domingo, 11 de enero de 2026

Los Yaminahua: un pueblo dividido que lucha por no desaparecer

Aislados en el extremo norte de Pando y reducidos a menos de 400 personas, los yaminahua enfrentan una silenciosa amenaza: la fragmentación interna, la pérdida paulatina de sus creencias ancestrales y la presión ex
terna que pone en riesgo su supervivencia cultural.

La etnia yaminahua, uno de los pueblos amazónicos menos numerosos de Bolivia, atraviesa una etapa crítica de su historia. Divididos internamente y con una población cada vez más reducida, su existencia se debate entre la preservación de antiguas tradiciones y la influencia creciente de modelos externos que erosionan su identidad.

Tradicionalmente, la base de la organización social yaminahua fue la familia extensa, un entramado de lazos medianos de parentesco que garantizaba cohesión y apoyo comunitario. En la actualidad, esta estructura ha sido desplazada por la familia nuclear, donde el padre es reconocido como jefe del hogar. Sin embargo, a diferencia de otras culturas, la mujer conserva un rol decisivo: es ella quien puede poner fin a una relación y elegir de inmediato a otra pareja dentro del mismo grupo, ejerciendo control sobre el matrimonio y la vida conyugal.

Aunque los yaminahua aún conservan buena parte de sus tradiciones materiales e ideológicas, estas se practican de forma cada vez más tenue. La influencia mercantilista proveniente del Brasil y la presencia activa de iglesias evangélicas han modificado costumbres y creencias que antes daban sentido a la vida comunitaria. Según registros de 2004, la población yaminahua alcanzaba apenas las 395 personas, una cifra que evidencia su extrema vulnerabilidad demográfica.

Su cosmovisión ancestral es claramente politeísta. Entre sus divinidades destaca la víbora sicurí, una imponente serpiente de agua considerada sagrada por sus antepasados. Hasta hoy, los yaminahua evitan matarla, salvo en situaciones de peligro extremo. Incluso entonces, intentan ahuyentarla sin causarle daño, en señal de respeto a un ser que aún ocupa un lugar simbólico en su memoria cultural.

La escasa población se encuentra hoy profundamente dividida entre evangélicos y no evangélicos, creyentes y no creyentes. Estas diferencias han generado tensiones internas: los conversos acusan a los otros de alcoholismo y sacrilegio, mientras que estos responden calificándolos de oportunistas. La fractura social se convierte así en un nuevo factor de debilitamiento colectivo.

Pese a ello, la magia y el curanderismo siguen ocupando un lugar central en el imaginario yaminahua. El consumo ritual de ayahuasca, un potente alucinógeno, forma parte de sesiones comunitarias de curación y concentración espiritual, en las que aseguran recibir consejos y presagios de los espíritus de la selva y de sus antepasados.

En el plano económico, su subsistencia depende principalmente de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, complementadas con el cultivo de arroz, yuca, maíz y plátano, además de la elaboración de artesanías. Actividades que no solo aseguran el alimento diario, sino que también mantienen un vínculo vital con la selva amazónica.

Hoy, el pueblo yaminahua resiste entre la memoria y el olvido. Su mayor desafío no es solo sobrevivir físicamente, sino evitar que su cultura se diluya definitivamente en el silencio de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 10 de enero de 2026

Los Yuracarés: la eterna marcha hacia la Loma Santa, la tierra sin mal

Nómadas por historia y convicción, los yuracarés han recorrido ríos y selvas de Bolivia siguiendo un sueño ancestral: la Loma Santa. Entre la resistenci
a cultural, la presión territorial y la herencia de la colonización, este pueblo indígena mantiene viva su aspiración de libertad y armonía con la naturaleza.

Al igual que los moxeños, los yuracarés viven marcados por la búsqueda permanente de la Loma Santa, la “tierra sin mal” que habita en su mitología y en su memoria colectiva. No es solo un lugar físico, sino una forma de vida: paz, libertad y equilibrio con la naturaleza.

La historia de este pueblo indígena se extiende por al menos cuatro departamentos del país —La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Beni— adonde llegaron tras un largo proceso de desplazamientos forzados y migraciones internas. De naturaleza humilde y tradicionalmente nómada, los yuracarés fueron durante décadas un pueblo casi invisible para el Estado boliviano, hasta bien entrada la década de los 90.

El punto de quiebre llegó tras años de promesas incumplidas por los gobiernos de turno. Junto a otros pueblos indígenas de tierras bajas, los yuracarés protagonizaron la histórica “Marcha por el Territorio y la Dignidad”, una movilización que los sacó del anonimato y los colocó en la agenda nacional como sujetos de derechos y portadores de una demanda largamente postergada.

Desde 2004, la organización interna de la etnia se ha fortalecido. Su economía se sustenta principalmente en la agricultura, conservando técnicas tradicionales de cultivo de arroz, maíz, yuca y plátano. La caza, práctica complementaria, se realiza con arco y flecha, cuya punta es impregnada con resina del árbol de Solimán, una sustancia que “tranquiliza” a los animales, según el saber ancestral.

Sin embargo, la presión sobre su territorio no ha cesado. En los últimos años, la migración de colonizadores y cocaleros hacia el norte de Cochabamba ha obligado a los yuracarés a replegarse aún más, confinándolos a espacios cada vez más reducidos, muchos de ellos en zonas que históricamente pertenecieron a territorio moxeño.

La colonización marcó profundamente su historia. Fueron desplazados hasta lo que hoy se conoce como Ivirgarzama —“cántaro lleno de agua” en lengua yuracaré— en el actual trópico cochabambino. Más tarde, los misioneros jesuitas los trasladaron a Villa Tunari, donde aprendieron el castellano y vieron transformados muchos de sus usos y costumbres.

Pero la vida comunitaria impuesta no se ajustaba a su cultura. El trabajo forzado y el nuevo entorno afectaron su organización social, provocando una dispersión progresiva: algunos grupos se asentaron a orillas del río Ichilo; otros migraron al Isiboro Sécure, ya en las tierras bajas del Beni.

Hoy, pese a la influencia católica y los cambios sociales, los yuracarés continúan su infatigable peregrinar. En su cosmovisión, la imagen de lo divino se entrelaza con elementos cristianos, sin borrar del todo la raíz ancestral. La aspiración que se transmite de generación en generación sigue intacta: vivir en paz, en libertad y en profunda comunión con la naturaleza, mientras la Loma Santa continúa siendo horizonte y destino.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 9 de enero de 2026

Los Chimanes: la cultura que castiga la ira con el monte

La prohibición del enojo, el fuerte sentido familiar y una cosmovisión marcada por divinidades fundadoras distinguen al pueblo chimán, una cultura amazónica que preserva su identidad a travé
s de la convivencia comunitaria, el respeto a la naturaleza y la transmisión de saberes ancestrales.

En las comunidades chimanes, la organización social gira en torno a la familia nuclear, integrada por parientes directos, aunque articulada con otras familias emparentadas. Este entramado social permite la convivencia y el apoyo mutuo, pilares fundamentales para la supervivencia cultural de este pueblo amazónico.

Una de las normas más singulares de la cultura chimán es la prohibición del enojo. Para ellos, la ira atrae la mala suerte e incluso puede provocar la muerte. Cuando algún integrante de la comunidad se deja dominar por este sentimiento, es enviado al monte por un tiempo, hasta recuperar la calma y restablecer el equilibrio espiritual.

Antes de los procesos de evangelización, la poligamia era una práctica aceptada: los varones podían casarse con dos hermanas o con varias mujeres. Los asentamientos, por lo general pequeños, están formados por un solo grupo de viviendas, habitadas por personas unidas por lazos de parentesco cercano, lo que refuerza la cohesión social.

El matrimonio también cumple una función territorial. Los chimanes suelen casarse entre miembros de su propio pueblo como una forma de proteger sus tierras. Una vez consolidada la unión, la nueva pareja se establece en el lugar de residencia de la familia materna de la mujer, bajo un sistema conocido como gineco–estático. En la vida cotidiana, en las reuniones y en los eventos internos, el idioma nativo chimán sigue siendo la lengua predominante.

Las viviendas tradicionales, conocidas como pahuichis, son construidas con palmeras extraídas del monte y transportadas hasta el lugar de asentamiento. La instalación de los techos se realiza de manera comunitaria. Si bien en el pasado esta tarea estaba reservada únicamente a los hombres, hoy participan las mujeres y toda la familia, reflejando cambios paulatinos en la organización del trabajo.

La cosmovisión chimán se sustenta en la creencia en Dojity y Micha, divinidades hermanas —uno travieso y el otro formal— a quienes atribuyen la fundación del mundo, la creación del ser humano, la flora y la fauna. El respeto por estas creencias se manifiesta en el profundo vínculo con la naturaleza, así como en el conocimiento de la medicina natural y en la destreza artesanal, especialmente en tejidos de jatata, algodón y fibra vegetal.

La economía chimán se basa principalmente en la pesca, la recolección de frutos y fibras vegetales. En sus chacos cultivan alimentos como yuca, arroz, plátano, tomate, caña de azúcar y palta. También siembran tabaco y algodón, productos que complementan su subsistencia y fortalecen su autosuficiencia.

Entre normas que buscan la armonía espiritual y prácticas que preservan su identidad, los chimanes continúan defendiendo una forma de vida en equilibrio con la selva, donde la calma, la familia y la tradición son la base de su existencia.

Texto y foto: Richard Ilimuri