sábado, 24 de enero de 2026

El alcalde yungueño que marcó la historia de la Alasita paceña

Armando Escobar Uría, militar y político nacido en Ocobaya (Yungas), dejó una huella imborrable en la historia paceña al inaugurar va
rias versiones de la Feria de Alasita durante su gestión como alcalde municipal en la década de 1970. Su figura es recordada hasta hoy como una de las más destacadas en la administración edil de la sede de gobierno.

La Feria de Alasita, una de las expresiones culturales más emblemáticas de La Paz, tuvo entre sus principales impulsores institucionales al general Armando Escobar Uría, un yungueño que, desde el cargo de alcalde municipal, contribuyó decisivamente a la consolidación y proyección de esta festividad dedicada a la miniatura, la abundancia y la fe popular.

Escobar Uría, oriundo de Ocobaya, comunidad yungueña del departamento de La Paz, asumió la alcaldía en un contexto político complejo, marcado por gobiernos militares y una intensa centralización del poder. Sin embargo, más allá del escenario político de la época, su gestión se caracterizó por una fuerte preocupación por el orden urbano, la identidad cultural paceña y la promoción de tradiciones ancestrales que forman parte del patrimonio intangible de la ciudad.

Durante su administración, la Feria de Alasita, celebrada cada 24 de enero en honor al Ekeko, fue fortalecida como un espacio organizado y reconocido oficialmente, permitiendo que artesanos, comerciantes y familias paceñas mantuvieran viva una tradición heredada desde tiempos prehispánicos y adaptada a lo largo de la historia colonial y republicana.

Una fotografía tomada a inicios de la década de 1970 muestra al general Escobar Uría recorriendo los puestos de la tradicional feria de la miniatura, en contacto directo con artesanos y visitantes. La imagen, recientemente compartida en redes sociales por Edwin Mansilla, ha reavivado el recuerdo de su figura y ha generado comentarios que resaltan su cercanía con la población y su compromiso con las expresiones culturales populares.

A más de medio siglo de aquella imagen, Armando Escobar Uría continúa siendo evocado como uno de los mejores alcaldes que tuvo La Paz, no solo por su perfil disciplinado como militar, sino por su capacidad de valorar y proteger tradiciones profundamente arraigadas en el imaginario colectivo paceño, como la Feria de Alasita, hoy reconocida a nivel nacional e internacional.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 20 de enero de 2026

Los Yuquis: el eco de la selva, la resistencia cultural y la amenaza de la enfermedades

La selva húmeda del trópico cochabambino respira lento al amanecer. Entre el sonido de los insectos y el murmullo de los árboles, el pueblo yuqui mantiene viva una historia marcada por el aislamiento, la resistencia y la lucha por sobrevivir.

Durante décadas, los Yuquis vivieron desplazándose por los bosques entre lo que hoy es la provincia Carrasco, en Cochabamba, y zonas del norte de Santa Cruz. La caza, la pesca y la recolección no eran solo actividades económicas: eran la forma de entender el mundo. La selva no era un recurso, era un ser vivo, habitado por espíritus que podían proteger o castigar.

Los mayores recuerdan —o repiten lo que escucharon de sus antepasados— que antiguamente existía una estructura social dura, donde podían existir amos y esclavos dentro del propio grupo. Esa realidad, transmitida por herencia o por situaciones de orfandad, comenzó a desaparecer con la llegada de las misiones evangélicas a mediados del siglo XX. Con ellas llegó también otro modelo de vida: la familia nuclear, la monogamia y nuevas normas sociales que transformaron la organización interna del pueblo.

Sin embargo, no todo cambió. La espiritualidad yuqui sigue ligada a la selva. Creen que los animales pueden ser la manifestación de espíritus y que cada persona posee dos espíritus propios. Cuando alguien muere, esos espíritus pueden permanecer cerca, y según la creencia, influir en la salud o el destino de los vivos.

Pero la mayor amenaza para los Yuquis no vino de los espíritus, sino de las enfermedades. La tuberculosis marcó profundamente a la comunidad y aún hoy es considerada uno de los riesgos más graves para su población. Durante años, el contacto con el mundo exterior trajo no solo cambios culturales, sino también enfermedades para las que el pueblo no tenía defensas.

Aunque el Estado reconoció extensas tierras para esta nación indígena —más de cien mil hectáreas— su uso no responde a la lógica agrícola tradicional. Los Yuquis han sido históricamente un pueblo nómada, acostumbrado a moverse siguiendo los ciclos de la naturaleza, los animales y las estaciones.

En los últimos años, algunas familias comenzaron a producir artesanías con corteza de árboles: bolsos, hamacas y flechas que hoy representan no solo una actividad económica, sino también una forma de mantener viva su relación con el bosque.

La evangelización también dejó huellas profundas. Algunas expresiones culturales se debilitaron o desaparecieron. Sin embargo, el idioma yuqui —conocido como mwyla— sigue siendo uno de los pilares de su identidad, aunque su futuro es incierto.

Hoy, los Yuquis viven entre dos mundos. Por un lado, la modernidad, la salud pública, la escolarización y el contacto permanente con la sociedad nacional. Por otro, la memoria de la selva, de los espíritus, de la vida en movimiento.

En medio de ese equilibrio frágil, el pueblo Yuqui continúa existiendo. No como una reliquia del pasado, sino como una cultura viva que todavía busca su lugar en el presente, mientras la selva —su hogar ancestral— sigue siendo el escenario silencioso de su historia.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 19 de enero de 2026

Los Canichanas: guerrera y resistencia viva en la Amazonía

El río Mamoré ha sido, desde tiempos ancestrales, el eje vital del pueblo Canichana, una etnia de origen quechua–incaico cuya historia se teje entre la guerra, la migración forzada y la resistencia cultural. Hoy, con alrededor de 1.500 descendientes directos registrados en Bolivia, este pueblo mantiene vivas sus tradiciones en medio de una herencia marcada por la conquista espiritual, la persecución y la lucha por la tierra.

Un origen guerrero entre el mito y la historia

La información documentada sobre las características y el origen del pueblo Canichana es escasa. Sin embargo, diversas investigaciones coinciden en señalar su ascendencia quechua–incaica y describen su carácter recio, aguerrido y aventurero. La tradición oral los retrata como un pueblo dominante y orgulloso, consciente de su fortaleza física y espiritual.

Sus ancestros directos habrían sido los Chamchas, un grupo de guerreros con hegemonía incaica en el altiplano y parte de los valles, que avanzó hacia la selva amazónica con fines de conquista. En ese proceso, atacaron a pueblos como los Cayubabas e Itonamas, lo que dio origen a múltiples relatos —algunos cargados de exageración— sobre su ferocidad.

Incluso, el nombre Canichana es asociado por algunos investigadores al término “caníbal”, debido a su fama de pueblo indómito. Entre la ironía y la memoria oral, se les llegó a llamar “come curas” o, en tono burlesco, “come monjas”, como recuerda Ignacio Guatara.

La colonia: sometimiento espiritual sin conquista militar

Aunque nunca fueron conquistados por las armas, los Canichanas sí sucumbieron a la influencia colonizadora española a través de la evangelización. La explotación se intensificó con la llegada de curas sin experiencia en los asentamientos indígenas, especialmente en San Pedro Nuevo, antigua capital moxeña, dando inicio a una de las etapas más oscuras de su historia.

En este contexto surge la figura del cacique Juan “Maraza”, recordado como el jefe de todos los pueblos de Moxos, cuya hazaña y liderazgo son aún motivo de orgullo para los Canichanas.

De acuerdo con registros de la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas y Originarias de Bolivia (CONNIOB), los grupos Canichanas actuales son descendientes directos de este pueblo originario y suman aproximadamente 1.500 personas.

Exilio, espiritualidad y adaptación

Algunas investigaciones sostienen que, tras el fracaso de un intento de sublevación, los Canichanas se vieron obligados a exiliarse y refugiarse en la llanura de los Moxos, en el departamento del Beni, donde residen hasta la actualidad.

Durante décadas fueron conocidos como los “hombres chanca”, en parte por la falta de documentación sobre sus costumbres originarias. No obstante, los estudios recientes destacan su profundo espiritualismo, que lejos de desaparecer, se fusionó con el catolicismo, dando lugar a un sincretismo religioso expresado con fuerza en rituales y celebraciones.

Economía, medicina ancestral y expresiones culturales

La economía Canichana se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividad adoptada sin abandonar la caza, la pesca y la recolección. En el ámbito de la salud, conservan conocimientos de medicina tradicional, utilizando plantas como el guayabo, palo santo, turúma, ambayba y hojas de mango, entre otras, recomendadas también por pueblos vecinos.

La danza y la música son pilares de su identidad cultural. A través de coreografías intensas y simbólicas, hombres y mujeres expresan alegría, agradecimiento y súplica espiritual. Destacan danzas como el “machetero loco”, el “chuchió”, el “torito” y el torobayo, esta última una representación de valentía, pasión y agresividad viril, interpretada durante la Semana Santa o en las fiestas patronales.

Texto y foto: Richard Ilimuri

domingo, 18 de enero de 2026

Los cavineños. memoria viva entre la selva, la fe y la tradición

Antes de la llegada de las misiones evangelizadoras, el pueblo indígena cavineño atravesó procesos de migración forzada a causa de conflictos armados con los Esse Ejjas. Posteriormente, fueron reducidos por misioneros jesuitas y franciscanos, hecho que marcó profundamente su organización social, sus creencias y sus formas de vida, sin lograr borrar del todo sus prácticas ancestrales.

Las formas de vida del pueblo cavineño combinan elementos de la tradición ancestral con hábitos occidentales incorporados con el paso del tiempo. Entre ellos, la caza con escopetas y rifles convive con prácticas tradicionales como la pesca mediante el uso de “sacha” y “barbasco”, una planta natural empleada para adormecer a los peces.

Pese al alto índice de analfabetismo, esta condición ha contribuido, paradójicamente, a la conservación de una fuerte tradición oral. Los conocimientos, la historia y las costumbres se transmiten de generación en generación a través de la palabra, manteniendo vivas sus raíces culturales.

Durante el proceso de investigación se evidenció el profundo respeto que la comunidad profesa hacia los ancianos. Incluso los líderes tradicionales reconocen su autoridad moral, bajo la premisa de que “cuanto más viejos son, más saben”. Algunos de ellos recuerdan que, en épocas pasadas, era común el consumo de sapos, una práctica vinculada al entorno ribereño donde se asientan y del cual dependen para su subsistencia.

Los cavineños conservan intactas dos cualidades que los distinguen: su fe en las deidades de la naturaleza y su notable habilidad en la artesanía textil. Creen y respetan a los espíritus del monte y de las aguas, a quienes recurren mediante rezos e invocaciones para pedir protección, buena vivienda y alimento.

La artesanía, elaborada con frutos, maderas y fibras naturales, destaca especialmente por la destreza de las mujeres, herederas de técnicas y estilos ancestrales. Más allá de su valor cultural e identitario, esta actividad se ha convertido en una pequeña pero significativa fuente de ingresos para la comunidad.

En el ámbito organizativo, los cavineños mantienen una estructura social patriarcal basada en el respeto y la obediencia. Eligen a un jefe que, en la actualidad, recibe el nombre de presidente de la comunidad, figura que cumple un doble rol: representante político ante instancias externas y autoridad jerárquica interna.

La comunidad se rige por dos tipos de organización: una tradicional, basada en usos y costumbres, y otra sociopolítica, que ha cobrado mayor relevancia por su vínculo con los trámites de Tierra Comunitaria de Origen (TCO). De esta última dependen aspectos fundamentales como la educación, la salud y la gestión de los recursos naturales.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 17 de enero de 2026

Los Chiquitanos: guardianes del monte oriental boliviano

Pese al paso del tiempo y a la profunda influencia del cristianismo, el pueblo chiquitano —el grupo étnico más numeroso del oriente boliviano— conserva fragmentos valiosos de una cosmovisión ancestral donde el chamanismo, la mitología y la vida comunitaria siguen marcando los momentos más
decisivos de su existencia.

En el vasto oriente boliviano habita el pueblo chiquitano, una cultura compleja y antigua que, a lo largo de los siglos, ha sabido adaptarse sin desaparecer del todo. De origen nativo, con raíces chamanistas y una marcada identidad católica, los chiquitanos representan hoy el grupo étnico más numeroso de la región. Sin embargo, la llegada y expansión del cristianismo sepultaron gran parte de sus antiguos usos y costumbres, dejando apenas vestigios de tradiciones que alguna vez estructuraron su vida cotidiana. Así lo revelan estudios realizados por antropólogos y estudiosos como Álvaro Astete y David Murillo.

Aunque la mayoría de los chiquitanos profesa la religión católica, en el corazón de sus comunidades subsiste una rica mitología ancestral. Prácticas de ritos e invocaciones con fines de curación y purificación aún se mantienen vivas, especialmente en los momentos más cruciales de la vida: nacimientos, matrimonios y sepulturas. El chamanismo, lejos de haber desaparecido, continúa presente como una guía espiritual que dialoga, a veces silenciosamente, con la fe cristiana.


Sus creencias están profundamente ligadas al mundo sobrenatural. Estas se manifiestan no solo en los rituales de paso, sino también en actividades esenciales como la cacería, la siembra, la cosecha e incluso en la interpretación de los fenómenos meteorológicos. Llama la atención que estas prácticas ancestrales convivan, de manera paralela, con las tecnologías modernas del presente.

La organización social chiquitana se basa en el respeto a la edad y la experiencia. El hombre más anciano es el jefe de la familia; le siguen sus hijos según el orden de edad. Los yernos aceptan esta autoridad, reciben un trato cordial y participan en las decisiones, aunque estas se limitan principalmente al ámbito de su propia familia, mientras que las resoluciones mayores corresponden al clan.

Otro rasgo distintivo de los chiquitanos es su innata habilidad para el trabajo fino de la madera. En varias comunidades, la artesanía —junto a la cerámica y la producción de tejidos de algodón— constituye el principal sustento económico. La venta de fuerza de trabajo es una actividad complementaria, especialmente durante las épocas de zafra de caña, cuando grandes grupos se desplazan hacia zonas productivas.

En la agricultura, cada familia pobre dispone de una parcela donde participan todos sus miembros, desde el más pequeño hasta el más anciano. Como en muchos pueblos del oriente boliviano, la división del trabajo se organiza por sexo y edad: tradicionalmente, la agricultura y la caza recaen sobre el hombre, aunque en los últimos tiempos la mujer también participa activamente, muchas veces en condiciones iguales.

Dentro de su cosmovisión, el “jichi” ocupa un lugar central. Considerado el amo y señor del monte, de la flora y la fauna, es una entidad espiritual a la que los cazadores piden permiso antes de internarse en la espesura. Imploran su autorización para obtener los animales necesarios para la subsistencia, nunca más de lo indispensable. Creen también que sus ancestros observan y acompañan la ceremonia de caza, guiándolos hacia las zonas propicias. Tras la faena, los honran, los saludan y piden siempre su bendición.

Así, entre la fe heredada y la memoria ancestral, los chiquitanos continúan escribiendo su historia: una historia de resistencia cultural, adaptación y profunda conexión con la tierra que los vio nacer.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 16 de enero de 2026

Los Joaquinianos: su transformación en el corazón del Beni

A orillas del río Mamoré, en el corazón del Beni, los Joaquinianos sostienen su identidad entre el agua, la tierra y una vida ya asimilada a la ciudad, donde la tradición indígena convive con la fe católica y la agricultura de subsistencia.

Las aguas del río Mamoré no solo atraviesan el territorio beniano, también marcan el ritmo cotidiano de los Joaquinianos. En sus orillas se levanta el espacio vital de esta etnia, organizada principalmente en torno a la familia nuclear: el padre, la madre y los hijos, unidos por la tierra, el río y una historia que ha ido adaptándose al paso del tiempo.

Desde hace varias décadas, los Joaquinianos han sido asimilados casi por completo a la vida citadina y a la sociedad occidental. San Joaquín, en el Beni, se convirtió en el centro de ese proceso, donde el catolicismo se arraigó como base de su credo. En años recientes, sin embargo, cultos protestantes han ganado presencia, diversificando las expresiones de fe de la comunidad.

En algunas comunidades aledañas persiste la memoria de un origen vinculado a Brasil. Se dice que de allí proviene su dominio del portugués, que en ciertos casos supera al español. No obstante, su lengua originaria sigue siendo el arawak, testimonio vivo de una herencia cultural que resiste, aunque de manera silenciosa, a la homogeneización.

La economía de los Joaquinianos se sostiene principalmente en la agricultura. Practican también la caza y la recolección de frutos amazónicos como la castaña y el palmito, actividades que complementan su dieta y su subsistencia. La agricultura se desarrolla bajo el sistema de barbecho, trabajando la tierra solo en determinadas épocas del año.

La falta de tierras suficientes y la imposibilidad de rotación o descanso del suelo limitan la producción. Casi todo lo que se cultiva se destina al autoconsumo y, únicamente cuando existen excedentes, estos se venden o intercambian con vecinos “blancos” y comerciantes que llegan desde San Joaquín, San Ramón, Santa Ana del Yacuma y Guayaramerín.

En el corazón de la Amazonía boliviana, las actividades de los Joaquinianos se desarrollan de manera cada vez más restringida. La presencia de pequeños asentamientos de personas de múltiples naciones en los alrededores reduce el espacio y las oportunidades, obligando a esta etnia a adaptarse continuamente.

Así, los Joaquinianos siguen viviendo entre el río y la ciudad, entre la memoria indígena y la vida moderna, dejando que el Mamoré continúe siendo testigo silencioso de su persistencia y transformación.

Texto y foto: Richard Ilimuri

jueves, 15 de enero de 2026

Los Machineris: la resistencia de un pueblo amazónico

Obligados para sobrevivir, los Machineris viven en la triple frontera entre Bolivia, Perú y Brasil, atrapados entre el rechazo, la migración constante y la defensa silenciosa de una organización social ancestral que se resiste a desaparecer.

En la frontera donde los mapas se desdibujan y los ríos marcan el rumbo de la vida, los Machineris caminan entre tres países sin pertenecer del todo a ninguno. Su cercanía histórica y cotidiana con Brasil los ha llevado a conocer mejor la cultura y la economía de ese país que la propia boliviana. Por necesidad, cruzan a municipios brasileños para hacer sus compras, manejar su dinero y conseguir lo básico para subsistir.

Sin embargo, ese tránsito permanente tiene un costo alto. Para muchos, los Machineris son vistos como incivilizados o delincuentes. La migración forzada los empuja a dormir en calles, a pernoctar al borde de caminos o riberas, alimentando un estigma injusto que los reduce a vagabundos, cuando en realidad son víctimas de un sistema que los margina y los expulsa.

Pese a ello, su organización social permanece firme. Los Machineris se agrupan en familias asentadas de manera dispersa, pero unidas por lazos familiares sólidos e ineludibles. Su estructura gira en torno a la familia extensa, donde la autoridad máxima recae en el hombre de mayor edad, el Taita, jefe y cacique del pueblo. Hasta hace algunas décadas, esta figura vivía aislada del grupo para preservar el respeto y la distancia que su cargo exigía.

El Taita no solo es jefe político y social, sino también la máxima autoridad espiritual. Es curandero y chamán, considerado poseedor de capacidades sobrenaturales para proteger a su pueblo y enfrentar a sus enemigos. Su palabra ordena, sana y orienta la vida colectiva.

Del lado boliviano, los Machineris se extienden naturalmente hacia Brasil. No están cristianizados, aunque misiones evangélicas ya proyectan su integración a congregaciones cercanas, como la de Puerto Yaminahua, abriendo un nuevo capítulo de contacto cultural y religioso.

Su economía se sostiene en la caza, la pesca y la recolección de castaña. A ello se suman actividades complementarias que les permiten sobrevivir en la frontera: la fabricación y venta de canoas, el traslado de pasajeros y carga por río entre Bolivia y Brasil, y el comercio de fríjol, carne de monte y pescado.

El contacto prolongado con la civilización occidental les ha hecho perder muchas de sus habilidades artesanales tradicionales. Aun así, conservan el conocimiento para elaborar hamacas, arcos, flechas y utensilios domésticos, vestigios de una cultura que resiste al olvido.

Los Machineris siguen navegando entre ríos y fronteras, entre el rechazo y la dignidad. Invisibles para muchos, continúan afirmando su identidad en silencio, sosteniéndose en la familia, la memoria y la selva que aún los reconoce como suyos. 

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 14 de enero de 2026

Los Ayoreos: cronica de una cultura, entre la selva y la ciudad

Asentados en el oriente boliviano, principalmente en Santa Cruz, los ayoreos —apenas 3.200 habitantes— enfrentan un proceso irreversible de aculturación que pone en tensión su vida comunitaria, su espiritualidad y una memoria ancestral forjada en la selva.

En el oriente boliviano, donde la selva todavía respira entre desmontes y caminos de tierra, sobrevive el pueblo ayoreo. Son pocos: alrededor de 3.200 personas que, hasta no hace mucho, caminaban el monte con la certeza de que la vida era colectiva, solidaria y profundamente respetuosa del prójimo y de la naturaleza.

Ellos se autodenominan ayoreode, que en su lengua significa “nosotros, los hombres de la selva”. Quienes tuvieron los primeros contactos los llamaron zamucos, por el dialecto que hablan y porque durante décadas recorrieron el bosque desnudos, ajenos a la mirada occidental. Hasta los años 80, los ayoreos conservaban un estilo de vida nómada, desplazándose en pequeños grupos familiares guiados por el linaje y las decisiones de los jefes de clan.

No todos aceptaban esas decisiones. Algunas familias, disconformes con la autoridad tradicional, optaron por migrar. Esos desplazamientos marcaron el inicio de una presencia cada vez más visible de ayoreos en la ciudad de Santa Cruz, un destino que aceleró el contacto, la mezcla y, con ello, la pérdida paulatina de prácticas ancestrales.

Entre las costumbres más impactantes de este pueblo estaba la forma de enfrentar la muerte. Cuando un anciano sentía que sus fuerzas lo abandonaban y que la vida se acercaba a su final, decidía apartarse del grupo. Fiel a la tradición, se recostaba bajo un árbol y aguardaba inmóvil el desenlace. No era abandono ni castigo: era un acto de responsabilidad colectiva. Los estudios antropológicos coinciden en que, al ser un pueblo nómada, el ayoreo anciano prefería no retrasar la marcha del grupo que debía avanzar en busca de alimento.

Con el paso de los años, esta práctica fue desapareciendo, diluida por la convivencia con campesinos y colonos del oriente. La asimilación llegó de forma lenta, pero constante, erosionando rituales, lenguas y formas de entender la vida.

Las crónicas antiguas de Santa Cruz retratan a los ayoreos como habitantes de las periferias, tan temidos como perseguidos. En algunos casos, fueron cazados como animales, víctimas de una violencia que hoy apenas se menciona, pero que dejó cicatrices profundas en la memoria colectiva.

Pese a todo, los ayoreos conservan con celo su espiritualidad. Sus ceremonias funerarias, similares a las del pueblo esse ejja —vecino territorial—, incluyen el entierro de los difuntos junto a sus objetos personales y abundante alimento: carne de jochi, chancho de monte, venado y anta. Es una despedida que asegura el tránsito al otro mundo con dignidad.

Hasta mediados del siglo pasado, antes de que la influencia occidental se hiciera dominante, los ayoreos vivían en grupos de entre 30 y 50 personas, recorriendo territorios definidos en ciclos 

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 13 de enero de 2026

Los Moxeños: herederos del agua y del monte

Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.

En el corazón de Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.

“Mojos” proviene del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.

La salud, hasta hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.

Investigaciones señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de entre 10 y 40 familias, a veces más.

El siglo XVII marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder. Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo aprendido con lo propio.

Pedro Ignacio Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente. Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.

Hoy, el sistema cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.

La economía es diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco, una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.

Pocos saben que los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la materia orgánica del suelo.

Además, elaboran objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales. Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en generación.

Así, entre la Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos: viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el monte, si se lo respeta, siempre responde.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 12 de enero de 2026

Los Araonas: del dominio de los ríos al borde de la desaparición

Durante siglos fueron dueños de los ríos amazónicos y aliados forzados de la fiebre del caucho. Hoy, reducidos a unas decenas de personas, lo
s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.

Los araonas habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.

La presencia araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.

Para los araonas, el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados, verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.

En la organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas, en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.

La historia reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.

La escasez de mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a la desaparición.

El actual capitán grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32 mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja a varios varones sin pareja ni descendencia.

Esta situación ha provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria, sino por el derecho básico a seguir existiendo.

Texto y foto: Richard Ilimuri

domingo, 11 de enero de 2026

Los Yaminahua: un pueblo dividido que lucha por no desaparecer

Aislados en el extremo norte de Pando y reducidos a menos de 400 personas, los yaminahua enfrentan una silenciosa amenaza: la fragmentación interna, la pérdida paulatina de sus creencias ancestrales y la presión ex
terna que pone en riesgo su supervivencia cultural.

La etnia yaminahua, uno de los pueblos amazónicos menos numerosos de Bolivia, atraviesa una etapa crítica de su historia. Divididos internamente y con una población cada vez más reducida, su existencia se debate entre la preservación de antiguas tradiciones y la influencia creciente de modelos externos que erosionan su identidad.

Tradicionalmente, la base de la organización social yaminahua fue la familia extensa, un entramado de lazos medianos de parentesco que garantizaba cohesión y apoyo comunitario. En la actualidad, esta estructura ha sido desplazada por la familia nuclear, donde el padre es reconocido como jefe del hogar. Sin embargo, a diferencia de otras culturas, la mujer conserva un rol decisivo: es ella quien puede poner fin a una relación y elegir de inmediato a otra pareja dentro del mismo grupo, ejerciendo control sobre el matrimonio y la vida conyugal.

Aunque los yaminahua aún conservan buena parte de sus tradiciones materiales e ideológicas, estas se practican de forma cada vez más tenue. La influencia mercantilista proveniente del Brasil y la presencia activa de iglesias evangélicas han modificado costumbres y creencias que antes daban sentido a la vida comunitaria. Según registros de 2004, la población yaminahua alcanzaba apenas las 395 personas, una cifra que evidencia su extrema vulnerabilidad demográfica.

Su cosmovisión ancestral es claramente politeísta. Entre sus divinidades destaca la víbora sicurí, una imponente serpiente de agua considerada sagrada por sus antepasados. Hasta hoy, los yaminahua evitan matarla, salvo en situaciones de peligro extremo. Incluso entonces, intentan ahuyentarla sin causarle daño, en señal de respeto a un ser que aún ocupa un lugar simbólico en su memoria cultural.

La escasa población se encuentra hoy profundamente dividida entre evangélicos y no evangélicos, creyentes y no creyentes. Estas diferencias han generado tensiones internas: los conversos acusan a los otros de alcoholismo y sacrilegio, mientras que estos responden calificándolos de oportunistas. La fractura social se convierte así en un nuevo factor de debilitamiento colectivo.

Pese a ello, la magia y el curanderismo siguen ocupando un lugar central en el imaginario yaminahua. El consumo ritual de ayahuasca, un potente alucinógeno, forma parte de sesiones comunitarias de curación y concentración espiritual, en las que aseguran recibir consejos y presagios de los espíritus de la selva y de sus antepasados.

En el plano económico, su subsistencia depende principalmente de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, complementadas con el cultivo de arroz, yuca, maíz y plátano, además de la elaboración de artesanías. Actividades que no solo aseguran el alimento diario, sino que también mantienen un vínculo vital con la selva amazónica.

Hoy, el pueblo yaminahua resiste entre la memoria y el olvido. Su mayor desafío no es solo sobrevivir físicamente, sino evitar que su cultura se diluya definitivamente en el silencio de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 10 de enero de 2026

Los Yuracarés: la eterna marcha hacia la Loma Santa, la tierra sin mal

Nómadas por historia y convicción, los yuracarés han recorrido ríos y selvas de Bolivia siguiendo un sueño ancestral: la Loma Santa. Entre la resistenci
a cultural, la presión territorial y la herencia de la colonización, este pueblo indígena mantiene viva su aspiración de libertad y armonía con la naturaleza.

Al igual que los moxeños, los yuracarés viven marcados por la búsqueda permanente de la Loma Santa, la “tierra sin mal” que habita en su mitología y en su memoria colectiva. No es solo un lugar físico, sino una forma de vida: paz, libertad y equilibrio con la naturaleza.

La historia de este pueblo indígena se extiende por al menos cuatro departamentos del país —La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Beni— adonde llegaron tras un largo proceso de desplazamientos forzados y migraciones internas. De naturaleza humilde y tradicionalmente nómada, los yuracarés fueron durante décadas un pueblo casi invisible para el Estado boliviano, hasta bien entrada la década de los 90.

El punto de quiebre llegó tras años de promesas incumplidas por los gobiernos de turno. Junto a otros pueblos indígenas de tierras bajas, los yuracarés protagonizaron la histórica “Marcha por el Territorio y la Dignidad”, una movilización que los sacó del anonimato y los colocó en la agenda nacional como sujetos de derechos y portadores de una demanda largamente postergada.

Desde 2004, la organización interna de la etnia se ha fortalecido. Su economía se sustenta principalmente en la agricultura, conservando técnicas tradicionales de cultivo de arroz, maíz, yuca y plátano. La caza, práctica complementaria, se realiza con arco y flecha, cuya punta es impregnada con resina del árbol de Solimán, una sustancia que “tranquiliza” a los animales, según el saber ancestral.

Sin embargo, la presión sobre su territorio no ha cesado. En los últimos años, la migración de colonizadores y cocaleros hacia el norte de Cochabamba ha obligado a los yuracarés a replegarse aún más, confinándolos a espacios cada vez más reducidos, muchos de ellos en zonas que históricamente pertenecieron a territorio moxeño.

La colonización marcó profundamente su historia. Fueron desplazados hasta lo que hoy se conoce como Ivirgarzama —“cántaro lleno de agua” en lengua yuracaré— en el actual trópico cochabambino. Más tarde, los misioneros jesuitas los trasladaron a Villa Tunari, donde aprendieron el castellano y vieron transformados muchos de sus usos y costumbres.

Pero la vida comunitaria impuesta no se ajustaba a su cultura. El trabajo forzado y el nuevo entorno afectaron su organización social, provocando una dispersión progresiva: algunos grupos se asentaron a orillas del río Ichilo; otros migraron al Isiboro Sécure, ya en las tierras bajas del Beni.

Hoy, pese a la influencia católica y los cambios sociales, los yuracarés continúan su infatigable peregrinar. En su cosmovisión, la imagen de lo divino se entrelaza con elementos cristianos, sin borrar del todo la raíz ancestral. La aspiración que se transmite de generación en generación sigue intacta: vivir en paz, en libertad y en profunda comunión con la naturaleza, mientras la Loma Santa continúa siendo horizonte y destino.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 9 de enero de 2026

Los Chimanes: la cultura que castiga la ira con el monte

La prohibición del enojo, el fuerte sentido familiar y una cosmovisión marcada por divinidades fundadoras distinguen al pueblo chimán, una cultura amazónica que preserva su identidad a travé
s de la convivencia comunitaria, el respeto a la naturaleza y la transmisión de saberes ancestrales.

En las comunidades chimanes, la organización social gira en torno a la familia nuclear, integrada por parientes directos, aunque articulada con otras familias emparentadas. Este entramado social permite la convivencia y el apoyo mutuo, pilares fundamentales para la supervivencia cultural de este pueblo amazónico.

Una de las normas más singulares de la cultura chimán es la prohibición del enojo. Para ellos, la ira atrae la mala suerte e incluso puede provocar la muerte. Cuando algún integrante de la comunidad se deja dominar por este sentimiento, es enviado al monte por un tiempo, hasta recuperar la calma y restablecer el equilibrio espiritual.

Antes de los procesos de evangelización, la poligamia era una práctica aceptada: los varones podían casarse con dos hermanas o con varias mujeres. Los asentamientos, por lo general pequeños, están formados por un solo grupo de viviendas, habitadas por personas unidas por lazos de parentesco cercano, lo que refuerza la cohesión social.

El matrimonio también cumple una función territorial. Los chimanes suelen casarse entre miembros de su propio pueblo como una forma de proteger sus tierras. Una vez consolidada la unión, la nueva pareja se establece en el lugar de residencia de la familia materna de la mujer, bajo un sistema conocido como gineco–estático. En la vida cotidiana, en las reuniones y en los eventos internos, el idioma nativo chimán sigue siendo la lengua predominante.

Las viviendas tradicionales, conocidas como pahuichis, son construidas con palmeras extraídas del monte y transportadas hasta el lugar de asentamiento. La instalación de los techos se realiza de manera comunitaria. Si bien en el pasado esta tarea estaba reservada únicamente a los hombres, hoy participan las mujeres y toda la familia, reflejando cambios paulatinos en la organización del trabajo.

La cosmovisión chimán se sustenta en la creencia en Dojity y Micha, divinidades hermanas —uno travieso y el otro formal— a quienes atribuyen la fundación del mundo, la creación del ser humano, la flora y la fauna. El respeto por estas creencias se manifiesta en el profundo vínculo con la naturaleza, así como en el conocimiento de la medicina natural y en la destreza artesanal, especialmente en tejidos de jatata, algodón y fibra vegetal.

La economía chimán se basa principalmente en la pesca, la recolección de frutos y fibras vegetales. En sus chacos cultivan alimentos como yuca, arroz, plátano, tomate, caña de azúcar y palta. También siembran tabaco y algodón, productos que complementan su subsistencia y fortalecen su autosuficiencia.

Entre normas que buscan la armonía espiritual y prácticas que preservan su identidad, los chimanes continúan defendiendo una forma de vida en equilibrio con la selva, donde la calma, la familia y la tradición son la base de su existencia.

Texto y foto: Richard Ilimuri

jueves, 8 de enero de 2026

Los Chácobos: rituales de unión que preservan la vida ancestral en la Amazonía boliviana

Prácticas matrimoniales poco ortodoxas, vínculos familiares estrechos y rituales de prueba marcan la vida íntima del pueblo chácobo, una etnia
amazónica que mantiene vigentes tradiciones ancestrales para asegurar la convivencia, la salud y la continuidad de su comunidad en el llano boliviano.

En las profundidades de la Amazonía boliviana, el pueblo chácobo conserva un sistema de creencias y rituales que lo distingue de otras naciones indígenas vecinas. Sus prácticas, transmitidas de generación en generación, buscan garantizar el equilibrio social y el bienestar colectivo, especialmente en el ámbito del matrimonio y la formación de pareja.

Investigadores que compartieron largas temporadas con miembros de esta etnia destacan el peculiar ritual que antecede a la unión conyugal y las costumbres asociadas al concubinato. Entre los chácobos, las parejas se forman generalmente —y con preferencia— entre primos, en un esquema donde la decisión final recae siempre en el hombre. El ideal es convertir en esposa a la hija del hermano de la madre, a quien el futuro esposo denomina guane.

El ritual de noviazgo se inicia de manera discreta: el joven comparte la hamaca con su prima durante un tiempo, hasta que la relación es descubierta por los padres o los sorprenden en flagrancia. En ese momento, el muchacho suele huir, no como señal de renuncia, sino por temor a una posible agresión de la familia de su enamorada.

La siguiente etapa del rito es decisiva. Provisto de arco y flecha, el joven se interna en la selva para cazar o pescar. La presa obtenida debe ser entregada a la guane, quien la destina al consumo de toda su familia, acompañada de alimentos como arroz, yuca o plátano. Este gesto simboliza la hombría del pretendiente y su capacidad de sostener un hogar. Superada esta prueba, el camino queda allanado para formalizar la unión, dando por materializado el matrimonio.

Existen también variantes dentro de la tradición. En algunos casos, si un cazador chácobo entrega su presa a una mujer viuda o divorciada y ella la acepta, puede establecerse una unión. Sin embargo, estas relaciones no gozan del mismo reconocimiento ni del mismo estatus social que las formadas bajo el ritual tradicional.

Así, entre hamacas compartidas, pruebas de caza y normas heredadas, los chácobos continúan defendiendo un modo de vida que desafía las lógicas occidentales y reafirma su identidad cultural en el corazón de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 7 de enero de 2026

Los Moré: la memoria guerrera que resiste en el noroeste del Beni

Antiguamente cazadores y pescadores, organizados en una sociedad de fuerte carácter guerrero, los Moré hoy sobreviven como uno de los pueblos indígenas más pequeños de Bolivia. Con apenas 365 personas, mantienen su identidad entre la memoria prehispánica, la vida familiar y una economía de subsistencia ligada a la selva y a los ríos.

En el noroeste del departamento del Beni, entre ríos y bosques amazónicos, habita el pueblo indígena Moré, una etnia cuya historia se remonta a tiempos en que la caza y la pesca eran el eje de la vida cotidiana y la guerra una condición que marcaba incluso el nacimiento de los varones. En aquel entonces, la poligamia formaba parte de una organización social orientada a la defensa y al control del territorio.

Con el paso del tiempo y el impacto de la colonia, esa estructura fue transformándose. Hoy, la organización social de los Moré se basa en la familia nuclear. Sin embargo, su situación demográfica es crítica: según datos de la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas Originarios de Bolivia (CONNIOB), la población superviviente alcanza apenas las 365 personas, lo que los coloca en riesgo de desaparición cultural.

Las huellas de su pasado aún permanecen en el paisaje. A lo largo de los ríos Iténez, cerca de Monte Azul, se conservan restos de arte rupestre y fragmentos de cerámica que evidencian un pasado prehispánico con un notable grado de desarrollo cultural. Estos vestigios confirman la antigua presencia de los Moré en la región y su relación profunda con el territorio.

Durante la colonia, los intentos de cristianización católica encontraron una fuerte resistencia. La poca receptividad de los indígenas impidió la consolidación de misiones religiosas, una situación que se mantiene hasta hoy, cuando la permanencia de cualquier iglesia en el territorio Moré resulta casi imposible.

En la actualidad, la economía del pueblo Moré se sustenta en la agricultura estacional y de subsistencia. Durante la época de lluvias siembran arroz; en la temporada seca cultivan maíz, frijol, yuca, plátano y guineo. La yuca ocupa un lugar central en la dieta diaria, procesada como chicha, chivé y harina, productos que también se comercializan en la ciudad de Guayaramerín. Lo mismo ocurre con los excedentes de plátano, guineo y frijol.

A estas actividades se suman la caza, la pesca y la recolección de castaña, prácticas ancestrales que complementan la alimentación y los ingresos. Así, entre la fragilidad demográfica y la persistencia cultural, los Moré continúan resistiendo, aferrados a la tierra, a la selva y a una historia que se niega a desaparecer.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 6 de enero de 2026

Los Urus: hijos del agua la resistencia milenaria del pueblo Chipaya

A orillas de los lagos Poopó y Uru Uru, en la áspera geografía de Oruro, un pueblo que se dice nacido antes que la luna sigue aferrado a sus ritos, a sus put’ukos y a una forma de vida que resiste al tiempo, al olvido
y a la modernidad.

Asentados en los territorios de Oruro, Chipaya, Murato e Hiruito, todos abrazando las orillas salinas de los lagos Poopó y Uru Uru, los Uru Chipaya continúan viviendo con costumbres milenarias que parecen desafiar la lógica del siglo XXI. No existen datos exactos sobre su nacimiento como pueblo, pero sus dotes ancestrales de cazadores y pescadores los sitúan entre las etnias más antiguas del continente americano. Sus leyendas cuentan que nacieron antes que la luna y que sobrevivieron al gran diluvio gracias a las balsas que ellos mismos construían.

Durante siglos, los urus quedaron encasillados como un solo grupo étnico de escasa trascendencia histórica, opacados por el dominio expansivo aymara que se prolongó incluso durante la colonia. Las condiciones siempre les fueron desfavorables. Sin embargo, lejos de desaparecer, lograron mantener su pureza cultural casi intacta. La escasa densidad poblacional —factor que diluyó a tantas culturas obligadas a asimilarse o migrar a las ciudades— empujó a los urus a mimetizarse parcialmente con los aymaras, no como rendición, sino como un refugio estratégico para subsistir.

En la vida chipaya, nada ocurre sin un rito previo. La caza, la pesca, la agricultura, la construcción de viviendas y hasta la comercialización de sus productos están antecedidas por ceremonias espirituales, privadas o colectivas, que forman parte esencial del ciclo de vida, del trabajo y de la alimentación. Cada acto cotidiano es, a la vez, un diálogo con la naturaleza y con sus ancestros.

En los salitrales orureños, los put’ukos —viviendas cónicas de barro y paja— siguen erguidos como hongos solitarios en medio del paisaje árido del área rural de Chipaya. Allí, el tiempo parece detenido. Pero en el pueblo la fisonomía ha cambiado: las casas rectangulares de calamina brillan bajo el sol, las ventanas de vidrio reemplazan a los antiguos vanos, y la urbanización avanza silenciosa.

Se calcula que unas 1.600 personas habitan el territorio chipaya, aunque la relación con la prensa es distante. Muchos consideran que dar información es perder el tiempo. No obstante, algunos líderes aún hacen sonar el pututo, instrumento ancestral que convoca a la reunión comunitaria y reafirma la vigencia de su organización tradicional.

La vida gira en torno a la ganadería y la siembra de quinua, papa, cebada y cañahua. El territorio es comunitario: muchos chipayas tienen su casa en el pueblo, pero conservan su put’uko en el campo, donde pastorean sus animales y trabajan la tierra. Los más ancianos son quienes más resisten al cambio. No quieren abandonar sus viviendas tradicionales ni cambiar los tejidos de lana por ropa de algodón. Las mujeres continúan trenzándose el cabello en simbas y caminando descalzas, como lo hicieron siempre.

En el campo, las condiciones de vida no han variado. Los put’ukos mantienen sus dimensiones estrechas; en su interior, los chipayas duermen sobre cueros de oveja tendidos en el suelo, procesan sus alimentos y viven sin muebles. No existen servicios básicos. La austeridad no es elección estética, es continuidad histórica.

Pese a la solidez de este pueblo —cuya población no crece aceleradamente, pero tampoco disminuye—, los Chipaya siguen siendo un pueblo arrinconado en una de las regiones más inhóspitas del país, presionado por la cultura moderna. Aun así, como hijos del agua y sobrevivientes del diluvio, continúan demostrando que resistir también es una forma de existir.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 5 de enero de 2026

Los Esse Ejja: entre el rio la selva y el olvido

A orillas del río Beni, donde el agua dicta el ritmo de la vida, los Esse Ejja —una de las naciones amazónicas más singulares de Bolivia— sobreviven entre la memoria de un pasado nómada y la presión silenciosa de la
modernidad que transformó su cultura para siempre.
No les interesa acumular. Nunca les interesó. Para los Esse Ejja, el valor no estuvo en poseer, sino en moverse con el río, seguir a los peces, internarse en el bosque y regresar con lo justo. Este pequeño grupo amazónico —que no supera los dos mil habitantes— habita la región pandina y partes de La Paz, Beni y Perú, con una presencia marcada a lo largo del río Beni, frente a Riberalta, donde durante siglos cazaron, pescaron y recolectaron frutos y materiales del monte.

A diferencia de la mayoría de los pueblos del occidente andino, los Esse Ejja nunca fueron grandes agricultores. El río fue su despensa. Cerca del 90 por ciento de su dieta estuvo basada en el pescado, complemento esencial de una vida nómada que dependía de las crecidas, de los ciclos del agua y de la lectura paciente de la selva.

Ese modo de vida se quebró de manera abrupta con el contacto sostenido con la civilización occidental. La movilidad terminó, y con ella se diluyeron hábitos ancestrales que habían definido su identidad durante generaciones. Hoy, los Esse Ejja viven mayoritariamente en la comunidad de Eyiyoquibo, en el municipio de San Buenaventura, un asentamiento que marca el tránsito forzado de la selva abierta a la vida sedentaria.

La transformación también se refleja en la vestimenta. Pantalones y camisas sustituyeron a los trajes tradicionales elaborados con corteza de árbol. Es raro ver a un Esse Ejja vestido como lo hacían sus abuelos. Y ese cambio exterior arrastró otros más profundos: conductas, costumbres y, sobre todo, una espiritualidad que hoy lucha por no desaparecer. Muchos de sus mitos ya no se transmiten como antes.

Sin embargo, la mitología Esse Ejja —compleja y poderosa— permanece como uno de los pilares más notables de su cultura. Por su sentido y fuerza simbólica, ha sido comparada con la mitología griega, no por la cantidad de dioses, sino por la manera en que explica el mundo. En ella destacan dos grandes entidades sobrenaturales. “Edosiquiana”, el héroe cultural conocido como la montaña Bahuajja, de frente redonda, es el principio que justifica el orden de la vida y las acciones humanas. “Shia”, en cambio, es una entidad más amplia, una especie de síntesis viva de toda su cosmovisión.

El origen del pueblo Esse Ejja se remonta a tres grandes grupos lingüísticos y culturales. Dos han sido claramente identificados: los que provienen del nacimiento del río Madre de Dios, ligados a Bahuajja, y los que llegaron desde el Madidi y el río Heath, conocidos como Sonenes, quienes se redistribuyeron a lo largo del río Beni. A esta base se sumó una tercera influencia decisiva: la mezcla con los Arasairi, asentados en Perú.

Cuenta la tradición que fue a través de un matrimonio —el hijo del clan Arasairi con una joven Esse Ejja— que se introdujo la divinidad Shia, sellando una fusión cultural que marcó para siempre la espiritualidad del pueblo.

Hoy, los Esse Ejja siguen allí, junto al río que los vio nacer. Ya no son nómadas, ya no visten como antes, y muchas de sus historias se dicen en voz baja. Pero mientras el Beni continúe su curso, su memoria colectiva resiste, como el eco de un pueblo que nunca quiso acumular nada más que su relación con la selva.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

domingo, 4 de enero de 2026

40 dias bajo la selva: Crónica de 4 niños indigenas bajo una supervivencia imposible

El 1 de mayo de 2023, la selva amazónica colombiana se convirtió en escenario de una de las historias de supervivencia más estremecedoras del siglo. Tras la caída de un pequeño avión, cuatro niños —uno de ellos un bebé— quedaron solos entre la espesura infinita. Durante 40 días, el hambre, la lluvia y el miedo pusieron a prueba una voluntad que se negó a rendirse.

El avión de hélice avanzaba con normalidad sobre el manto verde de la Amazonía cuando, sin previo aviso, el motor se apagó. El silencio duró apenas segundos antes de que la aeronave se precipitara contra la selva. El impacto fue brutal. La madre de los niños y el piloto murieron al instante. Entre los restos retorcidos del fuselaje, sobrevivieron cuatro hermanos: Lesly, de 13 años; sus hermanos de 9 y 4; y un bebé de apenas 11 meses.

La selva los rodeaba como un océano sin orillas. No había caminos, pueblos ni señales humanas. Solo árboles centenarios, ríos traicioneros y el zumbido constante de insectos. Allí comenzó una lucha silenciosa, lejos de toda mirada.

La primera decisión fue clave: no moverse del lugar del accidente. Lesly, la mayor, comprendió que los equipos de búsqueda iniciarían su rastreo desde el punto del siniestro. Permanecer cerca del avión era una apuesta por la vida.

Entre los restos hallaron lo indispensable para resistir: harina de yuca, algunas galletas y una botella de agua. Lesly asumió un rol que no le correspondía por edad, pero sí por necesidad. Racionó cada alimento con precisión extrema. Comían una sola vez al día, en pequeñas porciones, y siempre priorizando al bebé.

El agua fue otro desafío. Beber de los ríos cercanos implicaba riesgos mortales. La solución llegó del cielo. Con hojas grandes y partes del avión, recolectaban el agua de lluvia, transformando cada tormenta en una bendición.

Mientras tanto, el Ejército colombiano, junto a comunidades indígenas, desplegó una de las búsquedas más complejas jamás realizadas en la región. Durante semanas, helicópteros sobrevolaron la selva, se lanzaron alimentos y se siguieron rastros casi invisibles.

En el día 40, pequeñas huellas rompieron la monotonía del verde. Guiaron a los rescatistas hasta un claro. Allí estaban los cuatro niños: exhaustos, desnutridos, pero vivos.

Los médicos fueron categóricos: sobrevivir 40 días en la selva amazónica, con un bebé a cuestas, no fue obra del azar. Fue disciplina, conocimiento, liderazgo y una fortaleza forjada en medio del dolor.

La historia de estos niños no es solo un relato de supervivencia. Es la prueba de que, incluso en el corazón de la selva más implacable, la vida puede abrirse paso cuando el coraje y la inteligencia caminan juntos.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 3 de enero de 2026

Amazonía: un encuentro fortuito con una tribu no contactada

Un desvío obligado por una tormenta llevó al fotógrafo brasileño Ricardo Stuckert a presenciar una escena que parece arrancada de los albores de la humanidad: una tribu indígena aislada, sin contacto con el mundo moderno, emergió entre la espesura de la selva amazónica de Acre, recordándole al planeta que aún existen pueblos que han elegido permanecer fuera del
tiempo.

El helicóptero avanzaba sobre un mar infinito de copas verdes cuando el clima decidió imponer su ley. La tormenta obligó a cambiar la ruta y, en ese giro inesperado del destino, la Amazonía reveló uno de sus secretos mejor guardados. Abajo, en un claro abierto entre los árboles centenarios, aparecieron figuras humanas que parecían detenidas en otra era.

Eran hombres de cuerpos cubiertos con pinturas rituales, colores terrosos y rojizos que hablaban de identidad y pertenencia. Vestían tejidos hechos a mano, portaban arcos, flechas y lanzas talladas con una precisión heredada de generaciones. No había rastro alguno de objetos modernos. Todo en ellos —sus gestos, su postura, su mirada fija hacia el cielo— revelaba una forma de vida intacta, ajena al ruido del mundo exterior.

En una de las imágenes más impactantes captadas por Stuckert, un hombre alza el brazo y lanza una lanza hacia la aeronave. El gesto no es un acto de agresión gratuita, sino un mensaje inequívoco: una advertencia, una frontera invisible trazada en el aire. Es la defensa absoluta de su aislamiento, un “no pasar” dirigido a una civilización que históricamente ha significado enfermedad, despojo y muerte para los pueblos originarios.

Los especialistas en pueblos indígenas aislados creen que se trata del mismo grupo nómada documentado por primera vez en 2008 en esta región fronteriza entre Brasil y Perú. Un pueblo que se desplaza constantemente, que evita cualquier rastro humano y que ha logrado sobrevivir gracias a una estrategia tan simple como radical: no ser encontrado. Su nomadismo es, en realidad, una forma de resistencia.

Ricardo Stuckert contaría después que la experiencia fue sobrecogedora, como asomarse por un instante al pasado remoto de la humanidad. No era solo la belleza de la escena lo que impresionaba, sino la conciencia de estar observando una cultura viva que ha perdurado miles de años sin necesidad de carreteras, electricidad ni tecnología.

Estas fotografías, más que un registro visual excepcional, son un llamado urgente. Recuerdan que la Amazonía no es solo un reservorio de biodiversidad, sino también un refugio de pueblos que ejercen un derecho fundamental: el de vivir según sus propias reglas. Mundos completos que existen al margen de la civilización moderna, silenciosos y autosuficientes, y que por decisión propia han elegido permanecer invisibles.

En tiempos donde casi todo parece explorado y expuesto, la imagen de aquella lanza surcando el aire es un símbolo poderoso. Nos dice que aún hay fronteras que no deben cruzarse y que el mayor acto de respeto, a veces, es simplemente mirar desde lejos y no avanzar un paso más.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet