domingo, 4 de enero de 2026

40 dias bajo la selva: Crónica de 4 niños indigenas bajo una supervivencia imposible

El 1 de mayo de 2023, la selva amazónica colombiana se convirtió en escenario de una de las historias de supervivencia más estremecedoras del siglo. Tras la caída de un pequeño avión, cuatro niños —uno de ellos un bebé— quedaron solos entre la espesura infinita. Durante 40 días, el hambre, la lluvia y el miedo pusieron a prueba una voluntad que se negó a rendirse.

El avión de hélice avanzaba con normalidad sobre el manto verde de la Amazonía cuando, sin previo aviso, el motor se apagó. El silencio duró apenas segundos antes de que la aeronave se precipitara contra la selva. El impacto fue brutal. La madre de los niños y el piloto murieron al instante. Entre los restos retorcidos del fuselaje, sobrevivieron cuatro hermanos: Lesly, de 13 años; sus hermanos de 9 y 4; y un bebé de apenas 11 meses.

La selva los rodeaba como un océano sin orillas. No había caminos, pueblos ni señales humanas. Solo árboles centenarios, ríos traicioneros y el zumbido constante de insectos. Allí comenzó una lucha silenciosa, lejos de toda mirada.

La primera decisión fue clave: no moverse del lugar del accidente. Lesly, la mayor, comprendió que los equipos de búsqueda iniciarían su rastreo desde el punto del siniestro. Permanecer cerca del avión era una apuesta por la vida.

Entre los restos hallaron lo indispensable para resistir: harina de yuca, algunas galletas y una botella de agua. Lesly asumió un rol que no le correspondía por edad, pero sí por necesidad. Racionó cada alimento con precisión extrema. Comían una sola vez al día, en pequeñas porciones, y siempre priorizando al bebé.

El agua fue otro desafío. Beber de los ríos cercanos implicaba riesgos mortales. La solución llegó del cielo. Con hojas grandes y partes del avión, recolectaban el agua de lluvia, transformando cada tormenta en una bendición.

Mientras tanto, el Ejército colombiano, junto a comunidades indígenas, desplegó una de las búsquedas más complejas jamás realizadas en la región. Durante semanas, helicópteros sobrevolaron la selva, se lanzaron alimentos y se siguieron rastros casi invisibles.

En el día 40, pequeñas huellas rompieron la monotonía del verde. Guiaron a los rescatistas hasta un claro. Allí estaban los cuatro niños: exhaustos, desnutridos, pero vivos.

Los médicos fueron categóricos: sobrevivir 40 días en la selva amazónica, con un bebé a cuestas, no fue obra del azar. Fue disciplina, conocimiento, liderazgo y una fortaleza forjada en medio del dolor.

La historia de estos niños no es solo un relato de supervivencia. Es la prueba de que, incluso en el corazón de la selva más implacable, la vida puede abrirse paso cuando el coraje y la inteligencia caminan juntos.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 3 de enero de 2026

Amazonía: un encuentro fortuito con una tribu no contactada

Un desvío obligado por una tormenta llevó al fotógrafo brasileño Ricardo Stuckert a presenciar una escena que parece arrancada de los albores de la humanidad: una tribu indígena aislada, sin contacto con el mundo moderno, emergió entre la espesura de la selva amazónica de Acre, recordándole al planeta que aún existen pueblos que han elegido permanecer fuera del
tiempo.

El helicóptero avanzaba sobre un mar infinito de copas verdes cuando el clima decidió imponer su ley. La tormenta obligó a cambiar la ruta y, en ese giro inesperado del destino, la Amazonía reveló uno de sus secretos mejor guardados. Abajo, en un claro abierto entre los árboles centenarios, aparecieron figuras humanas que parecían detenidas en otra era.

Eran hombres de cuerpos cubiertos con pinturas rituales, colores terrosos y rojizos que hablaban de identidad y pertenencia. Vestían tejidos hechos a mano, portaban arcos, flechas y lanzas talladas con una precisión heredada de generaciones. No había rastro alguno de objetos modernos. Todo en ellos —sus gestos, su postura, su mirada fija hacia el cielo— revelaba una forma de vida intacta, ajena al ruido del mundo exterior.

En una de las imágenes más impactantes captadas por Stuckert, un hombre alza el brazo y lanza una lanza hacia la aeronave. El gesto no es un acto de agresión gratuita, sino un mensaje inequívoco: una advertencia, una frontera invisible trazada en el aire. Es la defensa absoluta de su aislamiento, un “no pasar” dirigido a una civilización que históricamente ha significado enfermedad, despojo y muerte para los pueblos originarios.

Los especialistas en pueblos indígenas aislados creen que se trata del mismo grupo nómada documentado por primera vez en 2008 en esta región fronteriza entre Brasil y Perú. Un pueblo que se desplaza constantemente, que evita cualquier rastro humano y que ha logrado sobrevivir gracias a una estrategia tan simple como radical: no ser encontrado. Su nomadismo es, en realidad, una forma de resistencia.

Ricardo Stuckert contaría después que la experiencia fue sobrecogedora, como asomarse por un instante al pasado remoto de la humanidad. No era solo la belleza de la escena lo que impresionaba, sino la conciencia de estar observando una cultura viva que ha perdurado miles de años sin necesidad de carreteras, electricidad ni tecnología.

Estas fotografías, más que un registro visual excepcional, son un llamado urgente. Recuerdan que la Amazonía no es solo un reservorio de biodiversidad, sino también un refugio de pueblos que ejercen un derecho fundamental: el de vivir según sus propias reglas. Mundos completos que existen al margen de la civilización moderna, silenciosos y autosuficientes, y que por decisión propia han elegido permanecer invisibles.

En tiempos donde casi todo parece explorado y expuesto, la imagen de aquella lanza surcando el aire es un símbolo poderoso. Nos dice que aún hay fronteras que no deben cruzarse y que el mayor acto de respeto, a veces, es simplemente mirar desde lejos y no avanzar un paso más.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

viernes, 2 de enero de 2026

El oro que cae del bosque: la castaña, el tesoro que sostiene a Riberalta

En el corazón húmedo y verde de la Amazonía boliviana, Riberalta vive al compás de un fruto pequeño y poderoso. La castaña amazónica, discreta en tamaño pero inmensa en valor, no solo alimenta al mundo: sostiene economías familiares, moldea identidades y marca el pulso de la vida en esta región donde la selva y el trabajo humano caminan juntos.

Cuando llegan los primeros meses de la temporada de zafra, entre noviembre y marzo, Riberalta cambia de rostro. Las calles se vacían al amanecer y los caminos se llenan de pasos que se internan en la selva. Hombres, mujeres y, muchas veces, familias enteras avanzan bajo un sol inclemente y una humedad que cala los huesos, siguiendo rutas aprendidas desde la infancia. Buscan los erizos de la castaña, duros y espinosos, que guardan en su interior la almendra que da sustento a la región.

El trabajo del recolector es silencioso y exigente. Cada jornada implica largas caminatas, cargas pesadas y una atención constante a los peligros del monte: serpientes venenosas, picaduras de insectos, animales salvajes y árboles centenarios que pueden caer sin aviso. La selva, generosa, también es implacable. Aun así, nadie se rinde. Cada saco lleno representa comida en la mesa, cuadernos para los hijos y la posibilidad de resistir un año más.

La castaña es más que un producto agrícola; es una herencia. Se aprende a recolectarla mirando a los mayores, escuchando consejos al borde del fogón, memorizando senderos invisibles para el forastero. Es un trabajo que se transmite de generación en generación, un conocimiento íntimo del bosque que ha permitido aprovechar sus frutos sin destruirlo por completo.

Una vez fuera de la selva, la castaña inicia otro viaje. En Riberalta, los centros de procesamiento reciben toneladas del fruto. Allí, manos expertas lavan, secan, seleccionan y envasan las almendras que luego partirán hacia mercados internacionales. Europa, Estados Unidos y otros destinos consumen este producto natural, muchas veces sin imaginar el esfuerzo que encierra cada unidad.

La industria castañera es el principal motor económico de la ciudad. Genera miles de empleos directos e indirectos: recolectores, transportistas, clasificadoras, operarios de planta, comerciantes y exportadores. A su alrededor florecen otros sectores, desde el transporte hasta los servicios básicos, haciendo de la castaña el eje sobre el cual gira la economía local.

Pero no todo es bonanza. La deforestación amenaza los castañales, la competencia de otros países productores presiona los precios y la falta de inversión en tecnología y capacitación limita el crecimiento sostenible del sector. El desafío es grande: proteger el bosque sin sacrificar el sustento de quienes dependen de él.

A pesar de todo, la castaña sigue cayendo cada temporada, como una promesa renovada. Para Riberalta, no es solo un fruto seco: es identidad, trabajo y esperanza. Cada almendra que sale de la selva lleva consigo el esfuerzo de su gente y el anhelo de un futuro donde el desarrollo y la naturaleza puedan convivir.

En esta ciudad amazónica, la vida no se mide en calendarios, sino en zafras. Y mientras la castaña siga creciendo en lo profundo del bosque, Riberalta seguirá latiendo al ritmo de su pequeño y valioso tesoro.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet