domingo, 28 de diciembre de 2025

Yossi Ghinsberg: el israelí que sobrevivió solo en la selva boliviana

En 1981, la Amazonía boliviana fue escenario de una de las historias de supervivencia más extremas del siglo XX. Yossi Ghinsberg,
un joven aventurero israelí de apenas 21 años, se perdió durante tres semanas en la espesura selvática del norte de Bolivia, enfrentando hambre, enfermedades, animales salvajes y la soledad absoluta. Su increíble travesía no solo quedó registrada en su libro Jungle, sino que décadas después inspiró una película protagonizada por Daniel Radcliffe.

La selva amazónica boliviana no perdona errores. En 1981, Yossi Ghinsberg lo aprendió de la forma más dura. Movido por el espíritu aventurero y el sueño juvenil de encontrar comunidades indígenas desconocidas, el israelí se internó en la región del río Tuichi, en el departamento de La Paz, acompañado inicialmente por otros viajeros. Lo que comenzó como una expedición prometedora terminó convirtiéndose en una lucha desesperada por sobrevivir.

Una serie de malas decisiones, sumadas a la falta de experiencia y a la traicionera geografía amazónica, provocaron que Ghinsberg se separara del grupo. En cuestión de horas, quedó completamente solo, sin mapa, sin provisiones y sin posibilidad de orientarse. La selva lo envolvió como un laberinto vivo, donde cada paso podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Durante 21 días, Yossi sobrevivió alimentándose de lo que encontraba: frutas silvestres, huevos de aves y pequeños animales. Perdió peso de forma dramática, sufrió infecciones, picaduras constantes y heridas que no sanaban. El clima, con lluvias torrenciales y humedad extrema, agravó su estado físico y mental. En varios momentos, estuvo al borde de rendirse.

Uno de los episodios más aterradores ocurrió cuando se encontró cara a cara con un jaguar, el mayor depredador de la región. El animal lo observó durante largos segundos, en un silencio absoluto que Ghinsberg describió después como uno de los momentos más intensos de su vida. Contra todo pronóstico, el jaguar se alejó, dejándolo con vida.

La selva también puso a prueba su fortaleza psicológica. Ghinsberg comenzó a sufrir alucinaciones, hablaba solo y luchaba por mantener la esperanza. Aun así, se aferró a una idea simple pero poderosa: seguir el curso del río, convencido de que el agua, tarde o temprano, lo conduciría a la civilización.

El milagro llegó cuando fue finalmente rescatado por habitantes de la zona, tras un viaje extremo que desafió toda lógica de supervivencia. Contra las estadísticas y las probabilidades, Yossi Ghinsberg salió con vida de la selva boliviana, convirtiéndose en un símbolo de resistencia humana frente a la naturaleza indomable.

Años después, su experiencia fue plasmada en el libro Jungle —también conocido como Back from the Tuichi— donde relató con crudeza y honestidad cada momento de su odisea. La historia alcanzó proyección mundial cuando fue adaptada al cine en la película Jungle (2017), protagonizada por Daniel Radcliffe, llevando la Amazonía boliviana y esta impactante historia real a millones de espectadores.

Hoy, más de cuatro décadas después, la travesía de Yossi Ghinsberg sigue siendo una advertencia sobre los peligros de la selva, pero también un testimonio extraordinario del instinto de supervivencia, la voluntad humana y la delgada línea que separa la vida de la muerte en uno de los territorios más salvajes del planeta.


Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 27 de diciembre de 2025

La lúcuma: el azucar de los incas sostuvo un imperio

Mucho antes de que el azúcar refinado dominara las mesas del mundo y enfermara silenciosamente a millones, los Incas ya conocían un secreto dorado. En los valles andinos, entre terrazas agrícolas y caminos de piedra, una fruta cremosa y fragante sostenía jornadas largas sin fatiga ni desplomes: la lúcuma, el endulzante natural que ofrecía dulzor con equilibrio y energía sin castigo.

La historia no comienza en un laboratorio ni en un supermercado moderno, sino en los Andes. Allí, donde el sol cae vertical sobre la cordillera y el trabajo exige resistencia física y mental, la alimentación no era un asunto menor. Los Incas sabían que el cuerpo necesitaba constancia, no sobresaltos. Por eso recurrieron a la lúcuma, una fruta humilde en apariencia, pero poderosa en efecto.

A diferencia del azúcar refinado —ese invento tardío que promete energía inmediata y luego cobra su precio en cansancio, irritabilidad y ansiedad— la
lúcuma actuaba en silencio. Su dulzor no era agresivo, su efecto no era explosivo. Alimentaba de a poco, como el amanecer en la sierra: lento, firme y sostenido. Hoy la ciencia le pone nombre a ese efecto que los antiguos ya intuían: índice glucémico bajo y energía estable durante horas.

El secreto está en su composición. La lúcuma no se rinde a los azúcares simples; prefiere los carbohidratos complejos y la fibra soluble. En el cuerpo, esto se traduce en una liberación gradual de glucosa, sin picos ni caídas bruscas. Mientras el azúcar refinado dispara y derrumba, la lúcuma acompaña. Por eso es aliada del trabajador incansable, del estudiante concentrado, del atleta que necesita constancia y no espejismos.

Investigaciones modernas confirman lo que la tradición sostuvo por siglos: la lúcuma inhibe la enzima alfa-glucosidasa, retrasando la absorción de la glucosa y manteniendo estable el azúcar en sangre. No es solo prevención; es cuidado activo. En personas con prediabetes y diabetes, su consumo regular ha mostrado mejoras reales en la sensibilidad a la insulina y en marcadores como la hemoglobina glicosilada. El “oro de los Incas” no solo endulza, también protege.

Pero la lúcuma va más allá del control glucémico. Es un alimento completo: vitaminas del complejo B que alimentan el sistema nervioso, beta-caroteno que protege las células, vitamina C que refuerza defensas, minerales esenciales como hierro, potasio, calcio y magnesio, y una fibra que ordena la digestión. En pocas calorías, entrega nutrición real, no promesas vacías.

No es casual que los Incas la valoraran como un tesoro. La usaban fresca, en bebidas y preparaciones dulces, sin saber de índices ni enzimas, pero con la certeza empírica de que funcionaba. Con ella, los constructores de Machu Picchu levantaron muros imposibles sin recurrir a estimulantes artificiales ni azúcares adictivos.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el exceso de azúcar se ha convertido en epidemia global, la lúcuma reaparece como respuesta ancestral a un problema moderno. Un dulzor que no enferma, una energía que no se derrumba, un legado que recuerda que la verdadera innovación, a veces, está en mirar hacia atrás.

La lúcuma no es moda ni milagro: es memoria viva de una civilización que supo alimentar el cuerpo con inteligencia. Y en cada cucharada, sigue brillando ese antiguo oro dulce que no agota, sino que sostiene.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

viernes, 26 de diciembre de 2025

Los Shuar: la etnia de la amazonia que desaparece para sobrevivir

En la frontera viva entre Ecuador y Perú, donde la selva no es paisaje sino conciencia, el pueblo shuar aprendió a sobrevivir no imponiéndose, sino borrándose del peligro. Esta es la crónica de Wáinki, un aprendiz del silencio, y de una estrategia ancestral que desafía al mundo moderno: resistir sin ofrecer superficie

En la frontera entre Ecuador y Perú, donde la selva se vuelve densa como un sueño que no quiere despertar, viven los shuar. Durante siglos fueron temidos por exploradores y militares. Los llamaban salvajes. Ellos preferían otra palabra: guardianes.

Un joven llamado Wáinki creció escuchando historias sobre hombres capaces de volverse invisibles. No invisibles como en los cuentos, sino invisibles para el peligro. En su lengua no hablaban de magia, sino de entrar en el bosque como si no hubiera frontera entre el cuerpo y las hojas.

Su abuelo decía que el primer paso no era aprender a cazar. Era aprender a no estar.

Una tarde, Wáinki lo acompañó a lo profundo de la selva. No hubo instrucciones claras. El anciano se sentó en silencio y le pidió algo aparentemente absurdo: que no pensara en nada.

Wáinki fracasó en segundos.

La mente no callaba. Recordaba voces, tareas, preocupaciones. El abuelo esperó. Horas. Sin apuro.

Al anochecer, el anciano habló por fin:

—El bosque no teme a quien camina. Teme a quien llega demasiado lleno de sí mismo.

Durante meses repitieron el mismo ejercicio. Respirar. Vaciarse. Escuchar. Hasta que el corazón dejó de pelear con el silencio. Hasta que Wáinki pudo permanecer quieto sin sentir urgencia. Entonces el abuelo lo llevó al río.

—Ahora sí —dijo—. Mira.

No había nada que ver. O eso creyó. Luego lo notó: los peces se acercaban, los insectos no huían, los pájaros seguían cantando. El bosque no lo registraba como intruso.

—Eso es desaparecer —murmuró el anciano.

Los shuar habían sobrevivido siglos no por la violencia —aunque supieron usarla— sino por la precisión. Caminaban días sin dejar rastro. Entraban y salían de territorios enemigos como sombras imposibles de fijar en un mapa. Los militares lo atribuyeron a lo inhóspito del terreno. El bosque sabía la verdad: no se enfrentaban al entorno, se convertían en parte de él.

Wáinki aprendió que el movimiento más poderoso no siempre es avanzar, sino saber cuándo detener la intención.

Con el tiempo llegaron los hombres de fuera. Traían promesas: carreteras, madereras, progreso. Ofrecían empleo, escuelas, ruido. Algunos aceptaron. Otros observaron en silencio.

Un día, una empresa intentó instalar maquinaria en un área que los shuar consideraban viva en más de un sentido. No hubo marchas ni discursos. Hicieron algo distinto.

Desaparecieron.

Cuando los ingenieros regresaron no encontraron a nadie. Ni huellas. Ni campamentos. Ni herramientas. Nada. El bosque estaba intacto. Semanas después la maquinaria comenzó a fallar: lluvias imprevistas, deslizamientos, rutas perdidas. Nada espectacular. Solo una lenta imposibilidad.

Un técnico extranjero le preguntó a Wáinki —ya adulto— si habían hecho algo.

Wáinki sonrió apenas.

—A veces —dijo— la resistencia no es enfrentarse. Es no ofrecer superficie.

No era evasión. Era estrategia ancestral. Los shuar sabían que el mundo moderno confunde presencia con poder. Ellos habían aprendido otra lección: permanecer intacto no siempre es seguir luchando; a veces es volverse inalcanzable.

Hoy muchos shuar son maestros, abogados, enfermeros. Otros siguen cazando, cultivando, caminando en silencio. No viven en el pasado. Transitan el filo entre dos mundos sin dejarse tragar por ninguno.

Wáinki enseña a los jóvenes una nueva forma de desaparecer: no de la selva, sino del ruido que promete identidad instantánea. Les muestra cómo respirar, cómo mirar sin invadir, cómo escuchar sin responder de inmediato.

Un estudiante le preguntó si eso no era rendirse.

Wáinki negó con calma:

—Rendirse es dejar que otros decidan quién eres. Desaparecer es decidir cuándo no entregarte.

En una época que exige estar siempre visible, siempre opinando, siempre expuesto, los shuar practican un arte peligroso para el ego y vital para la supervivencia:

el arte de volverse silencio, para seguir existiendo


Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet