jueves, 15 de enero de 2026

Los Machineris: la resistencia de un pueblo amazónico

Obligados para sobrevivir, los Machineris viven en la triple frontera entre Bolivia, Perú y Brasil, atrapados entre el rechazo, la migración constante y la defensa silenciosa de una organización social ancestral que se resiste a desaparecer.

En la frontera donde los mapas se desdibujan y los ríos marcan el rumbo de la vida, los Machineris caminan entre tres países sin pertenecer del todo a ninguno. Su cercanía histórica y cotidiana con Brasil los ha llevado a conocer mejor la cultura y la economía de ese país que la propia boliviana. Por necesidad, cruzan a municipios brasileños para hacer sus compras, manejar su dinero y conseguir lo básico para subsistir.

Sin embargo, ese tránsito permanente tiene un costo alto. Para muchos, los Machineris son vistos como incivilizados o delincuentes. La migración forzada los empuja a dormir en calles, a pernoctar al borde de caminos o riberas, alimentando un estigma injusto que los reduce a vagabundos, cuando en realidad son víctimas de un sistema que los margina y los expulsa.

Pese a ello, su organización social permanece firme. Los Machineris se agrupan en familias asentadas de manera dispersa, pero unidas por lazos familiares sólidos e ineludibles. Su estructura gira en torno a la familia extensa, donde la autoridad máxima recae en el hombre de mayor edad, el Taita, jefe y cacique del pueblo. Hasta hace algunas décadas, esta figura vivía aislada del grupo para preservar el respeto y la distancia que su cargo exigía.

El Taita no solo es jefe político y social, sino también la máxima autoridad espiritual. Es curandero y chamán, considerado poseedor de capacidades sobrenaturales para proteger a su pueblo y enfrentar a sus enemigos. Su palabra ordena, sana y orienta la vida colectiva.

Del lado boliviano, los Machineris se extienden naturalmente hacia Brasil. No están cristianizados, aunque misiones evangélicas ya proyectan su integración a congregaciones cercanas, como la de Puerto Yaminahua, abriendo un nuevo capítulo de contacto cultural y religioso.

Su economía se sostiene en la caza, la pesca y la recolección de castaña. A ello se suman actividades complementarias que les permiten sobrevivir en la frontera: la fabricación y venta de canoas, el traslado de pasajeros y carga por río entre Bolivia y Brasil, y el comercio de fríjol, carne de monte y pescado.

El contacto prolongado con la civilización occidental les ha hecho perder muchas de sus habilidades artesanales tradicionales. Aun así, conservan el conocimiento para elaborar hamacas, arcos, flechas y utensilios domésticos, vestigios de una cultura que resiste al olvido.

Los Machineris siguen navegando entre ríos y fronteras, entre el rechazo y la dignidad. Invisibles para muchos, continúan afirmando su identidad en silencio, sosteniéndose en la familia, la memoria y la selva que aún los reconoce como suyos. 

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 14 de enero de 2026

Los Ayoreos: cronica de una cultura, entre la selva y la ciudad

Asentados en el oriente boliviano, principalmente en Santa Cruz, los ayoreos —apenas 3.200 habitantes— enfrentan un proceso irreversible de aculturación que pone en tensión su vida comunitaria, su espiritualidad y una memoria ancestral forjada en la selva.

En el oriente boliviano, donde la selva todavía respira entre desmontes y caminos de tierra, sobrevive el pueblo ayoreo. Son pocos: alrededor de 3.200 personas que, hasta no hace mucho, caminaban el monte con la certeza de que la vida era colectiva, solidaria y profundamente respetuosa del prójimo y de la naturaleza.

Ellos se autodenominan ayoreode, que en su lengua significa “nosotros, los hombres de la selva”. Quienes tuvieron los primeros contactos los llamaron zamucos, por el dialecto que hablan y porque durante décadas recorrieron el bosque desnudos, ajenos a la mirada occidental. Hasta los años 80, los ayoreos conservaban un estilo de vida nómada, desplazándose en pequeños grupos familiares guiados por el linaje y las decisiones de los jefes de clan.

No todos aceptaban esas decisiones. Algunas familias, disconformes con la autoridad tradicional, optaron por migrar. Esos desplazamientos marcaron el inicio de una presencia cada vez más visible de ayoreos en la ciudad de Santa Cruz, un destino que aceleró el contacto, la mezcla y, con ello, la pérdida paulatina de prácticas ancestrales.

Entre las costumbres más impactantes de este pueblo estaba la forma de enfrentar la muerte. Cuando un anciano sentía que sus fuerzas lo abandonaban y que la vida se acercaba a su final, decidía apartarse del grupo. Fiel a la tradición, se recostaba bajo un árbol y aguardaba inmóvil el desenlace. No era abandono ni castigo: era un acto de responsabilidad colectiva. Los estudios antropológicos coinciden en que, al ser un pueblo nómada, el ayoreo anciano prefería no retrasar la marcha del grupo que debía avanzar en busca de alimento.

Con el paso de los años, esta práctica fue desapareciendo, diluida por la convivencia con campesinos y colonos del oriente. La asimilación llegó de forma lenta, pero constante, erosionando rituales, lenguas y formas de entender la vida.

Las crónicas antiguas de Santa Cruz retratan a los ayoreos como habitantes de las periferias, tan temidos como perseguidos. En algunos casos, fueron cazados como animales, víctimas de una violencia que hoy apenas se menciona, pero que dejó cicatrices profundas en la memoria colectiva.

Pese a todo, los ayoreos conservan con celo su espiritualidad. Sus ceremonias funerarias, similares a las del pueblo esse ejja —vecino territorial—, incluyen el entierro de los difuntos junto a sus objetos personales y abundante alimento: carne de jochi, chancho de monte, venado y anta. Es una despedida que asegura el tránsito al otro mundo con dignidad.

Hasta mediados del siglo pasado, antes de que la influencia occidental se hiciera dominante, los ayoreos vivían en grupos de entre 30 y 50 personas, recorriendo territorios definidos en ciclos 

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 13 de enero de 2026

Los Moxeños: herederos del agua y del monte

Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.

En el corazón de Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.

“Mojos” proviene del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.

La salud, hasta hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.

Investigaciones señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de entre 10 y 40 familias, a veces más.

El siglo XVII marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder. Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo aprendido con lo propio.

Pedro Ignacio Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente. Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.

Hoy, el sistema cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.

La economía es diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco, una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.

Pocos saben que los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la materia orgánica del suelo.

Además, elaboran objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales. Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en generación.

Así, entre la Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos: viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el monte, si se lo respeta, siempre responde.

Texto y foto: Richard Ilimuri