Un joven llamado
Wáinki creció escuchando historias sobre hombres capaces de volverse
invisibles. No invisibles como en los cuentos, sino invisibles para el peligro.
En su lengua no hablaban de magia, sino de entrar en el bosque como si no
hubiera frontera entre el cuerpo y las hojas.
Su abuelo decía
que el primer paso no era aprender a cazar. Era aprender a no estar.
Una tarde, Wáinki
lo acompañó a lo profundo de la selva. No hubo instrucciones claras. El anciano
se sentó en silencio y le pidió algo aparentemente absurdo: que no pensara en
nada.
Wáinki fracasó en
segundos.
La mente no
callaba. Recordaba voces, tareas, preocupaciones. El abuelo esperó. Horas. Sin
apuro.
Al anochecer, el
anciano habló por fin:
—El bosque no
teme a quien camina. Teme a quien llega demasiado lleno de sí mismo.
Durante meses
repitieron el mismo ejercicio. Respirar. Vaciarse. Escuchar. Hasta que el
corazón dejó de pelear con el silencio. Hasta que Wáinki pudo permanecer quieto
sin sentir urgencia. Entonces el abuelo lo llevó al río.
—Ahora sí —dijo—.
Mira.
No había nada que
ver. O eso creyó. Luego lo notó: los peces se acercaban, los insectos no huían,
los pájaros seguían cantando. El bosque no lo registraba como intruso.
—Eso es
desaparecer —murmuró el anciano.
Los shuar habían
sobrevivido siglos no por la violencia —aunque supieron usarla— sino por la
precisión. Caminaban días sin dejar rastro. Entraban y salían de territorios
enemigos como sombras imposibles de fijar en un mapa. Los militares lo
atribuyeron a lo inhóspito del terreno. El bosque sabía la verdad: no se
enfrentaban al entorno, se convertían en parte de él.
Wáinki aprendió
que el movimiento más poderoso no siempre es avanzar, sino saber cuándo detener
la intención.
Con el tiempo
llegaron los hombres de fuera. Traían promesas: carreteras, madereras,
progreso. Ofrecían empleo, escuelas, ruido. Algunos aceptaron. Otros observaron
en silencio.
Un día, una
empresa intentó instalar maquinaria en un área que los shuar consideraban viva
en más de un sentido. No hubo marchas ni discursos. Hicieron algo distinto.
Desaparecieron.
Cuando los
ingenieros regresaron no encontraron a nadie. Ni huellas. Ni campamentos. Ni
herramientas. Nada. El bosque estaba intacto. Semanas después la maquinaria
comenzó a fallar: lluvias imprevistas, deslizamientos, rutas perdidas. Nada
espectacular. Solo una lenta imposibilidad.
Un técnico
extranjero le preguntó a Wáinki —ya adulto— si habían hecho algo.
Wáinki sonrió
apenas.
—A veces —dijo—
la resistencia no es enfrentarse. Es no ofrecer superficie.
No era evasión.
Era estrategia ancestral. Los shuar sabían que el mundo moderno confunde presencia
con poder. Ellos habían aprendido otra lección: permanecer intacto no siempre
es seguir luchando; a veces es volverse inalcanzable.
Hoy muchos shuar
son maestros, abogados, enfermeros. Otros siguen cazando, cultivando, caminando
en silencio. No viven en el pasado. Transitan el filo entre dos mundos sin
dejarse tragar por ninguno.
Wáinki enseña a
los jóvenes una nueva forma de desaparecer: no de la selva, sino del ruido que
promete identidad instantánea. Les muestra cómo respirar, cómo mirar sin invadir,
cómo escuchar sin responder de inmediato.
Un estudiante le
preguntó si eso no era rendirse.
Wáinki negó con
calma:
—Rendirse es
dejar que otros decidan quién eres. Desaparecer es decidir cuándo no
entregarte.
En una época que
exige estar siempre visible, siempre opinando, siempre expuesto, los shuar
practican un arte peligroso para el ego y vital para la supervivencia:
el arte de
volverse silencio, para seguir existiendo
