lunes, 12 de enero de 2026

Los Araonas: del dominio de los ríos al borde de la desaparición

Durante siglos fueron dueños de los ríos amazónicos y aliados forzados de la fiebre del caucho. Hoy, reducidos a unas decenas de personas, lo
s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.

Los araonas habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.

La presencia araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.

Para los araonas, el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados, verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.

En la organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas, en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.

La historia reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.

La escasez de mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a la desaparición.

El actual capitán grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32 mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja a varios varones sin pareja ni descendencia.

Esta situación ha provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria, sino por el derecho básico a seguir existiendo.

Texto y foto: Richard Ilimuri

domingo, 11 de enero de 2026

Los Yaminahua: un pueblo dividido que lucha por no desaparecer

Aislados en el extremo norte de Pando y reducidos a menos de 400 personas, los yaminahua enfrentan una silenciosa amenaza: la fragmentación interna, la pérdida paulatina de sus creencias ancestrales y la presión ex
terna que pone en riesgo su supervivencia cultural.

La etnia yaminahua, uno de los pueblos amazónicos menos numerosos de Bolivia, atraviesa una etapa crítica de su historia. Divididos internamente y con una población cada vez más reducida, su existencia se debate entre la preservación de antiguas tradiciones y la influencia creciente de modelos externos que erosionan su identidad.

Tradicionalmente, la base de la organización social yaminahua fue la familia extensa, un entramado de lazos medianos de parentesco que garantizaba cohesión y apoyo comunitario. En la actualidad, esta estructura ha sido desplazada por la familia nuclear, donde el padre es reconocido como jefe del hogar. Sin embargo, a diferencia de otras culturas, la mujer conserva un rol decisivo: es ella quien puede poner fin a una relación y elegir de inmediato a otra pareja dentro del mismo grupo, ejerciendo control sobre el matrimonio y la vida conyugal.

Aunque los yaminahua aún conservan buena parte de sus tradiciones materiales e ideológicas, estas se practican de forma cada vez más tenue. La influencia mercantilista proveniente del Brasil y la presencia activa de iglesias evangélicas han modificado costumbres y creencias que antes daban sentido a la vida comunitaria. Según registros de 2004, la población yaminahua alcanzaba apenas las 395 personas, una cifra que evidencia su extrema vulnerabilidad demográfica.

Su cosmovisión ancestral es claramente politeísta. Entre sus divinidades destaca la víbora sicurí, una imponente serpiente de agua considerada sagrada por sus antepasados. Hasta hoy, los yaminahua evitan matarla, salvo en situaciones de peligro extremo. Incluso entonces, intentan ahuyentarla sin causarle daño, en señal de respeto a un ser que aún ocupa un lugar simbólico en su memoria cultural.

La escasa población se encuentra hoy profundamente dividida entre evangélicos y no evangélicos, creyentes y no creyentes. Estas diferencias han generado tensiones internas: los conversos acusan a los otros de alcoholismo y sacrilegio, mientras que estos responden calificándolos de oportunistas. La fractura social se convierte así en un nuevo factor de debilitamiento colectivo.

Pese a ello, la magia y el curanderismo siguen ocupando un lugar central en el imaginario yaminahua. El consumo ritual de ayahuasca, un potente alucinógeno, forma parte de sesiones comunitarias de curación y concentración espiritual, en las que aseguran recibir consejos y presagios de los espíritus de la selva y de sus antepasados.

En el plano económico, su subsistencia depende principalmente de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, complementadas con el cultivo de arroz, yuca, maíz y plátano, además de la elaboración de artesanías. Actividades que no solo aseguran el alimento diario, sino que también mantienen un vínculo vital con la selva amazónica.

Hoy, el pueblo yaminahua resiste entre la memoria y el olvido. Su mayor desafío no es solo sobrevivir físicamente, sino evitar que su cultura se diluya definitivamente en el silencio de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 10 de enero de 2026

Los Yuracarés: la eterna marcha hacia la Loma Santa, la tierra sin mal

Nómadas por historia y convicción, los yuracarés han recorrido ríos y selvas de Bolivia siguiendo un sueño ancestral: la Loma Santa. Entre la resistenci
a cultural, la presión territorial y la herencia de la colonización, este pueblo indígena mantiene viva su aspiración de libertad y armonía con la naturaleza.

Al igual que los moxeños, los yuracarés viven marcados por la búsqueda permanente de la Loma Santa, la “tierra sin mal” que habita en su mitología y en su memoria colectiva. No es solo un lugar físico, sino una forma de vida: paz, libertad y equilibrio con la naturaleza.

La historia de este pueblo indígena se extiende por al menos cuatro departamentos del país —La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Beni— adonde llegaron tras un largo proceso de desplazamientos forzados y migraciones internas. De naturaleza humilde y tradicionalmente nómada, los yuracarés fueron durante décadas un pueblo casi invisible para el Estado boliviano, hasta bien entrada la década de los 90.

El punto de quiebre llegó tras años de promesas incumplidas por los gobiernos de turno. Junto a otros pueblos indígenas de tierras bajas, los yuracarés protagonizaron la histórica “Marcha por el Territorio y la Dignidad”, una movilización que los sacó del anonimato y los colocó en la agenda nacional como sujetos de derechos y portadores de una demanda largamente postergada.

Desde 2004, la organización interna de la etnia se ha fortalecido. Su economía se sustenta principalmente en la agricultura, conservando técnicas tradicionales de cultivo de arroz, maíz, yuca y plátano. La caza, práctica complementaria, se realiza con arco y flecha, cuya punta es impregnada con resina del árbol de Solimán, una sustancia que “tranquiliza” a los animales, según el saber ancestral.

Sin embargo, la presión sobre su territorio no ha cesado. En los últimos años, la migración de colonizadores y cocaleros hacia el norte de Cochabamba ha obligado a los yuracarés a replegarse aún más, confinándolos a espacios cada vez más reducidos, muchos de ellos en zonas que históricamente pertenecieron a territorio moxeño.

La colonización marcó profundamente su historia. Fueron desplazados hasta lo que hoy se conoce como Ivirgarzama —“cántaro lleno de agua” en lengua yuracaré— en el actual trópico cochabambino. Más tarde, los misioneros jesuitas los trasladaron a Villa Tunari, donde aprendieron el castellano y vieron transformados muchos de sus usos y costumbres.

Pero la vida comunitaria impuesta no se ajustaba a su cultura. El trabajo forzado y el nuevo entorno afectaron su organización social, provocando una dispersión progresiva: algunos grupos se asentaron a orillas del río Ichilo; otros migraron al Isiboro Sécure, ya en las tierras bajas del Beni.

Hoy, pese a la influencia católica y los cambios sociales, los yuracarés continúan su infatigable peregrinar. En su cosmovisión, la imagen de lo divino se entrelaza con elementos cristianos, sin borrar del todo la raíz ancestral. La aspiración que se transmite de generación en generación sigue intacta: vivir en paz, en libertad y en profunda comunión con la naturaleza, mientras la Loma Santa continúa siendo horizonte y destino.

Texto y foto: Richard Ilimuri