decisivos de su existencia.
En el vasto
oriente boliviano habita el pueblo chiquitano, una cultura compleja y antigua
que, a lo largo de los siglos, ha sabido adaptarse sin desaparecer del todo. De
origen nativo, con raíces chamanistas y una marcada identidad católica, los
chiquitanos representan hoy el grupo étnico más numeroso de la región. Sin
embargo, la llegada y expansión del cristianismo sepultaron gran parte de sus
antiguos usos y costumbres, dejando apenas vestigios de tradiciones que alguna
vez estructuraron su vida cotidiana. Así lo revelan estudios realizados por
antropólogos y estudiosos como Álvaro Astete y David Murillo.
Aunque la mayoría de los chiquitanos profesa la religión católica, en el corazón de sus comunidades subsiste una rica mitología ancestral. Prácticas de ritos e invocaciones con fines de curación y purificación aún se mantienen vivas, especialmente en los momentos más cruciales de la vida: nacimientos, matrimonios y sepulturas. El chamanismo, lejos de haber desaparecido, continúa presente como una guía espiritual que dialoga, a veces silenciosamente, con la fe cristiana.
Sus creencias
están profundamente ligadas al mundo sobrenatural. Estas se manifiestan no solo
en los rituales de paso, sino también en actividades esenciales como la
cacería, la siembra, la cosecha e incluso en la interpretación de los fenómenos
meteorológicos. Llama la atención que estas prácticas ancestrales convivan, de
manera paralela, con las tecnologías modernas del presente.
La organización
social chiquitana se basa en el respeto a la edad y la experiencia. El hombre
más anciano es el jefe de la familia; le siguen sus hijos según el orden de
edad. Los yernos aceptan esta autoridad, reciben un trato cordial y participan
en las decisiones, aunque estas se limitan principalmente al ámbito de su
propia familia, mientras que las resoluciones mayores corresponden al clan.
Otro rasgo
distintivo de los chiquitanos es su innata habilidad para el trabajo fino de la
madera. En varias comunidades, la artesanía —junto a la cerámica y la
producción de tejidos de algodón— constituye el principal sustento económico.
La venta de fuerza de trabajo es una actividad complementaria, especialmente
durante las épocas de zafra de caña, cuando grandes grupos se desplazan hacia
zonas productivas.
En la
agricultura, cada familia pobre dispone de una parcela donde participan todos
sus miembros, desde el más pequeño hasta el más anciano. Como en muchos pueblos
del oriente boliviano, la división del trabajo se organiza por sexo y edad:
tradicionalmente, la agricultura y la caza recaen sobre el hombre, aunque en
los últimos tiempos la mujer también participa activamente, muchas veces en condiciones
iguales.
Dentro de su
cosmovisión, el “jichi” ocupa un lugar central. Considerado el amo y señor del
monte, de la flora y la fauna, es una entidad espiritual a la que los cazadores
piden permiso antes de internarse en la espesura. Imploran su autorización para
obtener los animales necesarios para la subsistencia, nunca más de lo
indispensable. Creen también que sus ancestros observan y acompañan la
ceremonia de caza, guiándolos hacia las zonas propicias. Tras la faena, los
honran, los saludan y piden siempre su bendición.
Así, entre la fe
heredada y la memoria ancestral, los chiquitanos continúan escribiendo su
historia: una historia de resistencia cultural, adaptación y profunda conexión
con la tierra que los vio nacer.
