sábado, 17 de enero de 2026

Los Chiquitanos: guardianes del monte oriental boliviano

Pese al paso del tiempo y a la profunda influencia del cristianismo, el pueblo chiquitano —el grupo étnico más numeroso del oriente boliviano— conserva fragmentos valiosos de una cosmovisión ancestral donde el chamanismo, la mitología y la vida comunitaria siguen marcando los momentos más
decisivos de su existencia.

En el vasto oriente boliviano habita el pueblo chiquitano, una cultura compleja y antigua que, a lo largo de los siglos, ha sabido adaptarse sin desaparecer del todo. De origen nativo, con raíces chamanistas y una marcada identidad católica, los chiquitanos representan hoy el grupo étnico más numeroso de la región. Sin embargo, la llegada y expansión del cristianismo sepultaron gran parte de sus antiguos usos y costumbres, dejando apenas vestigios de tradiciones que alguna vez estructuraron su vida cotidiana. Así lo revelan estudios realizados por antropólogos y estudiosos como Álvaro Astete y David Murillo.

Aunque la mayoría de los chiquitanos profesa la religión católica, en el corazón de sus comunidades subsiste una rica mitología ancestral. Prácticas de ritos e invocaciones con fines de curación y purificación aún se mantienen vivas, especialmente en los momentos más cruciales de la vida: nacimientos, matrimonios y sepulturas. El chamanismo, lejos de haber desaparecido, continúa presente como una guía espiritual que dialoga, a veces silenciosamente, con la fe cristiana.


Sus creencias están profundamente ligadas al mundo sobrenatural. Estas se manifiestan no solo en los rituales de paso, sino también en actividades esenciales como la cacería, la siembra, la cosecha e incluso en la interpretación de los fenómenos meteorológicos. Llama la atención que estas prácticas ancestrales convivan, de manera paralela, con las tecnologías modernas del presente.

La organización social chiquitana se basa en el respeto a la edad y la experiencia. El hombre más anciano es el jefe de la familia; le siguen sus hijos según el orden de edad. Los yernos aceptan esta autoridad, reciben un trato cordial y participan en las decisiones, aunque estas se limitan principalmente al ámbito de su propia familia, mientras que las resoluciones mayores corresponden al clan.

Otro rasgo distintivo de los chiquitanos es su innata habilidad para el trabajo fino de la madera. En varias comunidades, la artesanía —junto a la cerámica y la producción de tejidos de algodón— constituye el principal sustento económico. La venta de fuerza de trabajo es una actividad complementaria, especialmente durante las épocas de zafra de caña, cuando grandes grupos se desplazan hacia zonas productivas.

En la agricultura, cada familia pobre dispone de una parcela donde participan todos sus miembros, desde el más pequeño hasta el más anciano. Como en muchos pueblos del oriente boliviano, la división del trabajo se organiza por sexo y edad: tradicionalmente, la agricultura y la caza recaen sobre el hombre, aunque en los últimos tiempos la mujer también participa activamente, muchas veces en condiciones iguales.

Dentro de su cosmovisión, el “jichi” ocupa un lugar central. Considerado el amo y señor del monte, de la flora y la fauna, es una entidad espiritual a la que los cazadores piden permiso antes de internarse en la espesura. Imploran su autorización para obtener los animales necesarios para la subsistencia, nunca más de lo indispensable. Creen también que sus ancestros observan y acompañan la ceremonia de caza, guiándolos hacia las zonas propicias. Tras la faena, los honran, los saludan y piden siempre su bendición.

Así, entre la fe heredada y la memoria ancestral, los chiquitanos continúan escribiendo su historia: una historia de resistencia cultural, adaptación y profunda conexión con la tierra que los vio nacer.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 16 de enero de 2026

Los Joaquinianos: su transformación en el corazón del Beni

A orillas del río Mamoré, en el corazón del Beni, los Joaquinianos sostienen su identidad entre el agua, la tierra y una vida ya asimilada a la ciudad, donde la tradición indígena convive con la fe católica y la agricultura de subsistencia.

Las aguas del río Mamoré no solo atraviesan el territorio beniano, también marcan el ritmo cotidiano de los Joaquinianos. En sus orillas se levanta el espacio vital de esta etnia, organizada principalmente en torno a la familia nuclear: el padre, la madre y los hijos, unidos por la tierra, el río y una historia que ha ido adaptándose al paso del tiempo.

Desde hace varias décadas, los Joaquinianos han sido asimilados casi por completo a la vida citadina y a la sociedad occidental. San Joaquín, en el Beni, se convirtió en el centro de ese proceso, donde el catolicismo se arraigó como base de su credo. En años recientes, sin embargo, cultos protestantes han ganado presencia, diversificando las expresiones de fe de la comunidad.

En algunas comunidades aledañas persiste la memoria de un origen vinculado a Brasil. Se dice que de allí proviene su dominio del portugués, que en ciertos casos supera al español. No obstante, su lengua originaria sigue siendo el arawak, testimonio vivo de una herencia cultural que resiste, aunque de manera silenciosa, a la homogeneización.

La economía de los Joaquinianos se sostiene principalmente en la agricultura. Practican también la caza y la recolección de frutos amazónicos como la castaña y el palmito, actividades que complementan su dieta y su subsistencia. La agricultura se desarrolla bajo el sistema de barbecho, trabajando la tierra solo en determinadas épocas del año.

La falta de tierras suficientes y la imposibilidad de rotación o descanso del suelo limitan la producción. Casi todo lo que se cultiva se destina al autoconsumo y, únicamente cuando existen excedentes, estos se venden o intercambian con vecinos “blancos” y comerciantes que llegan desde San Joaquín, San Ramón, Santa Ana del Yacuma y Guayaramerín.

En el corazón de la Amazonía boliviana, las actividades de los Joaquinianos se desarrollan de manera cada vez más restringida. La presencia de pequeños asentamientos de personas de múltiples naciones en los alrededores reduce el espacio y las oportunidades, obligando a esta etnia a adaptarse continuamente.

Así, los Joaquinianos siguen viviendo entre el río y la ciudad, entre la memoria indígena y la vida moderna, dejando que el Mamoré continúe siendo testigo silencioso de su persistencia y transformación.

Texto y foto: Richard Ilimuri

jueves, 15 de enero de 2026

Los Machineris: la resistencia de un pueblo amazónico

Obligados para sobrevivir, los Machineris viven en la triple frontera entre Bolivia, Perú y Brasil, atrapados entre el rechazo, la migración constante y la defensa silenciosa de una organización social ancestral que se resiste a desaparecer.

En la frontera donde los mapas se desdibujan y los ríos marcan el rumbo de la vida, los Machineris caminan entre tres países sin pertenecer del todo a ninguno. Su cercanía histórica y cotidiana con Brasil los ha llevado a conocer mejor la cultura y la economía de ese país que la propia boliviana. Por necesidad, cruzan a municipios brasileños para hacer sus compras, manejar su dinero y conseguir lo básico para subsistir.

Sin embargo, ese tránsito permanente tiene un costo alto. Para muchos, los Machineris son vistos como incivilizados o delincuentes. La migración forzada los empuja a dormir en calles, a pernoctar al borde de caminos o riberas, alimentando un estigma injusto que los reduce a vagabundos, cuando en realidad son víctimas de un sistema que los margina y los expulsa.

Pese a ello, su organización social permanece firme. Los Machineris se agrupan en familias asentadas de manera dispersa, pero unidas por lazos familiares sólidos e ineludibles. Su estructura gira en torno a la familia extensa, donde la autoridad máxima recae en el hombre de mayor edad, el Taita, jefe y cacique del pueblo. Hasta hace algunas décadas, esta figura vivía aislada del grupo para preservar el respeto y la distancia que su cargo exigía.

El Taita no solo es jefe político y social, sino también la máxima autoridad espiritual. Es curandero y chamán, considerado poseedor de capacidades sobrenaturales para proteger a su pueblo y enfrentar a sus enemigos. Su palabra ordena, sana y orienta la vida colectiva.

Del lado boliviano, los Machineris se extienden naturalmente hacia Brasil. No están cristianizados, aunque misiones evangélicas ya proyectan su integración a congregaciones cercanas, como la de Puerto Yaminahua, abriendo un nuevo capítulo de contacto cultural y religioso.

Su economía se sostiene en la caza, la pesca y la recolección de castaña. A ello se suman actividades complementarias que les permiten sobrevivir en la frontera: la fabricación y venta de canoas, el traslado de pasajeros y carga por río entre Bolivia y Brasil, y el comercio de fríjol, carne de monte y pescado.

El contacto prolongado con la civilización occidental les ha hecho perder muchas de sus habilidades artesanales tradicionales. Aun así, conservan el conocimiento para elaborar hamacas, arcos, flechas y utensilios domésticos, vestigios de una cultura que resiste al olvido.

Los Machineris siguen navegando entre ríos y fronteras, entre el rechazo y la dignidad. Invisibles para muchos, continúan afirmando su identidad en silencio, sosteniéndose en la familia, la memoria y la selva que aún los reconoce como suyos. 

Texto y foto: Richard Ilimuri