martes, 30 de diciembre de 2025

Iyambae: la nación chiriguano sin dueño que hizo del Chaco su frontera

“Iyambae”, sin dueño. Así se nombraron a sí mismos los chiriguanos, un pueblo al que no pudieron someter ni los Incas ni los españoles y que, aun golpeado por la República, sobrevivió para convertirse en una de las raíces más profundas del Chaco boliviano. Esta es la crónica de una resistencia larga, orgullosa y todavía viva.

En el sudeste de Bolivia, donde el monte parece no terminar nunca y el viento del Chaco arrastra memorias antiguas, los chiriguanos levantaron durante siglos una frontera invisible. No era una línea en los mapas, sino un territorio defendido con identidad, guerra y una idea clara de sí mismos: ore jae iyambae, nosotros somos sin dueño.

Durante la época hispana, las actuales provincias de Cordillera, Luis Calvo, Hernando Siles, Gran Chaco, O’Connor y parte oriental de Arce conformaban la llamada frontera chiriguana. Era un tapón infranqueable para el avance español y una barrera que protegió por generaciones a los pueblos chaqueños del Boreal y del Chaco Central, la antigua Gualamba. Allí, la conquista se detenía.

Los chiriguanos no eran un pueblo homogéneo ni obedecían a un solo mando. Eran, en esencia, hombres y mujeres libres. Mestizos de mujeres chanés y guaraníes llegados desde más allá del río Paraguay en el siglo XV —o chanés profundamente guaranizados—, construyeron una cultura orgullosa, con un alto concepto de sí mismos. Para ellos, casi todos los demás eran inferiores: podían convertirse en tapí (esclavos). A los pueblos nómades de la llanura los llamaban yanaigua, gente del monte; a otros, itirumbae, los sin camisa. Incluso a los chiquitanos los reducían al nombre de tapí miri, pequeños esclavos.

Soberbios, sí, pero también estratégicos. Miraban a los españoles como iguales, vestían como ellos y solo reconocían cierta dignidad guerrera en los tobas del Pilcomayo, enemigos históricos con los que, sin embargo, sellaban alianzas cuando el peligro era común. Esa lógica de guerra y conveniencia los sostuvo durante siglos.

Desde el pie de monte, los chiriguanos enfrentaron primero a los Incas y luego a los españoles sin ser conquistados. El Sapa Inca Túpac Yupanqui intentó expulsarlos; fracasó. En 1570, ya en tiempos coloniales, el propio rey de España les declaró la guerra. El virrey Toledo ingresó al Chaco con tropas hispanas e indígenas charcas, pero fue derrotado en una guerra de guerrillas y tierra arrasada. Salió enfermo, en litera, mientras las “cuñas viejas” chiriguanas lo despedían con cantos burlones que aún resuenan en la memoria histórica.

Durante todo el período colonial, su territorio permaneció libre de colonos. Aceptaron negros esclavos huidos, criollos renegados y aventureros, siempre que vivieran como ellos y lucharan por ellos. Comerciaron con los pueblos de frontera y, en ocasiones, algunas parcialidades capturaron gente de otros pueblos para venderla como esclava. La libertad no estaba exenta de contradicciones.

El ocaso comenzó con la República. Paradójicamente, los chiriguanos habían luchado por la independencia junto a Juana Azurduy y las fuerzas revolucionarias de Mercado en Santa Cruz. Pero el nuevo Estado trajo repartos de tierra, haciendas, misiones y fortines. Entre 1825 y 1880 se sucedieron levantamientos locales, hasta que en 1891 estalló la gran guerra mesiánica encabezada por Apiaguaki Tumpa.

El 28 de enero de 1892, en Kuruyuqui, seis mil querembas fueron derrotados por tropas bolivianas. El mundo chiriguano se quebró. Algunos se alzaron; otros, como los de Macharetí, optaron por migrar a los obrajes argentinos. Tras la derrota, vino el reparto de personas y tierras, el nacimiento de los apatronados, la huida al Pilcomayo, el refugio en misiones franciscanas o el exilio laboral en la abaporenda.

Con el siglo XX, el nombre chiriguano comenzó a desaparecer, sustituido por guaraní o ava, hombre. Hoy, el guaraní es lengua oficial de Bolivia y la tercera más hablada. Cerca de 60 mil personas se reconocen como guaraníes, con variantes lingüísticas ava, isoseña y simba. En Salta y Jujuy, del lado argentino, los descendientes de aquellos avas mantienen la misma cultura y lazos familiares intactos.

En la Guerra del Chaco, marginados pero presentes, muchos guaraníes combatieron como soldados, guías, arrieros y logísticos. Figuras como el mburuvicha Bacuire dejaron huella y fundaron comunidades como Tentayape, el “último pueblo”, donde la cultura guaraní sigue viva. Incluso durante la ocupación paraguaya de Charagua, la memoria recuerda actos silenciosos de resistencia que sembraron miedo en el invasor y facilitaron la retirada.

Hoy, el Chaco es una región trabajadora, de identidad fuerte y costumbres propias, profundamente marcadas por la herencia guaraní. Una tierra que entregó al país enormes recursos, pero que sigue recordando, en voz baja y firme, aquella antigua consigna que nunca se rindió: iyambae, sin dueño.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet