miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Oro Perdido del Titicaca: Leyenda Inca del Tesoro Sumergido y su Maldición Eterna

Dicen los pueblos del Altiplano que el lago más alto y sagrado del mundo no solo guarda agua, sino memoria.

En sus profundidades, donde el azul se vuelve silencio, yace —según la tradición oral y antiguos relatos coloniales— uno de los mayores secretos de la historia andina: el oro inca que jamás fue entregado.

Corría el tiempo de la conquista española. El Imperio Inca, herido pero aún poderoso, reunió cantidades inmensas de oro y plata para pagar el rescate de su emperador Atahualpa, capturado por los hombres de Francisco Pizarro. Templos, palacios y santuarios fueron despojados de sus metales sagrados con la esperanza de salvar una vida que encarnaba al sol. Pero la promesa nunca fue cumplida. Atahualpa fue ejecutado y, con él, se quebró la palabra.

La noticia se extendió como un lamento por los Andes. Entonces, los amautas y curacas tomaron una decisión definitiva: ninguna de sus riquezas debía caer en manos de los invasores. El oro, que para los incas no era moneda sino símbolo divino, debía regresar a la Pachamama.

Caravanas silenciosas comenzaron a desaparecer en la noche. Cargamentos enteros de piezas rituales —máscaras, estatuillas, discos solares y vasos ceremoniales— fueron ocultados en cuevas, ríos y lugares sagrados. Algunos cronistas de la época relataron que una parte significativa de ese tesoro fue arrojada al Lago Titicaca, considerado el lugar de origen del mundo, donde según la cosmovisión andina nacieron el Sol, la Luna y los primeros incas.

Desde entonces, el fondo del lago se convirtió en santuario y tumba. Expediciones posteriores hablaron de objetos metálicos brillando bajo el agua, de redes que emergían pesadas y de hombres que regresaban con las manos vacías y la mirada extraviada. Así nació la leyenda de la maldición: quien intente apropiarse del oro sagrado estaría condenado a la desgracia, como si los antiguos espíritus aún custodiaran su legado.

A lo largo de los siglos, aventureros, buscadores de fortuna y exploradores modernos han intentado descifrar el misterio. Algunos desaparecieron, otros abandonaron el intento sin explicación. El tesoro, si existe, parece resistirse a ser encontrado.

Hoy, el Lago Titicaca sigue allí, inmenso y sereno, reflejando el cielo andino como un espejo antiguo. Sus aguas guardan más preguntas que respuestas. ¿Permanece aún ese oro en el fondo, intacto, esperando? ¿O la verdadera riqueza es la historia que se niega a ser olvidada?

En el Altiplano, nadie lo duda: hay secretos que no están hechos para ser descubiertos.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 30 de diciembre de 2025

Iyambae: la nación chiriguano sin dueño que hizo del Chaco su frontera

“Iyambae”, sin dueño. Así se nombraron a sí mismos los chiriguanos, un pueblo al que no pudieron someter ni los Incas ni los españoles y que, aun golpeado por la República, sobrevivió para convertirse en una de las raíces más profundas del Chaco boliviano. Esta es la crónica de una resistencia larga, orgullosa y todavía viva.

En el sudeste de Bolivia, donde el monte parece no terminar nunca y el viento del Chaco arrastra memorias antiguas, los chiriguanos levantaron durante siglos una frontera invisible. No era una línea en los mapas, sino un territorio defendido con identidad, guerra y una idea clara de sí mismos: ore jae iyambae, nosotros somos sin dueño.

Durante la época hispana, las actuales provincias de Cordillera, Luis Calvo, Hernando Siles, Gran Chaco, O’Connor y parte oriental de Arce conformaban la llamada frontera chiriguana. Era un tapón infranqueable para el avance español y una barrera que protegió por generaciones a los pueblos chaqueños del Boreal y del Chaco Central, la antigua Gualamba. Allí, la conquista se detenía.

Los chiriguanos no eran un pueblo homogéneo ni obedecían a un solo mando. Eran, en esencia, hombres y mujeres libres. Mestizos de mujeres chanés y guaraníes llegados desde más allá del río Paraguay en el siglo XV —o chanés profundamente guaranizados—, construyeron una cultura orgullosa, con un alto concepto de sí mismos. Para ellos, casi todos los demás eran inferiores: podían convertirse en tapí (esclavos). A los pueblos nómades de la llanura los llamaban yanaigua, gente del monte; a otros, itirumbae, los sin camisa. Incluso a los chiquitanos los reducían al nombre de tapí miri, pequeños esclavos.

Soberbios, sí, pero también estratégicos. Miraban a los españoles como iguales, vestían como ellos y solo reconocían cierta dignidad guerrera en los tobas del Pilcomayo, enemigos históricos con los que, sin embargo, sellaban alianzas cuando el peligro era común. Esa lógica de guerra y conveniencia los sostuvo durante siglos.

Desde el pie de monte, los chiriguanos enfrentaron primero a los Incas y luego a los españoles sin ser conquistados. El Sapa Inca Túpac Yupanqui intentó expulsarlos; fracasó. En 1570, ya en tiempos coloniales, el propio rey de España les declaró la guerra. El virrey Toledo ingresó al Chaco con tropas hispanas e indígenas charcas, pero fue derrotado en una guerra de guerrillas y tierra arrasada. Salió enfermo, en litera, mientras las “cuñas viejas” chiriguanas lo despedían con cantos burlones que aún resuenan en la memoria histórica.

Durante todo el período colonial, su territorio permaneció libre de colonos. Aceptaron negros esclavos huidos, criollos renegados y aventureros, siempre que vivieran como ellos y lucharan por ellos. Comerciaron con los pueblos de frontera y, en ocasiones, algunas parcialidades capturaron gente de otros pueblos para venderla como esclava. La libertad no estaba exenta de contradicciones.

El ocaso comenzó con la República. Paradójicamente, los chiriguanos habían luchado por la independencia junto a Juana Azurduy y las fuerzas revolucionarias de Mercado en Santa Cruz. Pero el nuevo Estado trajo repartos de tierra, haciendas, misiones y fortines. Entre 1825 y 1880 se sucedieron levantamientos locales, hasta que en 1891 estalló la gran guerra mesiánica encabezada por Apiaguaki Tumpa.

El 28 de enero de 1892, en Kuruyuqui, seis mil querembas fueron derrotados por tropas bolivianas. El mundo chiriguano se quebró. Algunos se alzaron; otros, como los de Macharetí, optaron por migrar a los obrajes argentinos. Tras la derrota, vino el reparto de personas y tierras, el nacimiento de los apatronados, la huida al Pilcomayo, el refugio en misiones franciscanas o el exilio laboral en la abaporenda.

Con el siglo XX, el nombre chiriguano comenzó a desaparecer, sustituido por guaraní o ava, hombre. Hoy, el guaraní es lengua oficial de Bolivia y la tercera más hablada. Cerca de 60 mil personas se reconocen como guaraníes, con variantes lingüísticas ava, isoseña y simba. En Salta y Jujuy, del lado argentino, los descendientes de aquellos avas mantienen la misma cultura y lazos familiares intactos.

En la Guerra del Chaco, marginados pero presentes, muchos guaraníes combatieron como soldados, guías, arrieros y logísticos. Figuras como el mburuvicha Bacuire dejaron huella y fundaron comunidades como Tentayape, el “último pueblo”, donde la cultura guaraní sigue viva. Incluso durante la ocupación paraguaya de Charagua, la memoria recuerda actos silenciosos de resistencia que sembraron miedo en el invasor y facilitaron la retirada.

Hoy, el Chaco es una región trabajadora, de identidad fuerte y costumbres propias, profundamente marcadas por la herencia guaraní. Una tierra que entregó al país enormes recursos, pero que sigue recordando, en voz baja y firme, aquella antigua consigna que nunca se rindió: iyambae, sin dueño.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

lunes, 29 de diciembre de 2025

Rugiendo entre el polvo y la selva: el primer automóvil que unió Cobija y Porvenir

A comienzos del siglo XX, cuando la Amazonía boliviana aún se movía al ritmo de canoas y caballos, un objeto extraño y ruidoso irrumpió en el paisaje: el automóvil. Su llegada a la ruta entre Cobija y Porvenir no solo acortó distancias, sino que marcó un quiebre simbólico entre el aislamiento y la modernidad. En 1909, el delegado del Gobierno, Emilio Benavides, dejó testimonio de aquel acontecimiento que parecía sacado del futuro.

A inicios del siglo XX, el territorio de Pando vivía tiempos de transición. La economía cauchera había convertido a Cobija en un punto estratégico de intercambio, mientras Porvenir se consolidaba como enclave productivo y administrativo. Sin embargo, entre ambas poblaciones se extendía una geografía difícil: caminos improvisados, barro en época de lluvias y polvo espeso durante la estación seca, atravesados por selva, ríos menores y llanuras inhóspitas.

Hasta entonces, el traslado dependía de mulas, carretas y largos recorridos fluviales. El viaje podía tomar días enteros, con riesgos constantes y una logística compleja. Por eso, la aparición del automóvil fue vista como una auténtica hazaña técnica. No era solo una máquina: era una promesa de integración, velocidad y dominio del territorio.

En 1909, Emilio Benavides, delegado del Gobierno en la región, registró el uso del automóvil en esta ruta. Sus anotaciones describen la sorpresa de los pobladores ante aquel vehículo que avanzaba levantando nubes de polvo, superando lodazales y sorteando obstáculos que antes parecían infranqueables. El ruido del motor rompía el silencio de la selva y anunciaba que una nueva época estaba comenzando.

El automóvil no circulaba por carreteras en el sentido moderno. Se abría paso por senderos adaptados, reforzados de manera rudimentaria, donde la pericia del conductor era tan importante como la resistencia de la máquina. Cada trayecto era una prueba, y cada llegada, un acontecimiento que convocaba miradas curiosas y comentarios incrédulos.

Más allá de lo técnico, el impacto fue social y simbólico. El vehículo representó la presencia del Estado, el avance de la administración y la posibilidad de un control más efectivo del territorio amazónico. También fortaleció los vínculos comerciales, facilitando el transporte de correspondencia, autoridades y mercancías ligadas a la economía del caucho.

Con el tiempo, otros medios y caminos reemplazarían a esos primeros recorridos, pero la experiencia quedó grabada en la memoria regional. Aquel automóvil entre Cobija y Porvenir no solo acortó distancias físicas: abrió una brecha temporal, llevando a la Amazonía boliviana desde el siglo XIX hacia un siglo XX cargado de expectativas, desafíos y sueños de progreso.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

domingo, 28 de diciembre de 2025

Yossi Ghinsberg: el israelí que sobrevivió solo en la selva boliviana

En 1981, la Amazonía boliviana fue escenario de una de las historias de supervivencia más extremas del siglo XX. Yossi Ghinsberg,
un joven aventurero israelí de apenas 21 años, se perdió durante tres semanas en la espesura selvática del norte de Bolivia, enfrentando hambre, enfermedades, animales salvajes y la soledad absoluta. Su increíble travesía no solo quedó registrada en su libro Jungle, sino que décadas después inspiró una película protagonizada por Daniel Radcliffe.

La selva amazónica boliviana no perdona errores. En 1981, Yossi Ghinsberg lo aprendió de la forma más dura. Movido por el espíritu aventurero y el sueño juvenil de encontrar comunidades indígenas desconocidas, el israelí se internó en la región del río Tuichi, en el departamento de La Paz, acompañado inicialmente por otros viajeros. Lo que comenzó como una expedición prometedora terminó convirtiéndose en una lucha desesperada por sobrevivir.

Una serie de malas decisiones, sumadas a la falta de experiencia y a la traicionera geografía amazónica, provocaron que Ghinsberg se separara del grupo. En cuestión de horas, quedó completamente solo, sin mapa, sin provisiones y sin posibilidad de orientarse. La selva lo envolvió como un laberinto vivo, donde cada paso podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Durante 21 días, Yossi sobrevivió alimentándose de lo que encontraba: frutas silvestres, huevos de aves y pequeños animales. Perdió peso de forma dramática, sufrió infecciones, picaduras constantes y heridas que no sanaban. El clima, con lluvias torrenciales y humedad extrema, agravó su estado físico y mental. En varios momentos, estuvo al borde de rendirse.

Uno de los episodios más aterradores ocurrió cuando se encontró cara a cara con un jaguar, el mayor depredador de la región. El animal lo observó durante largos segundos, en un silencio absoluto que Ghinsberg describió después como uno de los momentos más intensos de su vida. Contra todo pronóstico, el jaguar se alejó, dejándolo con vida.

La selva también puso a prueba su fortaleza psicológica. Ghinsberg comenzó a sufrir alucinaciones, hablaba solo y luchaba por mantener la esperanza. Aun así, se aferró a una idea simple pero poderosa: seguir el curso del río, convencido de que el agua, tarde o temprano, lo conduciría a la civilización.

El milagro llegó cuando fue finalmente rescatado por habitantes de la zona, tras un viaje extremo que desafió toda lógica de supervivencia. Contra las estadísticas y las probabilidades, Yossi Ghinsberg salió con vida de la selva boliviana, convirtiéndose en un símbolo de resistencia humana frente a la naturaleza indomable.

Años después, su experiencia fue plasmada en el libro Jungle —también conocido como Back from the Tuichi— donde relató con crudeza y honestidad cada momento de su odisea. La historia alcanzó proyección mundial cuando fue adaptada al cine en la película Jungle (2017), protagonizada por Daniel Radcliffe, llevando la Amazonía boliviana y esta impactante historia real a millones de espectadores.

Hoy, más de cuatro décadas después, la travesía de Yossi Ghinsberg sigue siendo una advertencia sobre los peligros de la selva, pero también un testimonio extraordinario del instinto de supervivencia, la voluntad humana y la delgada línea que separa la vida de la muerte en uno de los territorios más salvajes del planeta.


Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 27 de diciembre de 2025

La lúcuma: el azucar de los incas sostuvo un imperio

Mucho antes de que el azúcar refinado dominara las mesas del mundo y enfermara silenciosamente a millones, los Incas ya conocían un secreto dorado. En los valles andinos, entre terrazas agrícolas y caminos de piedra, una fruta cremosa y fragante sostenía jornadas largas sin fatiga ni desplomes: la lúcuma, el endulzante natural que ofrecía dulzor con equilibrio y energía sin castigo.

La historia no comienza en un laboratorio ni en un supermercado moderno, sino en los Andes. Allí, donde el sol cae vertical sobre la cordillera y el trabajo exige resistencia física y mental, la alimentación no era un asunto menor. Los Incas sabían que el cuerpo necesitaba constancia, no sobresaltos. Por eso recurrieron a la lúcuma, una fruta humilde en apariencia, pero poderosa en efecto.

A diferencia del azúcar refinado —ese invento tardío que promete energía inmediata y luego cobra su precio en cansancio, irritabilidad y ansiedad— la
lúcuma actuaba en silencio. Su dulzor no era agresivo, su efecto no era explosivo. Alimentaba de a poco, como el amanecer en la sierra: lento, firme y sostenido. Hoy la ciencia le pone nombre a ese efecto que los antiguos ya intuían: índice glucémico bajo y energía estable durante horas.

El secreto está en su composición. La lúcuma no se rinde a los azúcares simples; prefiere los carbohidratos complejos y la fibra soluble. En el cuerpo, esto se traduce en una liberación gradual de glucosa, sin picos ni caídas bruscas. Mientras el azúcar refinado dispara y derrumba, la lúcuma acompaña. Por eso es aliada del trabajador incansable, del estudiante concentrado, del atleta que necesita constancia y no espejismos.

Investigaciones modernas confirman lo que la tradición sostuvo por siglos: la lúcuma inhibe la enzima alfa-glucosidasa, retrasando la absorción de la glucosa y manteniendo estable el azúcar en sangre. No es solo prevención; es cuidado activo. En personas con prediabetes y diabetes, su consumo regular ha mostrado mejoras reales en la sensibilidad a la insulina y en marcadores como la hemoglobina glicosilada. El “oro de los Incas” no solo endulza, también protege.

Pero la lúcuma va más allá del control glucémico. Es un alimento completo: vitaminas del complejo B que alimentan el sistema nervioso, beta-caroteno que protege las células, vitamina C que refuerza defensas, minerales esenciales como hierro, potasio, calcio y magnesio, y una fibra que ordena la digestión. En pocas calorías, entrega nutrición real, no promesas vacías.

No es casual que los Incas la valoraran como un tesoro. La usaban fresca, en bebidas y preparaciones dulces, sin saber de índices ni enzimas, pero con la certeza empírica de que funcionaba. Con ella, los constructores de Machu Picchu levantaron muros imposibles sin recurrir a estimulantes artificiales ni azúcares adictivos.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el exceso de azúcar se ha convertido en epidemia global, la lúcuma reaparece como respuesta ancestral a un problema moderno. Un dulzor que no enferma, una energía que no se derrumba, un legado que recuerda que la verdadera innovación, a veces, está en mirar hacia atrás.

La lúcuma no es moda ni milagro: es memoria viva de una civilización que supo alimentar el cuerpo con inteligencia. Y en cada cucharada, sigue brillando ese antiguo oro dulce que no agota, sino que sostiene.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

viernes, 26 de diciembre de 2025

Los Shuar: la etnia de la amazonia que desaparece para sobrevivir

En la frontera viva entre Ecuador y Perú, donde la selva no es paisaje sino conciencia, el pueblo shuar aprendió a sobrevivir no imponiéndose, sino borrándose del peligro. Esta es la crónica de Wáinki, un aprendiz del silencio, y de una estrategia ancestral que desafía al mundo moderno: resistir sin ofrecer superficie

En la frontera entre Ecuador y Perú, donde la selva se vuelve densa como un sueño que no quiere despertar, viven los shuar. Durante siglos fueron temidos por exploradores y militares. Los llamaban salvajes. Ellos preferían otra palabra: guardianes.

Un joven llamado Wáinki creció escuchando historias sobre hombres capaces de volverse invisibles. No invisibles como en los cuentos, sino invisibles para el peligro. En su lengua no hablaban de magia, sino de entrar en el bosque como si no hubiera frontera entre el cuerpo y las hojas.

Su abuelo decía que el primer paso no era aprender a cazar. Era aprender a no estar.

Una tarde, Wáinki lo acompañó a lo profundo de la selva. No hubo instrucciones claras. El anciano se sentó en silencio y le pidió algo aparentemente absurdo: que no pensara en nada.

Wáinki fracasó en segundos.

La mente no callaba. Recordaba voces, tareas, preocupaciones. El abuelo esperó. Horas. Sin apuro.

Al anochecer, el anciano habló por fin:

—El bosque no teme a quien camina. Teme a quien llega demasiado lleno de sí mismo.

Durante meses repitieron el mismo ejercicio. Respirar. Vaciarse. Escuchar. Hasta que el corazón dejó de pelear con el silencio. Hasta que Wáinki pudo permanecer quieto sin sentir urgencia. Entonces el abuelo lo llevó al río.

—Ahora sí —dijo—. Mira.

No había nada que ver. O eso creyó. Luego lo notó: los peces se acercaban, los insectos no huían, los pájaros seguían cantando. El bosque no lo registraba como intruso.

—Eso es desaparecer —murmuró el anciano.

Los shuar habían sobrevivido siglos no por la violencia —aunque supieron usarla— sino por la precisión. Caminaban días sin dejar rastro. Entraban y salían de territorios enemigos como sombras imposibles de fijar en un mapa. Los militares lo atribuyeron a lo inhóspito del terreno. El bosque sabía la verdad: no se enfrentaban al entorno, se convertían en parte de él.

Wáinki aprendió que el movimiento más poderoso no siempre es avanzar, sino saber cuándo detener la intención.

Con el tiempo llegaron los hombres de fuera. Traían promesas: carreteras, madereras, progreso. Ofrecían empleo, escuelas, ruido. Algunos aceptaron. Otros observaron en silencio.

Un día, una empresa intentó instalar maquinaria en un área que los shuar consideraban viva en más de un sentido. No hubo marchas ni discursos. Hicieron algo distinto.

Desaparecieron.

Cuando los ingenieros regresaron no encontraron a nadie. Ni huellas. Ni campamentos. Ni herramientas. Nada. El bosque estaba intacto. Semanas después la maquinaria comenzó a fallar: lluvias imprevistas, deslizamientos, rutas perdidas. Nada espectacular. Solo una lenta imposibilidad.

Un técnico extranjero le preguntó a Wáinki —ya adulto— si habían hecho algo.

Wáinki sonrió apenas.

—A veces —dijo— la resistencia no es enfrentarse. Es no ofrecer superficie.

No era evasión. Era estrategia ancestral. Los shuar sabían que el mundo moderno confunde presencia con poder. Ellos habían aprendido otra lección: permanecer intacto no siempre es seguir luchando; a veces es volverse inalcanzable.

Hoy muchos shuar son maestros, abogados, enfermeros. Otros siguen cazando, cultivando, caminando en silencio. No viven en el pasado. Transitan el filo entre dos mundos sin dejarse tragar por ninguno.

Wáinki enseña a los jóvenes una nueva forma de desaparecer: no de la selva, sino del ruido que promete identidad instantánea. Les muestra cómo respirar, cómo mirar sin invadir, cómo escuchar sin responder de inmediato.

Un estudiante le preguntó si eso no era rendirse.

Wáinki negó con calma:

—Rendirse es dejar que otros decidan quién eres. Desaparecer es decidir cuándo no entregarte.

En una época que exige estar siempre visible, siempre opinando, siempre expuesto, los shuar practican un arte peligroso para el ego y vital para la supervivencia:

el arte de volverse silencio, para seguir existiendo


Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

jueves, 25 de diciembre de 2025

Manuel Cordoba Rios: El niño que la selva volvió jaguar negro

En 1902, la Amazonía hizo lo que mejor sabe hacer: borrar un nombre y escribir otro. Manuel Córdova-Ríos desapareció a los quince años en la espesura del Mishagua y fue dado por muerto en Iquitos. Siete años después regresó con otra identidad, otro saber y una certeza que incomodó a la ciencia de su tiempo: la selva no mata por azar, enseña a quien aprende a escucharla.

La selva amazónica no solía devolver lo que tomaba. Cuando el adolescente Manuel Córdova-Ríos se perdió entre los árboles altos y el rumor espeso del río Mishagua, la ciudad asumió el desenlace más común. Para su familia quedó el silencio; para los mapas, un vacío verde. Nadie imaginó que, en realidad, el muchacho estaba siendo reescrito.

Manuel fue capturado por los Amahuaca, una tribu aislada y temida, más allá del alcance de misioneros y caucheros. Lo que parecía una sentencia de muerte se convirtió en adopción. El jefe Xanu vio en el muchacho algo distinto: una atención despierta, una paciencia rara. No lo hizo prisionero; lo eligió heredero.

Durante siete años, Manuel dejó de existir. En su lugar nació Ino Moxo, el Jaguar Negro. Bajo la tutela de Xanu, aprendió a leer el bosque como un texto sagrado. Descubrió que la selva no era un muro de ruido verde, sino una farmacia viva de precisión quirúrgica. Supo qué lianas detenían una hemorragia en segundos, qué resinas purgaban parásitos y cómo navegar los reinos de la conciencia a través de la medicina sagrada.

El aprendizaje fue duro. Ayunos prolongados, aislamiento nocturno, dietas estrictas para afinar los sentidos hasta lo improbable: escuchar el crecimiento de las plantas. La selva, decían, habla bajo; Ino Moxo aprendió a oírla.

En 1909, cuando emergió de la espesura y regresó a Iquitos, los médicos quedaron atónitos. La región era un mapa de fiebres y muertes que la medicina occidental no lograba explicar. Donde los doctores veían síntomas, Ino Moxo veía desequilibrios energéticos y botánicos.

Su fama creció a fuerza de resultados. En una ocasión documentada, salvó a un oficial de policía desahuciado por una infección parasitaria masiva. Los hospitales no tenían respuesta. Ino Moxo preparó una mezcla precisa de cortezas, la administró con calma y el hombre expulsó el mal, recuperándose casi de inmediato. No hacía milagros: aplicaba ciencia ancestral.

La reputación cruzó fronteras. En una época que despreciaba lo indígena, científicos, farmacéuticos y botánicos acudieron a él para comprender el curare y otras sustancias neuroactivas. Ino Moxo se volvió el eslabón perdido entre la química del bosque y la farmacología moderna.

Manuel Córdova-Ríos vivió hasta los 91 años y murió en 1978. Pasó sus últimos años en Iquitos, curando con humildad y enseñando una lección incómoda: la selva no es salvaje; es infinitamente sofisticada. El niño que desapareció en 1902 demostró que, a veces, hay que perderse en lo profundo para encontrar las respuestas que el mundo civilizado ha olvidado.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El Chawi de Coroico: agua que enamora y llama al retorno

Dicen en Coroico que hay un manantial que no solo calma la sed, sino que ata el corazón. El Chawi, vertiente legendaria de los Yungas, guarda historias de amor, guerra y promesas cumplidas: quien bebe de sus aguas, se enamora del pueblo y siempre vuelve.

El camino a los Yungas fue abierto a golpe de pico y cansancio por soldados presos del Paraguay durante los más de tres años que duró la guerra. Entre la neblina, la humedad y la nostalgia, muchos de ellos encontraron algo más fuerte que el exilio: el amor por las mujeres yungueñas y por esta tierra fértil y cálida.

Cuenta la leyenda que uno de esos prisioneros, un tal Jiménez, tenía un ritual al terminar la jornada. Se acercaba al Chawi —entonces una vertiente clara— y, antes de beber, murmuraba una promesa: “Tomo esta agüita del Chawi para que me haga volver de mi país a Coroico y casarme con mi amada coroiqueña”. Terminada la guerra, regresó al Paraguay, pero meses después volvió para cumplir su palabra. Se casó y no retornó nunca más.

Desde entonces, El Chawi es más que agua: es memoria viva y destino turístico, patrimonio cultural de Coroico. Sin embargo, hoy su entorno acusa el descuido. Visitantes y pobladores coinciden en una preocupación: la basura y la falta de cultura ciudadana empañan la magia del lugar y dañan la imagen de los sitios turísticos.


La leyenda persiste: quien bebe del Chawi se enamora de Coroico o de un coroiqueño(a). Cuidarlo es honrar esa historia, para que el agua siga llamando al amor y al retorno.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

martes, 23 de diciembre de 2025

Pasto Grande Irupana: un tesoro arqueológico vivo en los Yungas de La Paz

Entre la neblina de los Yungas paceños y los antiguos caminos que conectaron culturas milenarias, el Complejo Arqueológico de Pasto Grande se levanta como uno de los patrimonios históricos más extensos y fascinantes de Bolivia. Ubicado en el municipio de Irupana, este sitio prehispánico —declarado Monumento Nacional y Patrimonio Cultural— invita a viajeros, investigadores y amantes de la historia a recorrer ciudadelas ancestrales, terrazas agrícolas monumentales y paisajes que aún conservan un profundo valor espiritual y cultural.

Pasto Grande ocupa aproximadamente 1.025 hectáreas en el cantón La Plazuela y está conformado por diez antiguas ciudadelas de origen tiahuanacota, organizadas en cuatro sectores. A su alrededor se despliega un impresionante complejo agrícola de más de 250 hectáreas de terrazas con sistemas de riego diseñados para evitar la erosión del suelo, además de depósitos capaces de almacenar hasta 2.000 quintales de producción, evidencia del alto nivel de planificación y conocimiento ancestral.

El sitio fue ocupado entre los años 483 y 1172 d.C., y posteriormente reutilizado por las markas aymaras de Umasuyos y por el Imperio Inca durante los gobiernos de Túpac Inca Yupanqui y Huayna Cápac, cuando se reactivó la producción agrícola, especialmente del cultivo de la hoja de coca. En sus alrededores se conservan cerca de veinte caminos preincaicos y estructuras habitacionales de gran tamaño, comparables a las del Cusco, que refuerzan su importancia como nodo estratégico y cultural.

La experiencia turística se complementa con otros espacios de alto valor simbólico, como el Inca Dormido, una imponente formación rocosa considerada un sitio místico y ritual por las comunidades de Lambate, así como otros centros arqueológicos de la región como Marcapata e Inkataca, que fortalecen el circuito cultural de Irupana.

Pasto Grande no es solo un vestigio del pasado, sino un patrimonio vivo que conecta historia, paisaje y espiritualidad. Su puesta en valor representa una oportunidad para el turismo cultural sostenible en los Yungas, invitando a descubrir una Bolivia ancestral aún poco explorada, donde cada piedra guarda la memoria de civilizaciones que supieron convivir con la montaña y la selva.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

lunes, 22 de diciembre de 2025

Bolivia, un tesoro vivo de culturas y lenguas ancestrales que enriquecen al mundo

Con 36 naciones y pueblos indígena originario campesinos reconocidos la Constitución, Bolivia se consolida como uno de los países más pluriculturales y diversos del planeta. Sus lenguas, tradiciones y cosmovisiones vivas constituyen un patrimonio humano de valor universal.

La imagen celebra la inmensa diversidad cultural de Bolivia, un país donde conviven tradiciones ancestrales, territorios y cosmovisiones que se mantienen vivas gracias a la presencia de comunidades andinas, amazónicas y afrobolivianas. Esta riqueza convierte al país en uno de los territorios más plurales y sorprendentes de América Latina, donde cada pueblo preserva conocimientos milenarios, formas de vida únicas y expresiones culturales consideradas verdaderos patrimonios de la humanidad.

En la parte izquierda se observan representantes de los pueblos quechua y aymara, herederos de la tradición incaica y de civilizaciones aún más antiguas. Sus vestimentas coloridas, tejidos cargados de simbolismo y profunda conexión con la tierra reflejan una identidad que ha perdurado por siglos. El quechua y el aymara, lenguas ancestrales de los Andes, siguen vivas en millones de voces que transmiten música, relatos orales y saberes comunitarios.

A la derecha destaca la presencia de pueblos amazónicos como los pacahuaras, chimanes, mosetenes y otras naciones indígenas que habitan los vastos territorios de la selva boliviana. Sus idiomas, cantos, rituales y expresiones de arte corporal evidencian una relación profunda y respetuosa con la naturaleza. Son guardianes de bosques, ríos y plantas medicinales, portadores de uno de los conocimientos ecológicos más valiosos del planeta.

En la parte inferior se expresa la fuerza, alegría y resiliencia de la comunidad afroboliviana, cuya herencia cultural se manifiesta en la danza, la música y ritmos tradicionales, así como en expresiones espirituales y gastronómicas que enriquecen la identidad de los Yungas. Su historia es también una historia de resistencia, creatividad y lucha por la libertad.

Bolivia es reconocida constitucionalmente como un Estado Plurinacional, multilingüe y multiétnico. Esta diversidad no solo embellece al país, sino que es fundamental para comprender su gastronomía, su música, su arte y su memoria histórica. Cada lengua originaria es un universo vivo que contiene formas únicas de nombrar el mundo, relacionarse con la vida y transmitir conocimientos acumulados por generaciones.

Actualmente, instituciones públicas, comunidades y organizaciones sociales trabajan para preservar estas lenguas y culturas, muchas de ellas en riesgo de desaparecer. Su protección es un compromiso urgente, pues la pérdida de una lengua implica la desaparición de una forma irrepetible de entender el universo.


Texto y foto: Richard Ilimuri

domingo, 21 de diciembre de 2025

La ropa inca: una tecnología ancestral que unía ciencia, poder y naturaleza

Mucho antes de la industria moderna, los incas desarrollaron una sofisticada tecnología textil basada en conocimientos profundos de biología, química, física y diseño. Sus prendas no solo vestían: aislaban del frío extremo, comunicaban estatus social y sostenían el poder económico y político del Imperio.

La imagen revela una verdad poco conocida pero fascinante del mundo andino: para los incas, la ropa no era un simple abrigo, sino el resultado de un sistema tecnológico altamente especializado. Cada prenda sintetizaba siglos de observación de la naturaleza y dominio de procesos complejos, desde la selección de fibras hasta el tejido final.

Todo comenzaba con la obtención de fibras naturales de camélidos sudamericanos como la alpaca, la llama y la vicuña. Esta última producía una fibra tan fina y valiosa que su uso estaba estrictamente reservado al Sapa Inca y a la élite gobernante. Su diámetro microscópico y su extraordinaria capacidad térmica la mantienen, hasta hoy, entre las más finas del mundo.

El hilado era una tarea especializada, realizada principalmente por mujeres expertas mediante el uso del pushka (huso). A través de técnicas manuales de torsión y estirado, lograban hilos resistentes, uniformes y duraderos, capaces de soportar los climas extremos de la cordillera andina.

El teñido constituía una verdadera ciencia natural. Los incas empleaban tintes extraídos de plantas, minerales y animales, como la cochinilla, con la que obtenían más de 20 tonalidades de rojo intenso. Estos colores destacaban no solo por su belleza, sino por su notable resistencia al lavado y al paso del tiempo.

El proceso culminaba en el tejido, elaborado en telares de cintura o verticales. De allí surgían dos grandes tipos de textiles: el awaska, destinado al uso cotidiano, y el cumbi, un tejido finísimo considerado un bien de prestigio, incluso más valioso que el oro. Sus diseños geométricos transmitían información clave sobre estatus social, identidad cultural y pertenencia territorial.

El resultado eran auténticas “prendas tecnológicas”: aislantes térmicos, funcionales, resistentes y cargadas de simbolismo. No es casual que la textilería fuera considerada por el Estado Inca como un pilar económico y político del imperio.

La ropa inca demuestra que la innovación no siempre depende de máquinas modernas, sino de conocimiento profundo, precisión técnica y un respeto inteligente por la naturaleza


Texto: Richard Ilimuri 
Foto: Internet

sábado, 20 de diciembre de 2025

Yunga Cruz: el camino ancestral que une el cielo andino con el corazón de los Yungas

Caminar Yunga Cruz no es solo recorrer una ruta de montaña: es seguir las huellas de los pueblos precolombinos, cruzar paisajes que cambian del frío altiplano al verde profundo de los Yungas y vivir una experiencia donde la naturaleza, la historia y el esfuerzo humano se encuentran.

A más de 3.400 metros sobre el nivel del mar, en la comunidad de Chuñavi, municipio de Irupana, comienza una de las travesías más intensas y simbólicas de Bolivia. El Camino Precolombino de Yunga Cruz desciende desde las alturas andinas hasta las cercanías de Chulumani, siguiendo antiguos senderos que durante siglos conectaron culturas, territorios y formas de vida.

 

Cada paso revela un paisaje distinto: montañas imponentes, neblina que envuelve el camino, bosques húmedos y sonidos de la naturaleza que acompañan al caminante. No es una ruta sencilla; exige resistencia física, aclimatación y respeto por la montaña. Pero la recompensa es profunda: una conexión íntima con la historia, el silencio y la memoria de la tierra.

 
Yunga Cruz es más que un destino de aventura. Es un viaje al pasado, una prueba personal y una invitación a descubrir la riqueza cultural y natural de los Yungas bolivianos, donde el turismo se convierte en experiencia y el camino, en relato vivo.

Richard Ilimuri

viernes, 19 de diciembre de 2025

Los pirahã: la comunidad que solo vive el presente

La tribu que vive sin pasado ni futuro

En una curva silenciosa del río Maici, en plena Amazonía brasileña, existe un pueblo que desconcierta a lingüistas, antropólogos y filósofos desde hace décadas. No por su violencia ni por su aislamiento extremo, sino porque parecen vivir en un mundo donde muchas de nuestras certezas —el tiempo, la memoria, la preocupación— simplemente no existen.


Los pirahã son amables, risueños, curiosos. Y, sin embargo, profundamente extraños para la lógica occidental.

Una tarde, un hombre llamado Xigagai estaba sentado junto al agua reparando una canoa. A su lado se sentó un misionero que llevaba años conviviendo con la comunidad. En medio del silencio del río, le preguntó por su padre.

Xigagai levantó la vista, pensó unos segundos y respondió con absoluta tranquilidad:

la vida de los pirahã, Donde el tiempo se detuvo

—No sé.

El misionero insistió. ¿Había muerto? ¿Vivía en otra aldea?

Xigagai se encogió de hombros.

—Yo no lo vi —dijo—. Entonces no lo sé.

Para los pirahã, el conocimiento solo es válido si procede de la experiencia directa. No creen en relatos heredados, ni en historias antiguas, ni en verdades transmitidas por otros. Si no lo has visto, oído o vivido tú mismo, simplemente no forma parte de tu mundo.

Y eso tiene consecuencias profundas.

Los pirahã no tienen mitos de creación. No conservan historias largas sobre antepasados. No usan números exactos. No conciben el tiempo como pasado, presente y futuro. Viven en un ahora continuo, sólido, completo.

Un lingüista les preguntó una vez cómo decían “mañana”. No supieron responder. Tienen formas de decir “después” o “no ahora”, pero nada que proyecte la mente hacia un futuro abstracto. Tampoco hablan del ayer como algo separado. Lo vivido se integra… o se disuelve.

Eso no significa que sean imprudentes o inconscientes. Todo lo contrario. Observan su entorno con una atención extrema. Saben cuándo el río va a crecer, cuándo un animal es peligroso, cuándo una tormenta se aproxima. No planifican a largo plazo, pero reaccionan con una precisión absoluta.

Una noche, una fuerte crecida arrasó parte de la aldea. Varias chozas desaparecieron bajo el agua. Nadie gritó. Nadie se lamentó. Al amanecer, comenzaron a reconstruir.

El misionero preguntó si no estaban tristes por lo perdido.

Una mujer respondió mientras ataba hojas nuevas:

—El río vino. El río se fue. Nosotros seguimos.

Entre los pirahã no existen jerarquías permanentes ni líderes autoritarios. Las decisiones se toman hablando, observando, esperando. Si alguien se enfada, se enfada. Si alguien se calma, se calma. El resentimiento no se almacena. No hay relatos internos que mantengan viva la herida.

Un antropólogo presenció una fuerte discusión entre dos hombres por una red de pesca. Hubo gritos. Hubo tensión. Al rato, uno se fue a nadar. El otro se puso a cantar. Minutos después, estaban riendo juntos.

—¿Ya está resuelto? —preguntó el antropólogo.

—Ya pasó —respondieron.

Esa forma de vivir tiene un precio. Los pirahã no acumulan. No ahorran. No construyen para el futuro. Y eso los vuelve vulnerables en un mundo que exige previsión, documentos y promesas.

Pero también les da algo que muchos hemos perdido: descanso mental.

Los investigadores observaron que los pirahã duermen poco, en fragmentos cortos, pero casi nunca sufren ansiedad. No anticipan catástrofes que no están ocurriendo. No rumian errores antiguos. No se castigan por decisiones pasadas.

Cuando alguien les explicó el concepto de “preocupación”, uno de ellos preguntó:

—¿Eso sirve para algo?

Nadie supo qué responder.

Hoy, los pirahã siguen viviendo a orillas de su río, presionados por madereros, enfermedades externas y leyes que no comprenden. Muchos dicen que deberían cambiar para sobrevivir. Tal vez sea cierto.

Pero mientras existan, su sola presencia plantea una pregunta incómoda:

¿Y si gran parte de nuestro sufrimiento no proviene de lo que vivimos, sino de lo que no dejamos de recordar o imaginar?

Los pirahã no filosofan sobre eso. Simplemente viven.

Y quizá, sin saberlo, custodian una de las lecciones más radicales de todas: que estar aquí, a veces, puede ser suficiente.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

lunes, 15 de diciembre de 2025

El pico del tucán: un “radiador natural” que desafía las apariencias

Aunque a simple vista parece desproporcionado y pesado, el pico del tucán es una de las adaptaciones más eficientes del reino animal, diseñado para regular la temperatura corporal y facilitar la vida del ave en las selvas tropicales.

El llamativo pico del tucán, símbolo inconfundible de las
aves tropicales, esconde un sofisticado mecanismo biológico. Lejos de ser una carga, su estructura es liviana y está formada por un entramado de cavidades internas que reducen su peso y lo convierten en una herramienta clave para la supervivencia.

Investigaciones científicas han demostrado que este pico funciona como un verdadero “radiador natural”. Gracias a una compleja red de vasos sanguíneos, el tucán puede regular la cantidad de sangre que fluye hacia el pico, liberando el exceso de calor corporal y manteniendo estable su temperatura, incluso en los climas más calurosos de la selva.

Pero su utilidad no se limita al control térmico. El pico también cumple un papel fundamental en la alimentación, permitiéndole alcanzar frutos lejanos sin necesidad de moverse entre las ramas. Además, es un instrumento de defensa y un medio de comunicación visual con otros miembros de su especie.

Así, el tucán ofrece un claro ejemplo de cómo la evolución logra unir estética y funcionalidad. Su colorido pico no es solo un rasgo ornamental, sino una sofisticada adaptación que le permite mantenerse fresco, ágil y plenamente adaptado a la vida en los bosques tropicales.

Texto y foto: Richard Ilimuri - Internet

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Bolivia registra el mayor yacimiento de huellas de dinosaurios del mundo en Toro Toro

Parque Nacional Torotoro, Potosí — Un equipo internacional de paleontólogos certificó el hallazgo de más de 16.600 huellas fosilizadas de dinosaurios en el sitio paleontológico de Carreras Pampa, dentro del Parque Nacional Torotoro,
consolidándolo como el registro de huellas más abundante del mundo registrado hasta ahora.

Un tesoro paleontológico bajo los Andes bolivianos

Durante varias campañas de investigación que abarcaron años de trabajo de campo, científicos de Bolivia y del extranjero, liderados por el paleontólogo Raúl Esperante del Instituto de Investigación en Geociencias de la Universidad de Loma Linda (EE. UU.), documentaron 16.600 huellas tridáctilas pertenecientes principalmente a dinosaurios terópodos —bípedos de tres dedos— que caminaron por una antigua costa hace más de 66 millones de años, en el Cretácico Superior.

El yacimiento no solo exhibe huellas de paso, sino también hasta 1.378 rastros de nado, marcas de arrastre de cola y otras impresiones que apuntan a interacciones de estos animales con zonas de agua somera y sedimentos blandos.

Más que pisadas: ventanas a comportamientos prehistóricos

Las impresiones se hallan en una superficie de alrededor de 7.400 metros cuadrados, con huellas que varían en tamaño, reflejando individuos de distintas edades y tamaños. La presencia de patrones paralelos de trazos sugiere que algunos dinosaurios se desplazaban en grupos y en zonas cercanas a cuerpos de agua.

A diferencia de sitios con fósiles óseos, en Carreras Pampa predominan los icnofósiles (huellas), mientras que restos esqueléticos son extremadamente raros debido a las condiciones sedimentarias que favorecieron la preservación de las huellas pero no de los huesos.

Un récord mundial y un llamado a la conservación

Especialistas han destacado que este sitio supera en número de escenas icnológicas a otros puntos conocidos, incluso por encima de Cal Orck’o en Sucre, otro afamado yacimiento boliviano, que tiene miles de huellas pero en menor cantidad registrada científicamente.

El estudio fue publicado en la revista PLOS One, donde los investigadores describen la diversidad de morfologías y trazos, así como la importancia de este “superconjunto” para reconstruir movimientos y comportamientos de estos dinosaurios en su ambiente.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 6 de diciembre de 2025

Apolo: historia de resistencia, misiones y tres fundaciones

Apolo

Apolo, norte de La Paz.

La historia de Apolo se remonta a la época colonial y a las misiones religiosas, en un territorio marcado por la resistencia indígena y los constantes intentos de dominio externo. Aguachiles, Lecos y Apolistas protagonizaron una férrea defensa de su independencia, resistiendo tanto la expansión incaica como la posterior invasión de los colonizadores españoles.

Este proceso histórico estuvo atravesado por enfrentamientos, alianzas y luchas armadas, entre las que destaca la figura del guerrillero indígena leco Santos Pariamo, símbolo de la resistencia local frente al dominio colonial. Apolo no solo fue un escenario de evangelización, sino también de rebeldía y reafirmación cultural.

En la época colonial, el territorio formaba parte de la extensa provincia de Caupolicán, hoy provincia Franz Tamayo, cuyo dominio se extendía incluso hasta regiones del actual departamento del Beni, lo que demuestra la importancia estratégica y geográfica de la zona.

La danza de los lecos
Las tres fundaciones de Apolo

La actual población de Apolo es el resultado de tres fundaciones históricas, cada una reflejo de un momento distinto del proceso colonizador y misional.

Primera fundación (1587)

El 29 de septiembre de 1587, el gobernador Juan Álvarez Maldonado fundó el asentamiento bajo el nombre de San Miguel de Apolobamba. Durante este periodo se reconoce la valentía de los indígenas Aguachiles, quienes protagonizaron una fuerte resistencia. Según los registros, el pueblo fue edificado en apenas tres meses.

Segunda fundación (1615)

El 10 de agosto de 1615, el asentamiento fue refundado como el pueblo de Nuestra Señora de Guadalupe, también conocido como Nuestra Señora de la Concepción de Apolobamba, en el marco del avance misional y administrativo de la colonia.

Tercera y definitiva fundación (1690)

La fundación definitiva ocurrió el 8 de diciembre de 1690, cuando el misionero franciscano Pedro Sáenz de Mendoza estableció el pueblo de Nuestra Señora de la Limpia y Purísima Concepción de Apolobamba. Esta nueva etapa se consolidó sobre una base social conformada principalmente por indígenas Lecos, Apolistas y Aguachiles, dando origen a la población que hoy se conoce como Apolo.

Un legado vivo

Aten
Apolo es hoy un territorio donde la historia colonial, la resistencia indígena y la herencia misional conviven en la memoria colectiva. Su pasado, marcado por la lucha, las refundaciones y la diversidad cultural, sigue siendo un pilar fundamental de la identidad del norte paceño.

Texto y foto: Richard Ilimuri

martes, 2 de diciembre de 2025

Papaya Salvietti: la gaseosa centenaria que mezcla historia, leyenda y sabor boliviano

Innovación industrial y una leyenda

Con más de 104 años de historia, Papaya Salvietti no es solo una gaseosa: es un símbolo cultural boliviano. Su origen combina emprendimiento, innovación industrial y una leyenda popular protagonizada por un duende que, según el relato, guarda el secreto de su inconfundible sabor.

Un inmigrante, una fruta y una visión

La historia de Papaya Salvietti comienza en 1918,
cuando Dante Salvietti, un inmigrante italiano, llegó a Bolivia en busca de nuevas oportunidades. Durante sus recorridos por las fértiles tierras de los Yungas, descubrió la papaya, una fruta exótica que despertó su curiosidad y se convertiría en la base de una bebida innovadora para la época.

Con una mentalidad emprendedora y un enfoque casi científico, Salvietti comenzó a experimentar con frutas locales, agua natural y una combinación de ingredientes que permanecen en secreto hasta hoy.

Innovación embotellada

En 1920, lanzó al mercado una gaseosa pionera conocida inicialmente como “Champan Cola”, embotellada en vidrio importado desde Inglaterra, un avance tecnológico poco común en aquellos años. Con el tiempo, la fórmula evolucionó y la bebida fue rebautizada como Papaya Salvietti, logrando una rápida aceptación y posicionándose como una de las marcas más reconocidas del país.

El duende y el mito que marcó la marca

Junto a los datos históricos, la marca está rodeada de una leyenda que ha pasado de generación en generación. Se dice que, durante un paseo por el Bosquecillo de Pura Pura, en La Paz, Dante Salvietti encontró a un duende atrapado entre los matorrales. Al liberarlo, el pequeño ser le ofreció una receta secreta que garantizaría el éxito de la gaseosa, a cambio de que su imagen apareciera en cada botella.

Así nació el icónico duende barbado, con sombrero puntiagudo y traje de gnomo, ordeñando una papaya como si fuera una vaca. Esta imagen se convirtió en el sello visual de Papaya Salvietti y acompañó a la marca hasta 1995, cuando la empresa enfrentó una crisis financiera.

Caída y resurgimiento de una tradición

El cierre de la empresa en 1995 marcó un momento difícil, pero no el final de la historia. Años después, Papaya Salvietti regresó al mercado, recuperando su sabor original y el entrañable duende, reafirmando su lugar en la memoria colectiva y en el paladar de los bolivianos.

Presente industrial y proyección futura

Actualmente, la fábrica principal de Salvietti, ubicada en Sucre, opera con tecnología moderna que incluye sistemas de tratamiento de agua, maquinaria de embotellado y etiquetado. La planta genera empleo para más de 70 personas, entre trabajadores directos y choferes, y proyecta ampliar su oferta con nuevos tamaños y presentaciones para responder a un mercado en constante evolución.

Un legado que sigue vivo

Más de un siglo después de su creación, Papaya Salvietti continúa siendo un símbolo de identidad, tradición e ingenio boliviano. Una gaseosa que no solo se bebe, sino que se recuerda; una historia que mezcla realidad y leyenda, y que sigue viva en cada botella.

Texto y foto: Richard Ilimuri INTERNET