jueves, 8 de enero de 2026

Los Chácobos: rituales de unión que preservan la vida ancestral en la Amazonía boliviana

Prácticas matrimoniales poco ortodoxas, vínculos familiares estrechos y rituales de prueba marcan la vida íntima del pueblo chácobo, una etnia
amazónica que mantiene vigentes tradiciones ancestrales para asegurar la convivencia, la salud y la continuidad de su comunidad en el llano boliviano.

En las profundidades de la Amazonía boliviana, el pueblo chácobo conserva un sistema de creencias y rituales que lo distingue de otras naciones indígenas vecinas. Sus prácticas, transmitidas de generación en generación, buscan garantizar el equilibrio social y el bienestar colectivo, especialmente en el ámbito del matrimonio y la formación de pareja.

Investigadores que compartieron largas temporadas con miembros de esta etnia destacan el peculiar ritual que antecede a la unión conyugal y las costumbres asociadas al concubinato. Entre los chácobos, las parejas se forman generalmente —y con preferencia— entre primos, en un esquema donde la decisión final recae siempre en el hombre. El ideal es convertir en esposa a la hija del hermano de la madre, a quien el futuro esposo denomina guane.

El ritual de noviazgo se inicia de manera discreta: el joven comparte la hamaca con su prima durante un tiempo, hasta que la relación es descubierta por los padres o los sorprenden en flagrancia. En ese momento, el muchacho suele huir, no como señal de renuncia, sino por temor a una posible agresión de la familia de su enamorada.

La siguiente etapa del rito es decisiva. Provisto de arco y flecha, el joven se interna en la selva para cazar o pescar. La presa obtenida debe ser entregada a la guane, quien la destina al consumo de toda su familia, acompañada de alimentos como arroz, yuca o plátano. Este gesto simboliza la hombría del pretendiente y su capacidad de sostener un hogar. Superada esta prueba, el camino queda allanado para formalizar la unión, dando por materializado el matrimonio.

Existen también variantes dentro de la tradición. En algunos casos, si un cazador chácobo entrega su presa a una mujer viuda o divorciada y ella la acepta, puede establecerse una unión. Sin embargo, estas relaciones no gozan del mismo reconocimiento ni del mismo estatus social que las formadas bajo el ritual tradicional.

Así, entre hamacas compartidas, pruebas de caza y normas heredadas, los chácobos continúan defendiendo un modo de vida que desafía las lógicas occidentales y reafirma su identidad cultural en el corazón de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 7 de enero de 2026

Los Moré: la memoria guerrera que resiste en el noroeste del Beni

Antiguamente cazadores y pescadores, organizados en una sociedad de fuerte carácter guerrero, los Moré hoy sobreviven como uno de los pueblos indígenas más pequeños de Bolivia. Con apenas 365 personas, mantienen su identidad entre la memoria prehispánica, la vida familiar y una economía de subsistencia ligada a la selva y a los ríos.

En el noroeste del departamento del Beni, entre ríos y bosques amazónicos, habita el pueblo indígena Moré, una etnia cuya historia se remonta a tiempos en que la caza y la pesca eran el eje de la vida cotidiana y la guerra una condición que marcaba incluso el nacimiento de los varones. En aquel entonces, la poligamia formaba parte de una organización social orientada a la defensa y al control del territorio.

Con el paso del tiempo y el impacto de la colonia, esa estructura fue transformándose. Hoy, la organización social de los Moré se basa en la familia nuclear. Sin embargo, su situación demográfica es crítica: según datos de la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas Originarios de Bolivia (CONNIOB), la población superviviente alcanza apenas las 365 personas, lo que los coloca en riesgo de desaparición cultural.

Las huellas de su pasado aún permanecen en el paisaje. A lo largo de los ríos Iténez, cerca de Monte Azul, se conservan restos de arte rupestre y fragmentos de cerámica que evidencian un pasado prehispánico con un notable grado de desarrollo cultural. Estos vestigios confirman la antigua presencia de los Moré en la región y su relación profunda con el territorio.

Durante la colonia, los intentos de cristianización católica encontraron una fuerte resistencia. La poca receptividad de los indígenas impidió la consolidación de misiones religiosas, una situación que se mantiene hasta hoy, cuando la permanencia de cualquier iglesia en el territorio Moré resulta casi imposible.

En la actualidad, la economía del pueblo Moré se sustenta en la agricultura estacional y de subsistencia. Durante la época de lluvias siembran arroz; en la temporada seca cultivan maíz, frijol, yuca, plátano y guineo. La yuca ocupa un lugar central en la dieta diaria, procesada como chicha, chivé y harina, productos que también se comercializan en la ciudad de Guayaramerín. Lo mismo ocurre con los excedentes de plátano, guineo y frijol.

A estas actividades se suman la caza, la pesca y la recolección de castaña, prácticas ancestrales que complementan la alimentación y los ingresos. Así, entre la fragilidad demográfica y la persistencia cultural, los Moré continúan resistiendo, aferrados a la tierra, a la selva y a una historia que se niega a desaparecer.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 6 de enero de 2026

Los Urus: hijos del agua la resistencia milenaria del pueblo Chipaya

A orillas de los lagos Poopó y Uru Uru, en la áspera geografía de Oruro, un pueblo que se dice nacido antes que la luna sigue aferrado a sus ritos, a sus put’ukos y a una forma de vida que resiste al tiempo, al olvido
y a la modernidad.

Asentados en los territorios de Oruro, Chipaya, Murato e Hiruito, todos abrazando las orillas salinas de los lagos Poopó y Uru Uru, los Uru Chipaya continúan viviendo con costumbres milenarias que parecen desafiar la lógica del siglo XXI. No existen datos exactos sobre su nacimiento como pueblo, pero sus dotes ancestrales de cazadores y pescadores los sitúan entre las etnias más antiguas del continente americano. Sus leyendas cuentan que nacieron antes que la luna y que sobrevivieron al gran diluvio gracias a las balsas que ellos mismos construían.

Durante siglos, los urus quedaron encasillados como un solo grupo étnico de escasa trascendencia histórica, opacados por el dominio expansivo aymara que se prolongó incluso durante la colonia. Las condiciones siempre les fueron desfavorables. Sin embargo, lejos de desaparecer, lograron mantener su pureza cultural casi intacta. La escasa densidad poblacional —factor que diluyó a tantas culturas obligadas a asimilarse o migrar a las ciudades— empujó a los urus a mimetizarse parcialmente con los aymaras, no como rendición, sino como un refugio estratégico para subsistir.

En la vida chipaya, nada ocurre sin un rito previo. La caza, la pesca, la agricultura, la construcción de viviendas y hasta la comercialización de sus productos están antecedidas por ceremonias espirituales, privadas o colectivas, que forman parte esencial del ciclo de vida, del trabajo y de la alimentación. Cada acto cotidiano es, a la vez, un diálogo con la naturaleza y con sus ancestros.

En los salitrales orureños, los put’ukos —viviendas cónicas de barro y paja— siguen erguidos como hongos solitarios en medio del paisaje árido del área rural de Chipaya. Allí, el tiempo parece detenido. Pero en el pueblo la fisonomía ha cambiado: las casas rectangulares de calamina brillan bajo el sol, las ventanas de vidrio reemplazan a los antiguos vanos, y la urbanización avanza silenciosa.

Se calcula que unas 1.600 personas habitan el territorio chipaya, aunque la relación con la prensa es distante. Muchos consideran que dar información es perder el tiempo. No obstante, algunos líderes aún hacen sonar el pututo, instrumento ancestral que convoca a la reunión comunitaria y reafirma la vigencia de su organización tradicional.

La vida gira en torno a la ganadería y la siembra de quinua, papa, cebada y cañahua. El territorio es comunitario: muchos chipayas tienen su casa en el pueblo, pero conservan su put’uko en el campo, donde pastorean sus animales y trabajan la tierra. Los más ancianos son quienes más resisten al cambio. No quieren abandonar sus viviendas tradicionales ni cambiar los tejidos de lana por ropa de algodón. Las mujeres continúan trenzándose el cabello en simbas y caminando descalzas, como lo hicieron siempre.

En el campo, las condiciones de vida no han variado. Los put’ukos mantienen sus dimensiones estrechas; en su interior, los chipayas duermen sobre cueros de oveja tendidos en el suelo, procesan sus alimentos y viven sin muebles. No existen servicios básicos. La austeridad no es elección estética, es continuidad histórica.

Pese a la solidez de este pueblo —cuya población no crece aceleradamente, pero tampoco disminuye—, los Chipaya siguen siendo un pueblo arrinconado en una de las regiones más inhóspitas del país, presionado por la cultura moderna. Aun así, como hijos del agua y sobrevivientes del diluvio, continúan demostrando que resistir también es una forma de existir.

Texto y foto: Richard Ilimuri