miércoles, 14 de enero de 2026

Los Ayoreos: cronica de una cultura, entre la selva y la ciudad

Asentados en el oriente boliviano, principalmente en Santa Cruz, los ayoreos —apenas 3.200 habitantes— enfrentan un proceso irreversible de aculturación que pone en tensión su vida comunitaria, su espiritualidad y una memoria ancestral forjada en la selva.

En el oriente boliviano, donde la selva todavía respira entre desmontes y caminos de tierra, sobrevive el pueblo ayoreo. Son pocos: alrededor de 3.200 personas que, hasta no hace mucho, caminaban el monte con la certeza de que la vida era colectiva, solidaria y profundamente respetuosa del prójimo y de la naturaleza.

Ellos se autodenominan ayoreode, que en su lengua significa “nosotros, los hombres de la selva”. Quienes tuvieron los primeros contactos los llamaron zamucos, por el dialecto que hablan y porque durante décadas recorrieron el bosque desnudos, ajenos a la mirada occidental. Hasta los años 80, los ayoreos conservaban un estilo de vida nómada, desplazándose en pequeños grupos familiares guiados por el linaje y las decisiones de los jefes de clan.

No todos aceptaban esas decisiones. Algunas familias, disconformes con la autoridad tradicional, optaron por migrar. Esos desplazamientos marcaron el inicio de una presencia cada vez más visible de ayoreos en la ciudad de Santa Cruz, un destino que aceleró el contacto, la mezcla y, con ello, la pérdida paulatina de prácticas ancestrales.

Entre las costumbres más impactantes de este pueblo estaba la forma de enfrentar la muerte. Cuando un anciano sentía que sus fuerzas lo abandonaban y que la vida se acercaba a su final, decidía apartarse del grupo. Fiel a la tradición, se recostaba bajo un árbol y aguardaba inmóvil el desenlace. No era abandono ni castigo: era un acto de responsabilidad colectiva. Los estudios antropológicos coinciden en que, al ser un pueblo nómada, el ayoreo anciano prefería no retrasar la marcha del grupo que debía avanzar en busca de alimento.

Con el paso de los años, esta práctica fue desapareciendo, diluida por la convivencia con campesinos y colonos del oriente. La asimilación llegó de forma lenta, pero constante, erosionando rituales, lenguas y formas de entender la vida.

Las crónicas antiguas de Santa Cruz retratan a los ayoreos como habitantes de las periferias, tan temidos como perseguidos. En algunos casos, fueron cazados como animales, víctimas de una violencia que hoy apenas se menciona, pero que dejó cicatrices profundas en la memoria colectiva.

Pese a todo, los ayoreos conservan con celo su espiritualidad. Sus ceremonias funerarias, similares a las del pueblo esse ejja —vecino territorial—, incluyen el entierro de los difuntos junto a sus objetos personales y abundante alimento: carne de jochi, chancho de monte, venado y anta. Es una despedida que asegura el tránsito al otro mundo con dignidad.

Hasta mediados del siglo pasado, antes de que la influencia occidental se hiciera dominante, los ayoreos vivían en grupos de entre 30 y 50 personas, recorriendo territorios definidos en ciclos 

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 13 de enero de 2026

Los Moxeños: herederos del agua y del monte

Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.

En el corazón de Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.

“Mojos” proviene del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.

La salud, hasta hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.

Investigaciones señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de entre 10 y 40 familias, a veces más.

El siglo XVII marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder. Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo aprendido con lo propio.

Pedro Ignacio Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente. Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.

Hoy, el sistema cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.

La economía es diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco, una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.

Pocos saben que los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la materia orgánica del suelo.

Además, elaboran objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales. Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en generación.

Así, entre la Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos: viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el monte, si se lo respeta, siempre responde.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 12 de enero de 2026

Los Araonas: del dominio de los ríos al borde de la desaparición

Durante siglos fueron dueños de los ríos amazónicos y aliados forzados de la fiebre del caucho. Hoy, reducidos a unas decenas de personas, lo
s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.

Los araonas habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.

La presencia araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.

Para los araonas, el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados, verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.

En la organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas, en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.

La historia reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.

La escasez de mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a la desaparición.

El actual capitán grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32 mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja a varios varones sin pareja ni descendencia.

Esta situación ha provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria, sino por el derecho básico a seguir existiendo.

Texto y foto: Richard Ilimuri