“Iyambae”, sin
dueño. Así se nombraron a sí mismos los chiriguanos, un pueblo al que no
pudieron someter ni los Incas ni los españoles y que, aun golpeado por la
República, sobrevivió para convertirse en una de las raíces más profundas del
Chaco boliviano. Esta es la crónica de una resistencia larga, orgullosa y
todavía viva.
En el sudeste de Bolivia, donde el monte parece no terminar nunca y el viento del Chaco arrastra memorias antiguas, los chiriguanos levantaron durante siglos una frontera invisible. No era una línea en los mapas, sino un territorio defendido con identidad, guerra y una idea clara de sí mismos: ore jae iyambae, nosotros somos sin dueño.
Durante la época
hispana, las actuales provincias de Cordillera, Luis Calvo, Hernando Siles,
Gran Chaco, O’Connor y parte oriental de Arce conformaban la llamada frontera
chiriguana. Era un tapón infranqueable para el avance español y una barrera que
protegió por generaciones a los pueblos chaqueños del Boreal y del Chaco
Central, la antigua Gualamba. Allí, la conquista se detenía.
Los chiriguanos
no eran un pueblo homogéneo ni obedecían a un solo mando. Eran, en esencia,
hombres y mujeres libres. Mestizos de mujeres chanés y guaraníes llegados desde
más allá del río Paraguay en el siglo XV —o chanés profundamente guaranizados—,
construyeron una cultura orgullosa, con un alto concepto de sí mismos. Para
ellos, casi todos los demás eran inferiores: podían convertirse en tapí
(esclavos). A los pueblos nómades de la llanura los llamaban yanaigua, gente
del monte; a otros, itirumbae, los sin camisa. Incluso a los chiquitanos los
reducían al nombre de tapí miri, pequeños esclavos.
Soberbios, sí,
pero también estratégicos. Miraban a los españoles como iguales, vestían como
ellos y solo reconocían cierta dignidad guerrera en los tobas del Pilcomayo,
enemigos históricos con los que, sin embargo, sellaban alianzas cuando el
peligro era común. Esa lógica de guerra y conveniencia los sostuvo durante
siglos.
Desde el pie de
monte, los chiriguanos enfrentaron primero a los Incas y luego a los españoles
sin ser conquistados. El Sapa Inca Túpac Yupanqui intentó expulsarlos; fracasó.
En 1570, ya en tiempos coloniales, el propio rey de España les declaró la guerra.
El virrey Toledo ingresó al Chaco con tropas hispanas e indígenas charcas, pero
fue derrotado en una guerra de guerrillas y tierra arrasada. Salió enfermo, en
litera, mientras las “cuñas viejas” chiriguanas lo despedían con cantos
burlones que aún resuenan en la memoria histórica.
Durante todo el
período colonial, su territorio permaneció libre de colonos. Aceptaron negros
esclavos huidos, criollos renegados y aventureros, siempre que vivieran como
ellos y lucharan por ellos. Comerciaron con los pueblos de frontera y, en
ocasiones, algunas parcialidades capturaron gente de otros pueblos para
venderla como esclava. La libertad no estaba exenta de contradicciones.
El ocaso comenzó
con la República. Paradójicamente, los chiriguanos habían luchado por la independencia
junto a Juana Azurduy y las fuerzas revolucionarias de Mercado en Santa Cruz.
Pero el nuevo Estado trajo repartos de tierra, haciendas, misiones y fortines.
Entre 1825 y 1880 se sucedieron levantamientos locales, hasta que en 1891
estalló la gran guerra mesiánica encabezada por Apiaguaki Tumpa.
El 28 de enero de
1892, en Kuruyuqui, seis mil querembas fueron derrotados por tropas bolivianas.
El mundo chiriguano se quebró. Algunos se alzaron; otros, como los de
Macharetí, optaron por migrar a los obrajes argentinos. Tras la derrota, vino
el reparto de personas y tierras, el nacimiento de los apatronados, la huida al
Pilcomayo, el refugio en misiones franciscanas o el exilio laboral en la
abaporenda.
Con el siglo XX, el nombre chiriguano comenzó a desaparecer, sustituido por guaraní o ava, hombre. Hoy, el guaraní es lengua oficial de Bolivia y la tercera más hablada. Cerca de 60 mil personas se reconocen como guaraníes, con variantes lingüísticas ava, isoseña y simba. En Salta y Jujuy, del lado argentino, los descendientes de aquellos avas mantienen la misma cultura y lazos familiares intactos.
En la Guerra del
Chaco, marginados pero presentes, muchos guaraníes combatieron como soldados,
guías, arrieros y logísticos. Figuras como el mburuvicha Bacuire dejaron huella
y fundaron comunidades como Tentayape, el “último pueblo”, donde la cultura
guaraní sigue viva. Incluso durante la ocupación paraguaya de Charagua, la
memoria recuerda actos silenciosos de resistencia que sembraron miedo en el
invasor y facilitaron la retirada.
Hoy, el Chaco es
una región trabajadora, de identidad fuerte y costumbres propias, profundamente
marcadas por la herencia guaraní. Una tierra que entregó al país enormes
recursos, pero que sigue recordando, en voz baja y firme, aquella antigua
consigna que nunca se rindió: iyambae, sin dueño.
