lunes, 5 de enero de 2026

Los Esse Ejja: entre el rio la selva y el olvido

A orillas del río Beni, donde el agua dicta el ritmo de la vida, los Esse Ejja —una de las naciones amazónicas más singulares de Bolivia— sobreviven entre la memoria de un pasado nómada y la presión silenciosa de la
modernidad que transformó su cultura para siempre.
No les interesa acumular. Nunca les interesó. Para los Esse Ejja, el valor no estuvo en poseer, sino en moverse con el río, seguir a los peces, internarse en el bosque y regresar con lo justo. Este pequeño grupo amazónico —que no supera los dos mil habitantes— habita la región pandina y partes de La Paz, Beni y Perú, con una presencia marcada a lo largo del río Beni, frente a Riberalta, donde durante siglos cazaron, pescaron y recolectaron frutos y materiales del monte.

A diferencia de la mayoría de los pueblos del occidente andino, los Esse Ejja nunca fueron grandes agricultores. El río fue su despensa. Cerca del 90 por ciento de su dieta estuvo basada en el pescado, complemento esencial de una vida nómada que dependía de las crecidas, de los ciclos del agua y de la lectura paciente de la selva.

Ese modo de vida se quebró de manera abrupta con el contacto sostenido con la civilización occidental. La movilidad terminó, y con ella se diluyeron hábitos ancestrales que habían definido su identidad durante generaciones. Hoy, los Esse Ejja viven mayoritariamente en la comunidad de Eyiyoquibo, en el municipio de San Buenaventura, un asentamiento que marca el tránsito forzado de la selva abierta a la vida sedentaria.

La transformación también se refleja en la vestimenta. Pantalones y camisas sustituyeron a los trajes tradicionales elaborados con corteza de árbol. Es raro ver a un Esse Ejja vestido como lo hacían sus abuelos. Y ese cambio exterior arrastró otros más profundos: conductas, costumbres y, sobre todo, una espiritualidad que hoy lucha por no desaparecer. Muchos de sus mitos ya no se transmiten como antes.

Sin embargo, la mitología Esse Ejja —compleja y poderosa— permanece como uno de los pilares más notables de su cultura. Por su sentido y fuerza simbólica, ha sido comparada con la mitología griega, no por la cantidad de dioses, sino por la manera en que explica el mundo. En ella destacan dos grandes entidades sobrenaturales. “Edosiquiana”, el héroe cultural conocido como la montaña Bahuajja, de frente redonda, es el principio que justifica el orden de la vida y las acciones humanas. “Shia”, en cambio, es una entidad más amplia, una especie de síntesis viva de toda su cosmovisión.

El origen del pueblo Esse Ejja se remonta a tres grandes grupos lingüísticos y culturales. Dos han sido claramente identificados: los que provienen del nacimiento del río Madre de Dios, ligados a Bahuajja, y los que llegaron desde el Madidi y el río Heath, conocidos como Sonenes, quienes se redistribuyeron a lo largo del río Beni. A esta base se sumó una tercera influencia decisiva: la mezcla con los Arasairi, asentados en Perú.

Cuenta la tradición que fue a través de un matrimonio —el hijo del clan Arasairi con una joven Esse Ejja— que se introdujo la divinidad Shia, sellando una fusión cultural que marcó para siempre la espiritualidad del pueblo.

Hoy, los Esse Ejja siguen allí, junto al río que los vio nacer. Ya no son nómadas, ya no visten como antes, y muchas de sus historias se dicen en voz baja. Pero mientras el Beni continúe su curso, su memoria colectiva resiste, como el eco de un pueblo que nunca quiso acumular nada más que su relación con la selva.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet