Las culturas tienen vida propia y deben valorarse en este territorio, por eso es necesario remontarse a las realidades vividas, donde nativos e invasores en diversas épocas fueron haciendo historia en Bolivia. A pesar de esa riqueza los indígenas están perdiendo la costumbre de sus antepasados a la falta de una política estatal que les dé las herramientas necesarias para su sobrevivencia. Conociendo el Estado Plurinacional, Las 36 Etnias, Reportajes. Culturas Urbanas, usos y costumbres.
martes, 3 de febrero de 2026
La lucha del toro con el tigre: símbolo y memoria en el Arete del Carnaval chiriguano
viernes, 30 de enero de 2026
Los Toritos: fe, memoria y tradición viva en el corazón del Beni
ros de la Compañía de Jesús quienes introdujeron el ganado vacuno en la región, trasladando —según la tradición oral— cerca de 80 reses desde Santa Cruz de la Sierra hasta Loreto, recorriendo aproximadamente 500 kilómetros entre selvas, pampas y ríos. La travesía fue ardua: se abrieron senderos y se improvisaron pasos fluviales, pero apenas 18 animales lograron sobrevivir al trayecto.
miércoles, 28 de enero de 2026
Los Afrobolivianos: identidad, resistencia y cultura viva en los Yungas
lunes, 26 de enero de 2026
Los Reyesanos o maropas: un pueblo invisible en la amazonia
La escasa población de los reyesanos, también conocidos como maropas, ha reducido su presencia e influencia en el norte amazónico de Bolivia. La falta de estudios y registros oficiales ha dejado amplios vacíos sobre su origen, historia y situación actual en los departamentos del Beni y parte de Pando.
Debido a su reducido número, los reyesanos —o maropas, como también se los denomina— han permanecido casi al margen de la historiografía y las estadísticas oficiales. La información disponible sobre su pasado y su origen en el Beni y una parte de Pando es limitada y fragmentaria.
Antropólogos coinciden en que prácticamente no se han realizado estudios específicos sobre este grupo. A lo largo del tiempo fueron asimilados social y culturalmente, e incluso, en términos etnohistóricos, absorbidos por pueblos indígenas geográficamente cercanos como los araonas, cavineños, tacanas y esse ejjas.
Entre los pocos datos recopilados, se señala que los reyesanos pertenecen a la familia etnolingüística tacana, vinculada a la región de Tumupasa. Su economía se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividades que complementan con la elaboración de artesanías en pieles y fibras de palma. Asimismo, practican la caza y la pesca como medios de subsistencia.
En su hábitat natural, los maropas o reyesanos prefieren asentarse en zonas de bosques y llanuras atravesadas por ríos y lagos de la cuenca amazónica. Estos entornos les permiten desarrollar sus actividades productivas, que dependen de la disponibilidad de recursos naturales y de ecosistemas conservados.
Los registros también indican que el grupo mantenía una notable movilidad. Sin embargo, al alcanzar la madurez —entre los 23 y 30 años— adoptaban prácticas más sedentarias y construían sus pahuichis (chozas) con palma de motacú, abundante en las riberas de los ríos.
A pesar de su larga presencia en la región, los reyesanos casi no han figurado en las estadísticas indígenas oficiales, lo que ha contribuido a que su existencia sea poco conocida. En los últimos años, no obstante, impulsados por algunas organizaciones, miembros del pueblo han comenzado a reivindicar su identidad, principalmente a través de expresiones culturales que buscan preservar y visibilizar su herencia ancestral.
sábado, 24 de enero de 2026
El alcalde yungueño que marcó la historia de la Alasita paceña
rias versiones de la Feria de Alasita durante su gestión como alcalde municipal en la década de 1970. Su figura es recordada hasta hoy como una de las más destacadas en la administración edil de la sede de gobierno.
La Feria de
Alasita, una de las expresiones culturales más emblemáticas de La Paz, tuvo
entre sus principales impulsores institucionales al general Armando Escobar
Uría, un yungueño que, desde el cargo de alcalde municipal, contribuyó
decisivamente a la consolidación y proyección de esta festividad dedicada a la
miniatura, la abundancia y la fe popular.
Escobar Uría,
oriundo de Ocobaya, comunidad yungueña del departamento de La Paz, asumió la
alcaldía en un contexto político complejo, marcado por gobiernos militares y
una intensa centralización del poder. Sin embargo, más allá del escenario
político de la época, su gestión se caracterizó por una fuerte preocupación por
el orden urbano, la identidad cultural paceña y la promoción de tradiciones
ancestrales que forman parte del patrimonio intangible de la ciudad.
Durante su
administración, la Feria de Alasita, celebrada cada 24 de enero en honor al
Ekeko, fue fortalecida como un espacio organizado y reconocido oficialmente,
permitiendo que artesanos, comerciantes y familias paceñas mantuvieran viva una
tradición heredada desde tiempos prehispánicos y adaptada a lo largo de la
historia colonial y republicana.
Una fotografía
tomada a inicios de la década de 1970 muestra al general Escobar Uría
recorriendo los puestos de la tradicional feria de la miniatura, en contacto
directo con artesanos y visitantes. La imagen, recientemente compartida en
redes sociales por Edwin Mansilla, ha reavivado el recuerdo de su figura y ha
generado comentarios que resaltan su cercanía con la población y su compromiso
con las expresiones culturales populares.
A más de medio
siglo de aquella imagen, Armando Escobar Uría continúa siendo evocado como uno
de los mejores alcaldes que tuvo La Paz, no solo por su perfil disciplinado
como militar, sino por su capacidad de valorar y proteger tradiciones
profundamente arraigadas en el imaginario colectivo paceño, como la Feria de
Alasita, hoy reconocida a nivel nacional e internacional.
miércoles, 21 de enero de 2026
Los Baures: entre la selva y la cruz
Los Baures fueron uno siglos XVII y XVIII. La reducción poblacional, la dispersión territorial y la conversión forzada provocaron una progresiva asimilación con otros pueblos indígenas, así como la adopción de costumbres y visiones de vida de origen occidental, heredadas del mundo colonial español.
Sin embargo, pese a la presión histórica, algo esencial logró sobrevivir. Según registros e incursiones en territorios cercanos a las antiguas misiones jesuíticas, especialmente desde la región de la Chiquitanía, lo que aún pervive con fuerza es la dimensión inmaterial de su cultura. Persisten las formas tradicionales de caza y pesca, así como los sistemas comunitarios de redistribución de alimentos, donde las mujeres cumplen un rol central al organizar y repartir lo cazado, pescado o cosechado por los hombres.
En el plano material, los Baures fueron considerados, al momento de su primer reconocimiento, como uno de los pueblos “más civilizados” del oriente. Antes de la colonización, utilizaban vestimentas confeccionadas con corteza de árbol, a las que incorporaban sellos o marcas identitarias. Estas prendas no solo los distinguían como pueblo, sino que también les permitían realizar extensos desplazamientos por el territorio.
Con el paso del tiempo, el modernismo y el sincretismo cultural se convirtieron en los rasgos más visibles de la vida baure contemporánea. La vestimenta tradicional, mínima y funcional, fue desplazada por camisas, poleras y pantalones de mezclilla. Solo en ocasiones especiales —principalmente durante las fiestas patronales— reaparece una prenda distintiva: una especie de camiseta larga, conocida como camijeta de machetero, que desciende hasta los muslos y recuerda, de manera simbólica, antiguos usos rituales.
En gran parte de los territorios baures del departamento del Beni, las celebraciones están profundamente marcadas por ceremonias religiosas católicas. No es casual que la mayoría de sus pueblos lleven nombres de santos —San Joaquín, San Ramón, San Ignacio, San Borja— o de advocaciones marianas como la Santísima Trinidad o la Virgen de Loreto. Tras la retirada de los jesuitas, los franciscanos asumieron la posta evangelizadora y levantaron edificaciones religiosas que aún hoy ocupan el centro de las plazas principales.
Cada atardecer, al sonido de las campanas, los Baures —ya mimetizados entre miles de indígenas mestizos— acuden a misa. Incluso la relación con la muerte fue transformada. Actualmente, las tumbas se marcan con cruces de madera y, en algunos casos, de piedra. Pero este es un fenómeno relativamente reciente.
En tiempos antiguos no se colocaba ninguna señal sobre las sepulturas. Se dejaba que el paso del tiempo y la vegetación cubrieran los cementerios hasta volverlos irreconocibles. Para los Baures, la muerte no separaba: toda la naturaleza era —y sigue siendo— sagrada.
martes, 20 de enero de 2026
Los Yuquis: el eco de la selva, la resistencia cultural y la amenaza de la enfermedades
La selva húmeda del trópico cochabambino respira lento al amanecer. Entre el sonido de los insectos y el murmullo de los árboles, el pueblo yuqui mantiene viva una historia marcada por el aislamiento, la resistencia y la lucha por sobrevivir.
Durante décadas,
los Yuquis vivieron desplazándose por los bosques entre lo que hoy es la
provincia Carrasco, en Cochabamba, y zonas del norte de Santa Cruz. La caza, la
pesca y la recolección no eran solo actividades económicas: eran la forma de
entender el mundo. La selva no era un recurso, era un ser vivo, habitado por
espíritus que podían proteger o castigar.
Los mayores
recuerdan —o repiten lo que escucharon de sus antepasados— que antiguamente
existía una estructura social dura, donde podían existir amos y esclavos dentro
del propio grupo. Esa realidad, transmitida por herencia o por situaciones de
orfandad, comenzó a desaparecer con la llegada de las misiones evangélicas a
mediados del siglo XX. Con ellas llegó también otro modelo de vida: la familia
nuclear, la monogamia y nuevas normas sociales que transformaron la
organización interna del pueblo.
Sin embargo, no
todo cambió. La espiritualidad yuqui sigue ligada a la selva. Creen que los
animales pueden ser la manifestación de espíritus y que cada persona posee dos
espíritus propios. Cuando alguien muere, esos espíritus pueden permanecer
cerca, y según la creencia, influir en la salud o el destino de los vivos.
Pero la mayor
amenaza para los Yuquis no vino de los espíritus, sino de las enfermedades. La
tuberculosis marcó profundamente a la comunidad y aún hoy es considerada uno de
los riesgos más graves para su población. Durante años, el contacto con el
mundo exterior trajo no solo cambios culturales, sino también enfermedades para
las que el pueblo no tenía defensas.
Aunque el Estado
reconoció extensas tierras para esta nación indígena —más de cien mil
hectáreas— su uso no responde a la lógica agrícola tradicional. Los Yuquis han
sido históricamente un pueblo nómada, acostumbrado a moverse siguiendo los
ciclos de la naturaleza, los animales y las estaciones.
En los últimos
años, algunas familias comenzaron a producir artesanías con corteza de árboles:
bolsos, hamacas y flechas que hoy representan no solo una actividad económica,
sino también una forma de mantener viva su relación con el bosque.
La evangelización
también dejó huellas profundas. Algunas expresiones culturales se debilitaron o
desaparecieron. Sin embargo, el idioma yuqui —conocido como mwyla— sigue siendo
uno de los pilares de su identidad, aunque su futuro es incierto.
Hoy, los Yuquis
viven entre dos mundos. Por un lado, la modernidad, la salud pública, la
escolarización y el contacto permanente con la sociedad nacional. Por otro, la
memoria de la selva, de los espíritus, de la vida en movimiento.
En medio de ese
equilibrio frágil, el pueblo Yuqui continúa existiendo. No como una reliquia
del pasado, sino como una cultura viva que todavía busca su lugar en el
presente, mientras la selva —su hogar ancestral— sigue siendo el escenario
silencioso de su historia.
lunes, 19 de enero de 2026
Los Canichanas: guerrera y resistencia viva en la Amazonía
Un origen
guerrero entre el mito y la historia
La información
documentada sobre las características y el origen del pueblo Canichana es
escasa. Sin embargo, diversas investigaciones coinciden en señalar su
ascendencia quechua–incaica y describen su carácter recio, aguerrido y
aventurero. La tradición oral los retrata como un pueblo dominante y orgulloso,
consciente de su fortaleza física y espiritual.
Sus ancestros
directos habrían sido los Chamchas, un grupo de guerreros con hegemonía incaica
en el altiplano y parte de los valles, que avanzó hacia la selva amazónica con
fines de conquista. En ese proceso, atacaron a pueblos como los Cayubabas e
Itonamas, lo que dio origen a múltiples relatos —algunos cargados de
exageración— sobre su ferocidad.
Incluso, el
nombre Canichana es asociado por algunos investigadores al término “caníbal”,
debido a su fama de pueblo indómito. Entre la ironía y la memoria oral, se les
llegó a llamar “come curas” o, en tono burlesco, “come monjas”, como recuerda Ignacio Guatara.
La colonia:
sometimiento espiritual sin conquista militar
Aunque nunca
fueron conquistados por las armas, los Canichanas sí sucumbieron a la
influencia colonizadora española a través de la evangelización. La explotación
se intensificó con la llegada de curas sin experiencia en los asentamientos
indígenas, especialmente en San Pedro Nuevo, antigua capital moxeña, dando
inicio a una de las etapas más oscuras de su historia.
En este contexto
surge la figura del cacique Juan “Maraza”, recordado como el jefe de todos los
pueblos de Moxos, cuya hazaña y liderazgo son aún motivo de orgullo para los
Canichanas.
De acuerdo con
registros de la Confederación Nacional de Nacionalidades Indígenas y
Originarias de Bolivia (CONNIOB), los grupos Canichanas actuales son
descendientes directos de este pueblo originario y suman aproximadamente 1.500
personas.
Exilio,
espiritualidad y adaptación
Algunas investigaciones
sostienen que, tras el fracaso de un intento de sublevación, los Canichanas se
vieron obligados a exiliarse y refugiarse en la llanura de los Moxos, en el
departamento del Beni, donde residen hasta la actualidad.
Durante décadas
fueron conocidos como los “hombres chanca”, en parte por la falta de
documentación sobre sus costumbres originarias. No obstante, los estudios
recientes destacan su profundo espiritualismo, que lejos de desaparecer, se
fusionó con el catolicismo, dando lugar a un sincretismo religioso expresado
con fuerza en rituales y celebraciones.
Economía,
medicina ancestral y expresiones culturales
La economía
Canichana se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividad
adoptada sin abandonar la caza, la pesca y la recolección. En el ámbito de la
salud, conservan conocimientos de medicina tradicional, utilizando plantas como
el guayabo, palo santo, turúma, ambayba y hojas de mango, entre otras,
recomendadas también por pueblos vecinos.
domingo, 18 de enero de 2026
Los cavineños. memoria viva entre la selva, la fe y la tradición
Antes de la llegada de las misiones evangelizadoras, el pueblo indígena cavineño atravesó procesos de migración forzada a causa de conflictos armados con los Esse Ejjas. Posteriormente, fueron reducidos por misioneros jesuitas y franciscanos, hecho que marcó profundamente su organización social, sus creencias y sus formas de vida, sin lograr borrar del todo sus prácticas ancestrales.
Las formas de
vida del pueblo cavineño combinan elementos de la tradición ancestral con
hábitos occidentales incorporados con el paso del tiempo. Entre ellos, la caza
con escopetas y rifles convive con prácticas tradicionales como la pesca
mediante el uso de “sacha” y “barbasco”, una planta natural empleada para
adormecer a los peces.
Pese al alto
índice de analfabetismo, esta condición ha contribuido, paradójicamente, a la
conservación de una fuerte tradición oral. Los conocimientos, la historia y las
costumbres se transmiten de generación en generación a través de la palabra,
manteniendo vivas sus raíces culturales.
Durante el
proceso de investigación se evidenció el profundo respeto que la comunidad
profesa hacia los ancianos. Incluso los líderes tradicionales reconocen su
autoridad moral, bajo la premisa de que “cuanto más viejos son, más saben”.
Algunos de ellos recuerdan que, en épocas pasadas, era común el consumo de
sapos, una práctica vinculada al entorno ribereño donde se asientan y del cual
dependen para su subsistencia.
Los cavineños
conservan intactas dos cualidades que los distinguen: su fe en las deidades de
la naturaleza y su notable habilidad en la artesanía textil. Creen y respetan a
los espíritus del monte y de las aguas, a quienes recurren mediante rezos e
invocaciones para pedir protección, buena vivienda y alimento.
La artesanía,
elaborada con frutos, maderas y fibras naturales, destaca especialmente por la
destreza de las mujeres, herederas de técnicas y estilos ancestrales. Más allá
de su valor cultural e identitario, esta actividad se ha convertido en una
pequeña pero significativa fuente de ingresos para la comunidad.
En el ámbito
organizativo, los cavineños mantienen una estructura social patriarcal basada
en el respeto y la obediencia. Eligen a un jefe que, en la actualidad, recibe
el nombre de presidente de la comunidad, figura que cumple un doble rol:
representante político ante instancias externas y autoridad jerárquica interna.
La comunidad se
rige por dos tipos de organización: una tradicional, basada en usos y
costumbres, y otra sociopolítica, que ha cobrado mayor relevancia por su
vínculo con los trámites de Tierra Comunitaria de Origen (TCO). De esta última
dependen aspectos fundamentales como la educación, la salud y la gestión de los
recursos naturales.
sábado, 17 de enero de 2026
Los Chiquitanos: guardianes del monte oriental boliviano
decisivos de su existencia.
En el vasto
oriente boliviano habita el pueblo chiquitano, una cultura compleja y antigua
que, a lo largo de los siglos, ha sabido adaptarse sin desaparecer del todo. De
origen nativo, con raíces chamanistas y una marcada identidad católica, los
chiquitanos representan hoy el grupo étnico más numeroso de la región. Sin
embargo, la llegada y expansión del cristianismo sepultaron gran parte de sus
antiguos usos y costumbres, dejando apenas vestigios de tradiciones que alguna
vez estructuraron su vida cotidiana. Así lo revelan estudios realizados por
antropólogos y estudiosos como Álvaro Astete y David Murillo.
Aunque la mayoría de los chiquitanos profesa la religión católica, en el corazón de sus comunidades subsiste una rica mitología ancestral. Prácticas de ritos e invocaciones con fines de curación y purificación aún se mantienen vivas, especialmente en los momentos más cruciales de la vida: nacimientos, matrimonios y sepulturas. El chamanismo, lejos de haber desaparecido, continúa presente como una guía espiritual que dialoga, a veces silenciosamente, con la fe cristiana.
Sus creencias
están profundamente ligadas al mundo sobrenatural. Estas se manifiestan no solo
en los rituales de paso, sino también en actividades esenciales como la
cacería, la siembra, la cosecha e incluso en la interpretación de los fenómenos
meteorológicos. Llama la atención que estas prácticas ancestrales convivan, de
manera paralela, con las tecnologías modernas del presente.
La organización
social chiquitana se basa en el respeto a la edad y la experiencia. El hombre
más anciano es el jefe de la familia; le siguen sus hijos según el orden de
edad. Los yernos aceptan esta autoridad, reciben un trato cordial y participan
en las decisiones, aunque estas se limitan principalmente al ámbito de su
propia familia, mientras que las resoluciones mayores corresponden al clan.
Otro rasgo
distintivo de los chiquitanos es su innata habilidad para el trabajo fino de la
madera. En varias comunidades, la artesanía —junto a la cerámica y la
producción de tejidos de algodón— constituye el principal sustento económico.
La venta de fuerza de trabajo es una actividad complementaria, especialmente
durante las épocas de zafra de caña, cuando grandes grupos se desplazan hacia
zonas productivas.
En la
agricultura, cada familia pobre dispone de una parcela donde participan todos
sus miembros, desde el más pequeño hasta el más anciano. Como en muchos pueblos
del oriente boliviano, la división del trabajo se organiza por sexo y edad:
tradicionalmente, la agricultura y la caza recaen sobre el hombre, aunque en
los últimos tiempos la mujer también participa activamente, muchas veces en condiciones
iguales.
Dentro de su
cosmovisión, el “jichi” ocupa un lugar central. Considerado el amo y señor del
monte, de la flora y la fauna, es una entidad espiritual a la que los cazadores
piden permiso antes de internarse en la espesura. Imploran su autorización para
obtener los animales necesarios para la subsistencia, nunca más de lo
indispensable. Creen también que sus ancestros observan y acompañan la
ceremonia de caza, guiándolos hacia las zonas propicias. Tras la faena, los
honran, los saludan y piden siempre su bendición.
Así, entre la fe
heredada y la memoria ancestral, los chiquitanos continúan escribiendo su
historia: una historia de resistencia cultural, adaptación y profunda conexión
con la tierra que los vio nacer.
viernes, 16 de enero de 2026
Los Joaquinianos: su transformación en el corazón del Beni
A orillas del río Mamoré, en el corazón del Beni, los Joaquinianos sostienen su identidad entre el agua, la tierra y una vida ya asimilada a la ciudad, donde la tradición indígena convive con la fe católica y la agricultura de subsistencia.
Las aguas del río
Mamoré no solo atraviesan el territorio beniano, también marcan el ritmo
cotidiano de los Joaquinianos. En sus orillas se levanta el espacio vital de
esta etnia, organizada principalmente en torno a la familia nuclear: el padre,
la madre y los hijos, unidos por la tierra, el río y una historia que ha ido
adaptándose al paso del tiempo.
Desde hace varias
décadas, los Joaquinianos han sido asimilados casi por completo a la vida
citadina y a la sociedad occidental. San Joaquín, en el Beni, se convirtió en
el centro de ese proceso, donde el catolicismo se arraigó como base de su
credo. En años recientes, sin embargo, cultos protestantes han ganado
presencia, diversificando las expresiones de fe de la comunidad.
En algunas
comunidades aledañas persiste la memoria de un origen vinculado a Brasil. Se
dice que de allí proviene su dominio del portugués, que en ciertos casos supera
al español. No obstante, su lengua originaria sigue siendo el arawak,
testimonio vivo de una herencia cultural que resiste, aunque de manera
silenciosa, a la homogeneización.
La economía de
los Joaquinianos se sostiene principalmente en la agricultura. Practican también
la caza y la recolección de frutos amazónicos como la castaña y el palmito,
actividades que complementan su dieta y su subsistencia. La agricultura se
desarrolla bajo el sistema de barbecho, trabajando la tierra solo en
determinadas épocas del año.
La falta de
tierras suficientes y la imposibilidad de rotación o descanso del suelo limitan
la producción. Casi todo lo que se cultiva se destina al autoconsumo y,
únicamente cuando existen excedentes, estos se venden o intercambian con
vecinos “blancos” y comerciantes que llegan desde San Joaquín, San Ramón, Santa
Ana del Yacuma y Guayaramerín.
En el corazón de
la Amazonía boliviana, las actividades de los Joaquinianos se desarrollan de
manera cada vez más restringida. La presencia de pequeños asentamientos de
personas de múltiples naciones en los alrededores reduce el espacio y las
oportunidades, obligando a esta etnia a adaptarse continuamente.
Así, los
Joaquinianos siguen viviendo entre el río y la ciudad, entre la memoria
indígena y la vida moderna, dejando que el Mamoré continúe siendo testigo
silencioso de su persistencia y transformación.
jueves, 15 de enero de 2026
Los Machineris: la resistencia de un pueblo amazónico
En la frontera donde los mapas se desdibujan y los ríos marcan el rumbo de la vida, los Machineris caminan entre tres países sin pertenecer del todo a ninguno. Su cercanía histórica y cotidiana con Brasil los ha llevado a conocer mejor la cultura y la economía de ese país que la propia boliviana. Por necesidad, cruzan a municipios brasileños para hacer sus compras, manejar su dinero y conseguir lo básico para subsistir.
Sin embargo, ese
tránsito permanente tiene un costo alto. Para muchos, los Machineris son vistos
como incivilizados o delincuentes. La migración forzada los empuja a dormir en
calles, a pernoctar al borde de caminos o riberas, alimentando un estigma
injusto que los reduce a vagabundos, cuando en realidad son víctimas de un
sistema que los margina y los expulsa.
Pese a ello, su
organización social permanece firme. Los Machineris se agrupan en familias
asentadas de manera dispersa, pero unidas por lazos familiares sólidos e
ineludibles. Su estructura gira en torno a la familia extensa, donde la
autoridad máxima recae en el hombre de mayor edad, el Taita, jefe y cacique del
pueblo. Hasta hace algunas décadas, esta figura vivía aislada del grupo para
preservar el respeto y la distancia que su cargo exigía.
El Taita no solo
es jefe político y social, sino también la máxima autoridad espiritual. Es
curandero y chamán, considerado poseedor de capacidades sobrenaturales para
proteger a su pueblo y enfrentar a sus enemigos. Su palabra ordena, sana y
orienta la vida colectiva.
Del lado
boliviano, los Machineris se extienden naturalmente hacia Brasil. No están
cristianizados, aunque misiones evangélicas ya proyectan su integración a
congregaciones cercanas, como la de Puerto Yaminahua, abriendo un nuevo
capítulo de contacto cultural y religioso.
Su economía se
sostiene en la caza, la pesca y la recolección de castaña. A ello se suman
actividades complementarias que les permiten sobrevivir en la frontera: la
fabricación y venta de canoas, el traslado de pasajeros y carga por río entre
Bolivia y Brasil, y el comercio de fríjol, carne de monte y pescado.
El contacto
prolongado con la civilización occidental les ha hecho perder muchas de sus
habilidades artesanales tradicionales. Aun así, conservan el conocimiento para
elaborar hamacas, arcos, flechas y utensilios domésticos, vestigios de una
cultura que resiste al olvido.
Los Machineris
siguen navegando entre ríos y fronteras, entre el rechazo y la dignidad.
Invisibles para muchos, continúan afirmando su identidad en silencio,
sosteniéndose en la familia, la memoria y la selva que aún los reconoce como
suyos.
miércoles, 14 de enero de 2026
Los Ayoreos: cronica de una cultura, entre la selva y la ciudad
Asentados en el oriente boliviano, principalmente en Santa Cruz, los ayoreos —apenas 3.200 habitantes— enfrentan un proceso irreversible de aculturación que pone en tensión su vida comunitaria, su espiritualidad y una memoria ancestral forjada en la selva.
En el oriente
boliviano, donde la selva todavía respira entre desmontes y caminos de
tierra, sobrevive el pueblo ayoreo. Son pocos: alrededor de 3.200 personas que,
hasta no hace mucho, caminaban el monte con la certeza de que la vida era
colectiva, solidaria y profundamente respetuosa del prójimo y de la naturaleza.
Ellos se
autodenominan ayoreode, que en su lengua significa “nosotros, los hombres de la
selva”. Quienes tuvieron los primeros contactos los llamaron zamucos, por el
dialecto que hablan y porque durante décadas recorrieron el bosque desnudos,
ajenos a la mirada occidental. Hasta los años 80, los ayoreos conservaban un
estilo de vida nómada, desplazándose en pequeños grupos familiares guiados por
el linaje y las decisiones de los jefes de clan.
No todos
aceptaban esas decisiones. Algunas familias, disconformes con la autoridad
tradicional, optaron por migrar. Esos desplazamientos marcaron el inicio de una
presencia cada vez más visible de ayoreos en la ciudad de Santa Cruz, un
destino que aceleró el contacto, la mezcla y, con ello, la pérdida paulatina de
prácticas ancestrales.
Entre las
costumbres más impactantes de este pueblo estaba la forma de enfrentar la
muerte. Cuando un anciano sentía que sus fuerzas lo abandonaban y que la vida
se acercaba a su final, decidía apartarse del grupo. Fiel a la tradición, se
recostaba bajo un árbol y aguardaba inmóvil el desenlace. No era abandono ni
castigo: era un acto de responsabilidad colectiva. Los estudios antropológicos
coinciden en que, al ser un pueblo nómada, el ayoreo anciano prefería no
retrasar la marcha del grupo que debía avanzar en busca de alimento.
Con el paso de
los años, esta práctica fue desapareciendo, diluida por la convivencia con
campesinos y colonos del oriente. La asimilación llegó de forma lenta, pero
constante, erosionando rituales, lenguas y formas de entender la vida.
Las crónicas
antiguas de Santa Cruz retratan a los ayoreos como habitantes de las periferias,
tan temidos como perseguidos. En algunos casos, fueron cazados como animales,
víctimas de una violencia que hoy apenas se menciona, pero que dejó cicatrices
profundas en la memoria colectiva.
Pese a todo, los
ayoreos conservan con celo su espiritualidad. Sus ceremonias funerarias,
similares a las del pueblo esse ejja —vecino territorial—, incluyen el entierro
de los difuntos junto a sus objetos personales y abundante alimento: carne de
jochi, chancho de monte, venado y anta. Es una despedida que asegura el
tránsito al otro mundo con dignidad.
martes, 13 de enero de 2026
Los Moxeños: herederos del agua y del monte
Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.
En el corazón de
Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día
sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo
tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La
leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga
que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal
de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.
“Mojos” proviene
del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se
quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien
rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los
carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los
llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.
La salud, hasta
hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y
brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos
equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es
crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.
Investigaciones
señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos
de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la
demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas
cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la
autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de
entre 10 y 40 familias, a veces más.
El siglo XVII
marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las
reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder.
Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una
profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo
de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los
pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo
aprendido con lo propio.
Pedro Ignacio
Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente.
Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y
plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.
Hoy, el sistema
cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus
pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo
en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y
juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la
vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las
fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.
La economía es
diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco,
una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y
arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y
practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la
pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los
peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.
Pocos saben que
los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso
más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron
estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la
materia orgánica del suelo.
Además, elaboran
objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se
impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales.
Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en
generación.
Así, entre la
Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos:
viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el
monte, si se lo respeta, siempre responde.
lunes, 12 de enero de 2026
Los Araonas: del dominio de los ríos al borde de la desaparición
s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.
Los araonas
habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y
dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese
conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del
caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se
beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y
los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.
La presencia
araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios
antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes
de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la
naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.
Para los araonas,
el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados,
verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva
y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio
entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede
acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.
En la
organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en
la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos
político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas,
en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica
que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.
La historia
reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales
indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica
reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante
la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas
masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.
La escasez de
mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del
matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta
tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre
la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta
ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a
la desaparición.
El actual capitán
grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus
padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de
uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32
mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja
a varios varones sin pareja ni descendencia.
Esta situación ha
provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte
entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez
dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria,
sino por el derecho básico a seguir existiendo.
domingo, 11 de enero de 2026
Los Yaminahua: un pueblo dividido que lucha por no desaparecer
Aislados en el extremo norte de Pando y reducidos a menos de 400 personas, los yaminahua enfrentan una silenciosa amenaza: la fragmentación interna, la pérdida paulatina de sus creencias ancestrales y la presión ex
terna que pone en riesgo su supervivencia cultural.
La etnia yaminahua, uno de los pueblos amazónicos menos numerosos de Bolivia, atraviesa una etapa crítica de su historia. Divididos internamente y con una población cada vez más reducida, su existencia se debate entre la preservación de antiguas tradiciones y la influencia creciente de modelos externos que erosionan su identidad.
Tradicionalmente,
la base de la organización social yaminahua fue la familia extensa, un
entramado de lazos medianos de parentesco que garantizaba cohesión y apoyo
comunitario. En la actualidad, esta estructura ha sido desplazada por la
familia nuclear, donde el padre es reconocido como jefe del hogar. Sin embargo,
a diferencia de otras culturas, la mujer conserva un rol decisivo: es ella
quien puede poner fin a una relación y elegir de inmediato a otra pareja dentro
del mismo grupo, ejerciendo control sobre el matrimonio y la vida conyugal.
Aunque los
yaminahua aún conservan buena parte de sus tradiciones materiales e
ideológicas, estas se practican de forma cada vez más tenue. La influencia
mercantilista proveniente del Brasil y la presencia activa de iglesias
evangélicas han modificado costumbres y creencias que antes daban sentido a la
vida comunitaria. Según registros de 2004, la población yaminahua alcanzaba
apenas las 395 personas, una cifra que evidencia su extrema vulnerabilidad
demográfica.
Su cosmovisión ancestral es claramente politeísta. Entre sus divinidades destaca la víbora sicurí, una imponente serpiente de agua considerada sagrada por sus antepasados. Hasta hoy, los yaminahua evitan matarla, salvo en situaciones de peligro extremo. Incluso entonces, intentan ahuyentarla sin causarle daño, en señal de respeto a un ser que aún ocupa un lugar simbólico en su memoria cultural.
La escasa población se encuentra hoy profundamente dividida entre evangélicos y no evangélicos, creyentes y no creyentes. Estas diferencias han generado tensiones internas: los conversos acusan a los otros de alcoholismo y sacrilegio, mientras que estos responden calificándolos de oportunistas. La fractura social se convierte así en un nuevo factor de debilitamiento colectivo.
Pese a ello, la
magia y el curanderismo siguen ocupando un lugar central en el imaginario
yaminahua. El consumo ritual de ayahuasca, un potente alucinógeno, forma parte
de sesiones comunitarias de curación y concentración espiritual, en las que
aseguran recibir consejos y presagios de los espíritus de la selva y de sus
antepasados.
En el plano
económico, su subsistencia depende principalmente de la caza, la pesca y la
recolección de frutos silvestres, complementadas con el cultivo de arroz, yuca,
maíz y plátano, además de la elaboración de artesanías. Actividades que no solo
aseguran el alimento diario, sino que también mantienen un vínculo vital con la
selva amazónica.
Hoy, el pueblo
yaminahua resiste entre la memoria y el olvido. Su mayor desafío no es solo
sobrevivir físicamente, sino evitar que su cultura se diluya definitivamente en
el silencio de la Amazonía.
sábado, 10 de enero de 2026
Los Yuracarés: la eterna marcha hacia la Loma Santa, la tierra sin mal
a cultural, la presión territorial y la herencia de la colonización, este pueblo indígena mantiene viva su aspiración de libertad y armonía con la naturaleza.
La historia de
este pueblo indígena se extiende por al menos cuatro departamentos del país —La
Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Beni— adonde llegaron tras un largo proceso de
desplazamientos forzados y migraciones internas. De naturaleza humilde y
tradicionalmente nómada, los yuracarés fueron durante décadas un pueblo casi
invisible para el Estado boliviano, hasta bien entrada la década de los 90.
El punto de
quiebre llegó tras años de promesas incumplidas por los gobiernos de turno.
Junto a otros pueblos indígenas de tierras bajas, los yuracarés protagonizaron
la histórica “Marcha por el Territorio y la Dignidad”, una movilización que los
sacó del anonimato y los colocó en la agenda nacional como sujetos de derechos
y portadores de una demanda largamente postergada.
Desde 2004, la
organización interna de la etnia se ha fortalecido. Su economía se sustenta
principalmente en la agricultura, conservando técnicas tradicionales de cultivo
de arroz, maíz, yuca y plátano. La caza, práctica complementaria, se realiza
con arco y flecha, cuya punta es impregnada con resina del árbol de Solimán,
una sustancia que “tranquiliza” a los animales, según el saber ancestral.
Sin embargo, la
presión sobre su territorio no ha cesado. En los últimos años, la migración de
colonizadores y cocaleros hacia el norte de Cochabamba ha obligado a los
yuracarés a replegarse aún más, confinándolos a espacios cada vez más
reducidos, muchos de ellos en zonas que históricamente pertenecieron a
territorio moxeño.
La colonización marcó profundamente su historia. Fueron desplazados hasta lo que hoy se conoce como Ivirgarzama —“cántaro lleno de agua” en lengua yuracaré— en el actual trópico cochabambino. Más tarde, los misioneros jesuitas los trasladaron a Villa Tunari, donde aprendieron el castellano y vieron transformados muchos de sus usos y costumbres.
Pero la vida
comunitaria impuesta no se ajustaba a su cultura. El trabajo forzado y el nuevo
entorno afectaron su organización social, provocando una dispersión progresiva:
algunos grupos se asentaron a orillas del río Ichilo; otros migraron al Isiboro
Sécure, ya en las tierras bajas del Beni.
Hoy, pese a la
influencia católica y los cambios sociales, los yuracarés continúan su
infatigable peregrinar. En su cosmovisión, la imagen de lo divino se entrelaza
con elementos cristianos, sin borrar del todo la raíz ancestral. La aspiración
que se transmite de generación en generación sigue intacta: vivir en paz, en
libertad y en profunda comunión con la naturaleza, mientras la Loma Santa
continúa siendo horizonte y destino.
viernes, 9 de enero de 2026
Los Chimanes: la cultura que castiga la ira con el monte
s de la convivencia comunitaria, el respeto a la naturaleza y la transmisión de saberes ancestrales.
En las
comunidades chimanes, la organización social gira en torno a la familia
nuclear, integrada por parientes directos, aunque articulada con otras familias
emparentadas. Este entramado social permite la convivencia y el apoyo mutuo,
pilares fundamentales para la supervivencia cultural de este pueblo amazónico.
Una de las normas
más singulares de la cultura chimán es la prohibición del enojo. Para ellos, la
ira atrae la mala suerte e incluso puede provocar la muerte. Cuando algún
integrante de la comunidad se deja dominar por este sentimiento, es enviado al
monte por un tiempo, hasta recuperar la calma y restablecer el equilibrio
espiritual.
Antes de los
procesos de evangelización, la poligamia era una práctica aceptada: los varones
podían casarse con dos hermanas o con varias mujeres. Los asentamientos, por lo
general pequeños, están formados por un solo grupo de viviendas, habitadas por
personas unidas por lazos de parentesco cercano, lo que refuerza la cohesión
social.
El matrimonio
también cumple una función territorial. Los chimanes suelen casarse entre
miembros de su propio pueblo como una forma de proteger sus tierras. Una vez
consolidada la unión, la nueva pareja se establece en el lugar de residencia de
la familia materna de la mujer, bajo un sistema conocido como gineco–estático.
En la vida cotidiana, en las reuniones y en los eventos internos, el idioma
nativo chimán sigue siendo la lengua predominante.
Las viviendas
tradicionales, conocidas como pahuichis, son construidas con palmeras extraídas
del monte y transportadas hasta el lugar de asentamiento. La instalación de los
techos se realiza de manera comunitaria. Si bien en el pasado esta tarea estaba
reservada únicamente a los hombres, hoy participan las mujeres y toda la
familia, reflejando cambios paulatinos en la organización del trabajo.
La cosmovisión
chimán se sustenta en la creencia en Dojity y Micha, divinidades hermanas —uno
travieso y el otro formal— a quienes atribuyen la fundación del mundo, la creación
del ser humano, la flora y la fauna. El respeto por estas creencias se
manifiesta en el profundo vínculo con la naturaleza, así como en el
conocimiento de la medicina natural y en la destreza artesanal, especialmente
en tejidos de jatata, algodón y fibra vegetal.
La economía
chimán se basa principalmente en la pesca, la recolección de frutos y fibras
vegetales. En sus chacos cultivan alimentos como yuca, arroz, plátano, tomate,
caña de azúcar y palta. También siembran tabaco y algodón, productos que complementan
su subsistencia y fortalecen su autosuficiencia.
Entre normas que
buscan la armonía espiritual y prácticas que preservan su identidad, los
chimanes continúan defendiendo una forma de vida en equilibrio con la selva,
donde la calma, la familia y la tradición son la base de su existencia.
Texto y foto: Richard Ilimuri
jueves, 8 de enero de 2026
Los Chácobos: rituales de unión que preservan la vida ancestral en la Amazonía boliviana
amazónica que mantiene vigentes tradiciones ancestrales para asegurar la convivencia, la salud y la continuidad de su comunidad en el llano boliviano.
En las
profundidades de la Amazonía boliviana, el pueblo chácobo conserva un sistema
de creencias y rituales que lo distingue de otras naciones indígenas vecinas.
Sus prácticas, transmitidas de generación en generación, buscan garantizar el
equilibrio social y el bienestar colectivo, especialmente en el ámbito del
matrimonio y la formación de pareja.
Investigadores
que compartieron largas temporadas con miembros de esta etnia destacan el
peculiar ritual que antecede a la unión conyugal y las costumbres asociadas al
concubinato. Entre los chácobos, las parejas se forman generalmente —y con
preferencia— entre primos, en un esquema donde la decisión final recae siempre
en el hombre. El ideal es convertir en esposa a la hija del hermano de la
madre, a quien el futuro esposo denomina guane.
El ritual de
noviazgo se inicia de manera discreta: el joven comparte la hamaca con su prima
durante un tiempo, hasta que la relación es descubierta por los padres o los
sorprenden en flagrancia. En ese momento, el muchacho suele huir, no como señal
de renuncia, sino por temor a una posible agresión de la familia de su
enamorada.
La siguiente
etapa del rito es decisiva. Provisto de arco y flecha, el joven se interna en
la selva para cazar o pescar. La presa obtenida debe ser entregada a la guane,
quien la destina al consumo de toda su familia, acompañada de alimentos como
arroz, yuca o plátano. Este gesto simboliza la hombría del pretendiente y su
capacidad de sostener un hogar. Superada esta prueba, el camino queda allanado
para formalizar la unión, dando por materializado el matrimonio.
Existen también
variantes dentro de la tradición. En algunos casos, si un cazador chácobo
entrega su presa a una mujer viuda o divorciada y ella la acepta, puede
establecerse una unión. Sin embargo, estas relaciones no gozan del mismo
reconocimiento ni del mismo estatus social que las formadas bajo el ritual
tradicional.


















