sábado, 27 de diciembre de 2025

La lúcuma: el azucar de los incas sostuvo un imperio

Mucho antes de que el azúcar refinado dominara las mesas del mundo y enfermara silenciosamente a millones, los Incas ya conocían un secreto dorado. En los valles andinos, entre terrazas agrícolas y caminos de piedra, una fruta cremosa y fragante sostenía jornadas largas sin fatiga ni desplomes: la lúcuma, el endulzante natural que ofrecía dulzor con equilibrio y energía sin castigo.

La historia no comienza en un laboratorio ni en un supermercado moderno, sino en los Andes. Allí, donde el sol cae vertical sobre la cordillera y el trabajo exige resistencia física y mental, la alimentación no era un asunto menor. Los Incas sabían que el cuerpo necesitaba constancia, no sobresaltos. Por eso recurrieron a la lúcuma, una fruta humilde en apariencia, pero poderosa en efecto.

A diferencia del azúcar refinado —ese invento tardío que promete energía inmediata y luego cobra su precio en cansancio, irritabilidad y ansiedad— la
lúcuma actuaba en silencio. Su dulzor no era agresivo, su efecto no era explosivo. Alimentaba de a poco, como el amanecer en la sierra: lento, firme y sostenido. Hoy la ciencia le pone nombre a ese efecto que los antiguos ya intuían: índice glucémico bajo y energía estable durante horas.

El secreto está en su composición. La lúcuma no se rinde a los azúcares simples; prefiere los carbohidratos complejos y la fibra soluble. En el cuerpo, esto se traduce en una liberación gradual de glucosa, sin picos ni caídas bruscas. Mientras el azúcar refinado dispara y derrumba, la lúcuma acompaña. Por eso es aliada del trabajador incansable, del estudiante concentrado, del atleta que necesita constancia y no espejismos.

Investigaciones modernas confirman lo que la tradición sostuvo por siglos: la lúcuma inhibe la enzima alfa-glucosidasa, retrasando la absorción de la glucosa y manteniendo estable el azúcar en sangre. No es solo prevención; es cuidado activo. En personas con prediabetes y diabetes, su consumo regular ha mostrado mejoras reales en la sensibilidad a la insulina y en marcadores como la hemoglobina glicosilada. El “oro de los Incas” no solo endulza, también protege.

Pero la lúcuma va más allá del control glucémico. Es un alimento completo: vitaminas del complejo B que alimentan el sistema nervioso, beta-caroteno que protege las células, vitamina C que refuerza defensas, minerales esenciales como hierro, potasio, calcio y magnesio, y una fibra que ordena la digestión. En pocas calorías, entrega nutrición real, no promesas vacías.

No es casual que los Incas la valoraran como un tesoro. La usaban fresca, en bebidas y preparaciones dulces, sin saber de índices ni enzimas, pero con la certeza empírica de que funcionaba. Con ella, los constructores de Machu Picchu levantaron muros imposibles sin recurrir a estimulantes artificiales ni azúcares adictivos.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el exceso de azúcar se ha convertido en epidemia global, la lúcuma reaparece como respuesta ancestral a un problema moderno. Un dulzor que no enferma, una energía que no se derrumba, un legado que recuerda que la verdadera innovación, a veces, está en mirar hacia atrás.

La lúcuma no es moda ni milagro: es memoria viva de una civilización que supo alimentar el cuerpo con inteligencia. Y en cada cucharada, sigue brillando ese antiguo oro dulce que no agota, sino que sostiene.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet