cultural se convirtieron en los rasgos más visibles de la vida baure contemporánea. La vestimenta tradicional, mínima y funcional, fue desplazada por camisas, poleras y pantalones de mezclilla. Solo en ocasiones especiales —principalmente durante las fiestas patronales— reaparece una prenda distintiva: una especie de camiseta larga, conocida como camijeta de machetero, que desciende hasta los muslos y recuerda, de manera simbólica, antiguos usos rituales.
En gran parte de los territorios baures del departamento del Beni, las celebraciones están profundamente marcadas por ceremonias religiosas católicas. No es casual que la mayoría de sus pueblos lleven nombres de santos —San Joaquín, San Ramón, San Ignacio, San Borja— o de advocaciones marianas como la Santísima Trinidad o la Virgen de Loreto. Tras la retirada de los jesuitas, los franciscanos asumieron la posta evangelizadora y levantaron edificaciones religiosas que aún hoy ocupan el centro de las plazas principales.
Cada atardecer, al sonido de las campanas, los Baures —ya mimetizados entre miles de indígenas mestizos— acuden a misa. Incluso la relación con la muerte fue transformada. Actualmente, las tumbas se marcan con cruces de madera y, en algunos casos, de piedra. Pero este es un fenómeno relativamente reciente.
En tiempos antiguos no se colocaba ninguna señal sobre las sepulturas. Se dejaba que el paso del tiempo y la vegetación cubrieran los cementerios hasta volverlos irreconocibles. Para los Baures, la muerte no separaba: toda la naturaleza era —y sigue siendo— sagrada.
