En las comunidades guaraníes del Chaco boliviano, el Carnaval —conocido como Arete— es mucho más que una fiesta. Es un tiempo sagrado de encuentro, memoria y representación simbólica, donde la danza de “la lucha del toro con el tigre” dramatiza el enfrentamiento entre fuerzas opuestas y reafirma la identidad cultural del pueblo.
Aunque el Carnaval no es de origen propiamente chiriguano, fue adoptado y resignificado por el pueblo guaraní, que lo convirtió en su celebración mayor bajo el nombre de Arete, término que significa “fiesta verdadera” o “fiesta grande”. Con el paso del tiempo, muchas festividades antiguas cedieron su lugar a esta conmemoración, que concentra el calendario ritual y social de la comunidad.
Preparativos y sentido comunitario
Durante gran parte del año, las familias se preparan para el Arete. Los hombres suelen realizar trabajos temporales fuera de la comunidad para reunir recursos económicos con los que adquieren vestimenta nueva para la ocasión. En los días del Carnaval, hombres, mujeres y niños lucen sus mejores galas: vestidos coloridos, adornos llamativos y atuendos que rara vez utilizan el resto del año, ni siquiera en celebraciones tradicionales como el ayarise o el mbapa púure.
El Arete representa un tiempo de abundancia simbólica, de inversión del orden cotidiano y de renovación espiritual. Es también un espacio donde se refuerzan los lazos comunitarios y familiares.
La representación del toro y el tigre
Uno de los momentos más esperados es la escenificación de la lucha del toro con el tigre. La representación comienza cuando aparecen dos personajes —los llamados “negritos”— con cigarro de chala en la boca y un cordel en la mano, conduciendo a un danzante disfrazado de toro. El animal va protegido por una mujer elegantemente vestida que sostiene una bandera sujeta a una caña hueca. Mientras el toro permanezca bajo la bandera, se considera resguardado.
De pronto, emerge del “monte” otro danzante pintado y caracterizado como tigre (jaguar), figura que en la cosmovisión guaraní simboliza la fuerza salvaje de la naturaleza. Se inicia entonces una lucha teatralizada. Los personajes que representan perros y jinetes intervienen en defensa del toro cuando este se ve en desventaja. A veces el tigre logra “atrapar” a uno de los perros o desmontar a algún jinete, provocando risas y algarabía entre el público.
Generalmente, el desenlace favorece al toro: el tigre es abatido colectivamente, reforzando la idea de comunidad unida frente al peligro. Sin embargo, en algunas variantes puede morir el toro, lo que añade dramatismo y simbolismo a la escena.
Tras la muerte simbólica, aparecen los “matanceros”, quienes compran el toro a los negritos con monedas ficticias hechas de piedra o hueso, y proceden a “carnearlo” en una parodia ritual que combina humor y tradición.
Coreografías y ritual de cierre
Luego de la representación, los danzantes forman un gran círculo tomados de las manos. Ejecutan movimientos repetidos tres veces: giran en conjunto, se agachan, pasan por debajo de los brazos extendidos de una pareja y, finalmente, se agrupan formando un gran montón con los rostros hacia afuera y las manos entrelazadas.
Una pareja danza alrededor del círculo, mientras el hombre intenta no ser alcanzado por la mujer; si ella lo logra, él se oculta entre los demás hasta reintegrarse a la ronda. Estas acciones simbólicas refuerzan la noción de juego, cortejo y renovación.
En la segunda vuelta, los agüeros —nombre que reciben las máscaras en el habla mestiza— recorren casa por casa pidiendo “avío”, es decir, alimentos o cualquier obsequio, desde productos agrícolas hasta restos simbólicos. Este acto representa la reciprocidad comunitaria.
La tercera vuelta es la despedida. Entonces surge el llanto colectivo: niños y adultos enmascarados lloran mientras cargan sus avíos y harapos. No se trata solo de tristeza; es una manifestación emocional profunda. Algunos recuerdan a familiares fallecidos que ya no participan en la fiesta; otros temen no llegar al siguiente Carnaval. El sonido de los tambores, tocados de manera destemplada, acentúa el ambiente de aflicción.
Finalmente, jinetes, bailarines y agüeros salen del pueblo hacia un paraje cercano. Allí se quitan y arrojan las máscaras, símbolo del abandono del tiempo festivo. Luego se dirigen al río o a un manantial para lavarse el rostro y las manos, gesto que marca la purificación y el retorno al orden cotidiano.
Identidad y resistencia cultural
El Arete guaraní, celebrado principalmente en el Chaco boliviano —región que comprende territorios de Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija, es una de las expresiones culturales más significativas del pueblo guaraní.
En la lucha del toro con el tigre se sintetizan influencias coloniales, simbolismos indígenas y prácticas comunitarias que han perdurado a lo largo del tiempo. Más que un simple espectáculo carnavalesco, esta representación constituye un acto de memoria colectiva y reafirmación cultural que cada año renueva la identidad del pueblo guaraní.
