domingo, 18 de enero de 2026

Los cavineños. memoria viva entre la selva, la fe y la tradición

Antes de la llegada de las misiones evangelizadoras, el pueblo indígena cavineño atravesó procesos de migración forzada a causa de conflictos armados con los Esse Ejjas. Posteriormente, fueron reducidos por misioneros jesuitas y franciscanos, hecho que marcó profundamente su organización social, sus creencias y sus formas de vida, sin lograr borrar del todo sus prácticas ancestrales.

Las formas de vida del pueblo cavineño combinan elementos de la tradición ancestral con hábitos occidentales incorporados con el paso del tiempo. Entre ellos, la caza con escopetas y rifles convive con prácticas tradicionales como la pesca mediante el uso de “sacha” y “barbasco”, una planta natural empleada para adormecer a los peces.

Pese al alto índice de analfabetismo, esta condición ha contribuido, paradójicamente, a la conservación de una fuerte tradición oral. Los conocimientos, la historia y las costumbres se transmiten de generación en generación a través de la palabra, manteniendo vivas sus raíces culturales.

Durante el proceso de investigación se evidenció el profundo respeto que la comunidad profesa hacia los ancianos. Incluso los líderes tradicionales reconocen su autoridad moral, bajo la premisa de que “cuanto más viejos son, más saben”. Algunos de ellos recuerdan que, en épocas pasadas, era común el consumo de sapos, una práctica vinculada al entorno ribereño donde se asientan y del cual dependen para su subsistencia.

Los cavineños conservan intactas dos cualidades que los distinguen: su fe en las deidades de la naturaleza y su notable habilidad en la artesanía textil. Creen y respetan a los espíritus del monte y de las aguas, a quienes recurren mediante rezos e invocaciones para pedir protección, buena vivienda y alimento.

La artesanía, elaborada con frutos, maderas y fibras naturales, destaca especialmente por la destreza de las mujeres, herederas de técnicas y estilos ancestrales. Más allá de su valor cultural e identitario, esta actividad se ha convertido en una pequeña pero significativa fuente de ingresos para la comunidad.

En el ámbito organizativo, los cavineños mantienen una estructura social patriarcal basada en el respeto y la obediencia. Eligen a un jefe que, en la actualidad, recibe el nombre de presidente de la comunidad, figura que cumple un doble rol: representante político ante instancias externas y autoridad jerárquica interna.

La comunidad se rige por dos tipos de organización: una tradicional, basada en usos y costumbres, y otra sociopolítica, que ha cobrado mayor relevancia por su vínculo con los trámites de Tierra Comunitaria de Origen (TCO). De esta última dependen aspectos fundamentales como la educación, la salud y la gestión de los recursos naturales.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 17 de enero de 2026

Los Chiquitanos: guardianes del monte oriental boliviano

Pese al paso del tiempo y a la profunda influencia del cristianismo, el pueblo chiquitano —el grupo étnico más numeroso del oriente boliviano— conserva fragmentos valiosos de una cosmovisión ancestral donde el chamanismo, la mitología y la vida comunitaria siguen marcando los momentos más
decisivos de su existencia.

En el vasto oriente boliviano habita el pueblo chiquitano, una cultura compleja y antigua que, a lo largo de los siglos, ha sabido adaptarse sin desaparecer del todo. De origen nativo, con raíces chamanistas y una marcada identidad católica, los chiquitanos representan hoy el grupo étnico más numeroso de la región. Sin embargo, la llegada y expansión del cristianismo sepultaron gran parte de sus antiguos usos y costumbres, dejando apenas vestigios de tradiciones que alguna vez estructuraron su vida cotidiana. Así lo revelan estudios realizados por antropólogos y estudiosos como Álvaro Astete y David Murillo.

Aunque la mayoría de los chiquitanos profesa la religión católica, en el corazón de sus comunidades subsiste una rica mitología ancestral. Prácticas de ritos e invocaciones con fines de curación y purificación aún se mantienen vivas, especialmente en los momentos más cruciales de la vida: nacimientos, matrimonios y sepulturas. El chamanismo, lejos de haber desaparecido, continúa presente como una guía espiritual que dialoga, a veces silenciosamente, con la fe cristiana.


Sus creencias están profundamente ligadas al mundo sobrenatural. Estas se manifiestan no solo en los rituales de paso, sino también en actividades esenciales como la cacería, la siembra, la cosecha e incluso en la interpretación de los fenómenos meteorológicos. Llama la atención que estas prácticas ancestrales convivan, de manera paralela, con las tecnologías modernas del presente.

La organización social chiquitana se basa en el respeto a la edad y la experiencia. El hombre más anciano es el jefe de la familia; le siguen sus hijos según el orden de edad. Los yernos aceptan esta autoridad, reciben un trato cordial y participan en las decisiones, aunque estas se limitan principalmente al ámbito de su propia familia, mientras que las resoluciones mayores corresponden al clan.

Otro rasgo distintivo de los chiquitanos es su innata habilidad para el trabajo fino de la madera. En varias comunidades, la artesanía —junto a la cerámica y la producción de tejidos de algodón— constituye el principal sustento económico. La venta de fuerza de trabajo es una actividad complementaria, especialmente durante las épocas de zafra de caña, cuando grandes grupos se desplazan hacia zonas productivas.

En la agricultura, cada familia pobre dispone de una parcela donde participan todos sus miembros, desde el más pequeño hasta el más anciano. Como en muchos pueblos del oriente boliviano, la división del trabajo se organiza por sexo y edad: tradicionalmente, la agricultura y la caza recaen sobre el hombre, aunque en los últimos tiempos la mujer también participa activamente, muchas veces en condiciones iguales.

Dentro de su cosmovisión, el “jichi” ocupa un lugar central. Considerado el amo y señor del monte, de la flora y la fauna, es una entidad espiritual a la que los cazadores piden permiso antes de internarse en la espesura. Imploran su autorización para obtener los animales necesarios para la subsistencia, nunca más de lo indispensable. Creen también que sus ancestros observan y acompañan la ceremonia de caza, guiándolos hacia las zonas propicias. Tras la faena, los honran, los saludan y piden siempre su bendición.

Así, entre la fe heredada y la memoria ancestral, los chiquitanos continúan escribiendo su historia: una historia de resistencia cultural, adaptación y profunda conexión con la tierra que los vio nacer.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 16 de enero de 2026

Los Joaquinianos: su transformación en el corazón del Beni

A orillas del río Mamoré, en el corazón del Beni, los Joaquinianos sostienen su identidad entre el agua, la tierra y una vida ya asimilada a la ciudad, donde la tradición indígena convive con la fe católica y la agricultura de subsistencia.

Las aguas del río Mamoré no solo atraviesan el territorio beniano, también marcan el ritmo cotidiano de los Joaquinianos. En sus orillas se levanta el espacio vital de esta etnia, organizada principalmente en torno a la familia nuclear: el padre, la madre y los hijos, unidos por la tierra, el río y una historia que ha ido adaptándose al paso del tiempo.

Desde hace varias décadas, los Joaquinianos han sido asimilados casi por completo a la vida citadina y a la sociedad occidental. San Joaquín, en el Beni, se convirtió en el centro de ese proceso, donde el catolicismo se arraigó como base de su credo. En años recientes, sin embargo, cultos protestantes han ganado presencia, diversificando las expresiones de fe de la comunidad.

En algunas comunidades aledañas persiste la memoria de un origen vinculado a Brasil. Se dice que de allí proviene su dominio del portugués, que en ciertos casos supera al español. No obstante, su lengua originaria sigue siendo el arawak, testimonio vivo de una herencia cultural que resiste, aunque de manera silenciosa, a la homogeneización.

La economía de los Joaquinianos se sostiene principalmente en la agricultura. Practican también la caza y la recolección de frutos amazónicos como la castaña y el palmito, actividades que complementan su dieta y su subsistencia. La agricultura se desarrolla bajo el sistema de barbecho, trabajando la tierra solo en determinadas épocas del año.

La falta de tierras suficientes y la imposibilidad de rotación o descanso del suelo limitan la producción. Casi todo lo que se cultiva se destina al autoconsumo y, únicamente cuando existen excedentes, estos se venden o intercambian con vecinos “blancos” y comerciantes que llegan desde San Joaquín, San Ramón, Santa Ana del Yacuma y Guayaramerín.

En el corazón de la Amazonía boliviana, las actividades de los Joaquinianos se desarrollan de manera cada vez más restringida. La presencia de pequeños asentamientos de personas de múltiples naciones en los alrededores reduce el espacio y las oportunidades, obligando a esta etnia a adaptarse continuamente.

Así, los Joaquinianos siguen viviendo entre el río y la ciudad, entre la memoria indígena y la vida moderna, dejando que el Mamoré continúe siendo testigo silencioso de su persistencia y transformación.

Texto y foto: Richard Ilimuri