viernes, 2 de enero de 2026

El oro que cae del bosque: la castaña, el tesoro que sostiene a Riberalta

En el corazón húmedo y verde de la Amazonía boliviana, Riberalta vive al compás de un fruto pequeño y poderoso. La castaña amazónica, discreta en tamaño pero inmensa en valor, no solo alimenta al mundo: sostiene economías familiares, moldea identidades y marca el pulso de la vida en esta región donde la selva y el trabajo humano caminan juntos.

Cuando llegan los primeros meses de la temporada de zafra, entre noviembre y marzo, Riberalta cambia de rostro. Las calles se vacían al amanecer y los caminos se llenan de pasos que se internan en la selva. Hombres, mujeres y, muchas veces, familias enteras avanzan bajo un sol inclemente y una humedad que cala los huesos, siguiendo rutas aprendidas desde la infancia. Buscan los erizos de la castaña, duros y espinosos, que guardan en su interior la almendra que da sustento a la región.

El trabajo del recolector es silencioso y exigente. Cada jornada implica largas caminatas, cargas pesadas y una atención constante a los peligros del monte: serpientes venenosas, picaduras de insectos, animales salvajes y árboles centenarios que pueden caer sin aviso. La selva, generosa, también es implacable. Aun así, nadie se rinde. Cada saco lleno representa comida en la mesa, cuadernos para los hijos y la posibilidad de resistir un año más.

La castaña es más que un producto agrícola; es una herencia. Se aprende a recolectarla mirando a los mayores, escuchando consejos al borde del fogón, memorizando senderos invisibles para el forastero. Es un trabajo que se transmite de generación en generación, un conocimiento íntimo del bosque que ha permitido aprovechar sus frutos sin destruirlo por completo.

Una vez fuera de la selva, la castaña inicia otro viaje. En Riberalta, los centros de procesamiento reciben toneladas del fruto. Allí, manos expertas lavan, secan, seleccionan y envasan las almendras que luego partirán hacia mercados internacionales. Europa, Estados Unidos y otros destinos consumen este producto natural, muchas veces sin imaginar el esfuerzo que encierra cada unidad.

La industria castañera es el principal motor económico de la ciudad. Genera miles de empleos directos e indirectos: recolectores, transportistas, clasificadoras, operarios de planta, comerciantes y exportadores. A su alrededor florecen otros sectores, desde el transporte hasta los servicios básicos, haciendo de la castaña el eje sobre el cual gira la economía local.

Pero no todo es bonanza. La deforestación amenaza los castañales, la competencia de otros países productores presiona los precios y la falta de inversión en tecnología y capacitación limita el crecimiento sostenible del sector. El desafío es grande: proteger el bosque sin sacrificar el sustento de quienes dependen de él.

A pesar de todo, la castaña sigue cayendo cada temporada, como una promesa renovada. Para Riberalta, no es solo un fruto seco: es identidad, trabajo y esperanza. Cada almendra que sale de la selva lleva consigo el esfuerzo de su gente y el anhelo de un futuro donde el desarrollo y la naturaleza puedan convivir.

En esta ciudad amazónica, la vida no se mide en calendarios, sino en zafras. Y mientras la castaña siga creciendo en lo profundo del bosque, Riberalta seguirá latiendo al ritmo de su pequeño y valioso tesoro.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

jueves, 1 de enero de 2026

Cantumarca: la batalla inca más sangrienta por la plata del Qhara Qhara

En el siglo XV, a los pies del Cerro Rico de Potosí, se libró una de las batallas más cruentas del mundo andino. El reino Qhara Qhara, aliado con el Imperio Inca, enfrentó a los guaraníes que durante siglos avanzaron desde el oriente en busca de tierras y, sobre todo, de las fabulosas minas de plata de Porco, Potosí y Andacaba. El escenario fue Cantumarca, en plena Villa Imperial, donde la guerra dejó miles de muertos y marcó el destino de la región.

Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, en su Historia de la Villa Imperial de Potosí, dejó constancia de aquel episodio que estremeció a los pueblos de Charcas. Según su relato, los guaraníes irrumpieron en el siglo XV con una violencia imparable: arrasaron poblados, sometieron territorios y avanzaron hasta Cantumarca, donde acamparon en las faldas mismas del Cerro Rico, decididos a apropiarse de las riquezas del reino Qhara Qhara.

La amenaza era directa. Las minas de plata —Porco, Potosí y Andacaba— no solo representaban riqueza, sino poder. Ante el peligro, el Inca Huayna Cápac acudió personalmente con su gran ejército y estableció su campamento en Tarapaya. Desde el sur, el rey Qhara Qhara llegó desde Macha para defender su territorio ancestral. La alianza estaba sellada por la urgencia y la sangre.

El primer choque fue devastador. Desde Tarapaya, los aliados enviaron a uno de los hijos del rey Qhara Qhara al mando de 4.000 soldados hacia Cantumarca. Pero los guaraníes ya los esperaban. La emboscada fue feroz: la primera batalla terminó en derrota para los incas y sus aliados. Doscientos guerreros incas murieron en el campo y el resto huyó de regreso a Tarapaya, llevando consigo el mensaje del desastre.

La respuesta no tardó. Herido en su orgullo y consciente del peligro que significaba aquella invasión, Huayna Cápac salió con el grueso de sus colosales tropas. La segunda batalla fue decisiva y aún más sangrienta. Según Arzáns, cerca de 6.000 guaraníes cayeron bajo las armas del ejército incaico, y los sobrevivientes huyeron hacia las montañas de los Charcas, abandonando su intento de controlar Cantumarca y el Cerro Rico.

La victoria fue total. El rey Inca y el rey Qhara Qhara ingresaron juntos a Cantumarca, no como conquistadores, sino como defensores del territorio. El pueblo los recibió con aclamaciones y festejos, celebrando no solo el triunfo militar, sino la preservación de sus tierras y de una riqueza que, siglos después, cambiaría la historia del mundo.

Así, en Cantumarca, entre polvo, sangre y plata, se selló una de las páginas más violentas y menos conocidas de la historia andina: la batalla que frenó el avance guaraní y consolidó, por un tiempo, el dominio del Qhara Qhara y del Imperio Inca sobre el corazón mineral de Potosí.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Oro Perdido del Titicaca: Leyenda Inca del Tesoro Sumergido y su Maldición Eterna

Dicen los pueblos del Altiplano que el lago más alto y sagrado del mundo no solo guarda agua, sino memoria.

En sus profundidades, donde el azul se vuelve silencio, yace —según la tradición oral y antiguos relatos coloniales— uno de los mayores secretos de la historia andina: el oro inca que jamás fue entregado.

Corría el tiempo de la conquista española. El Imperio Inca, herido pero aún poderoso, reunió cantidades inmensas de oro y plata para pagar el rescate de su emperador Atahualpa, capturado por los hombres de Francisco Pizarro. Templos, palacios y santuarios fueron despojados de sus metales sagrados con la esperanza de salvar una vida que encarnaba al sol. Pero la promesa nunca fue cumplida. Atahualpa fue ejecutado y, con él, se quebró la palabra.

La noticia se extendió como un lamento por los Andes. Entonces, los amautas y curacas tomaron una decisión definitiva: ninguna de sus riquezas debía caer en manos de los invasores. El oro, que para los incas no era moneda sino símbolo divino, debía regresar a la Pachamama.

Caravanas silenciosas comenzaron a desaparecer en la noche. Cargamentos enteros de piezas rituales —máscaras, estatuillas, discos solares y vasos ceremoniales— fueron ocultados en cuevas, ríos y lugares sagrados. Algunos cronistas de la época relataron que una parte significativa de ese tesoro fue arrojada al Lago Titicaca, considerado el lugar de origen del mundo, donde según la cosmovisión andina nacieron el Sol, la Luna y los primeros incas.

Desde entonces, el fondo del lago se convirtió en santuario y tumba. Expediciones posteriores hablaron de objetos metálicos brillando bajo el agua, de redes que emergían pesadas y de hombres que regresaban con las manos vacías y la mirada extraviada. Así nació la leyenda de la maldición: quien intente apropiarse del oro sagrado estaría condenado a la desgracia, como si los antiguos espíritus aún custodiaran su legado.

A lo largo de los siglos, aventureros, buscadores de fortuna y exploradores modernos han intentado descifrar el misterio. Algunos desaparecieron, otros abandonaron el intento sin explicación. El tesoro, si existe, parece resistirse a ser encontrado.

Hoy, el Lago Titicaca sigue allí, inmenso y sereno, reflejando el cielo andino como un espejo antiguo. Sus aguas guardan más preguntas que respuestas. ¿Permanece aún ese oro en el fondo, intacto, esperando? ¿O la verdadera riqueza es la historia que se niega a ser olvidada?

En el Altiplano, nadie lo duda: hay secretos que no están hechos para ser descubiertos.

Texto y foto: Richard Ilimuri