modernidad que transformó su cultura para siempre.
A diferencia de
la mayoría de los pueblos del occidente andino, los Esse Ejja nunca fueron
grandes agricultores. El río fue su despensa. Cerca del 90 por ciento de su
dieta estuvo basada en el pescado, complemento esencial de una vida nómada que
dependía de las crecidas, de los ciclos del agua y de la lectura paciente de la
selva.
Ese modo de vida
se quebró de manera abrupta con el contacto sostenido con la civilización
occidental. La movilidad terminó, y con ella se diluyeron hábitos ancestrales
que habían definido su identidad durante generaciones. Hoy, los Esse Ejja viven
mayoritariamente en la comunidad de Eyiyoquibo, en el municipio de San
Buenaventura, un asentamiento que marca el tránsito forzado de la selva abierta
a la vida sedentaria.
La transformación
también se refleja en la vestimenta. Pantalones y camisas sustituyeron a los
trajes tradicionales elaborados con corteza de árbol. Es raro ver a un Esse
Ejja vestido como lo hacían sus abuelos. Y ese cambio exterior arrastró otros
más profundos: conductas, costumbres y, sobre todo, una espiritualidad que hoy
lucha por no desaparecer. Muchos de sus mitos ya no se transmiten como antes.
Sin embargo, la
mitología Esse Ejja —compleja y poderosa— permanece como uno de los pilares más
notables de su cultura. Por su sentido y fuerza simbólica, ha sido comparada
con la mitología griega, no por la cantidad de dioses, sino por la manera en
que explica el mundo. En ella destacan dos grandes entidades sobrenaturales.
“Edosiquiana”, el héroe cultural conocido como la montaña Bahuajja, de frente
redonda, es el principio que justifica el orden de la vida y las acciones
humanas. “Shia”, en cambio, es una entidad más amplia, una especie de síntesis
viva de toda su cosmovisión.
El origen del
pueblo Esse Ejja se remonta a tres grandes grupos lingüísticos y culturales.
Dos han sido claramente identificados: los que provienen del nacimiento del río
Madre de Dios, ligados a Bahuajja, y los que llegaron desde el Madidi y el río
Heath, conocidos como Sonenes, quienes se redistribuyeron a lo largo del río
Beni. A esta base se sumó una tercera influencia decisiva: la mezcla con los
Arasairi, asentados en Perú.
Cuenta la
tradición que fue a través de un matrimonio —el hijo del clan Arasairi con una
joven Esse Ejja— que se introdujo la divinidad Shia, sellando una fusión
cultural que marcó para siempre la espiritualidad del pueblo.
Hoy, los Esse
Ejja siguen allí, junto al río que los vio nacer. Ya no son nómadas, ya no
visten como antes, y muchas de sus historias se dicen en voz baja. Pero
mientras el Beni continúe su curso, su memoria colectiva resiste, como el eco
de un pueblo que nunca quiso acumular nada más que su relación con la selva.
Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet
