lunes, 13 de abril de 2026

La leyenda del Kory Wayku: el Coroico viejo encantado entre la bruma

Ilustración
En las montañas yungueñas, donde la neblina se enreda con los cafetales y los ríos murmuran historias antiguas, aún se recuerda la leyenda del Kory Wayku, un pueblo encantado que desapareció entre el misterio y el miedo.

“Una muchacha se enamoró de un apuesto joven que, en las noches, en serpiente se convertía”, relata con voz temblada don Pascual Vergara, guardián de historias que sobreviven en el imaginario de los Yungas.

El anciano cuenta que la joven, deslumbrada por el misterioso visitante, escapaba de su casa cada noche para encontrarse con él. Su padre, sospechando algo, decidió atar a su hija con un largo hilo para seguir sus pasos. Así descubrió, horrorizado, que la muchacha se encontraba abrazada con una enorme víbora. Sin pensarlo, la arrancó a la fuerza de aquel ser.

Días después, la joven cayó enferma. “Embarazada había estado”, dice Vergara. Y fue durante la fiesta del pueblo cuando ocurrió lo impensable: “nació la wawa... mitad víbora y mitad gente había sido”.

El terror se apoderó de los habitantes de Kory Wayku. Temerosos de aquel ser, decidieron deshacerse de él y lo arrojaron al fuego. Pero el acto desató la cólera del encanto.

“De pronto, una neblina y un ventarrón oscurecieron todo. Mucha gente se volvió loca. Otros comenzaron a escapar, pero las personas que miraban hacia atrás, en piedra no más se han convertido”, narra emocionado Vergara, quien en su juventud emprendió, junto a cuatro amigos, una travesía en busca del mítico pueblo desaparecido.

Hoy, entre las montañas de Nor Yungas, aún se dice que el Coroico Viejo respira entre la bruma, y que Kory Wayku sigue ahí, oculto, esperando a quienes se atrevan a escuchar sus historias.

Cuando la tempestad azotó el valle, las crías y la madre víbora se acurrucaron cerca de las campanas de la iglesia, buscando refugio del viento y la lluvia. La población, decidida a terminar con las víboras, encendió fuego junto a las campanas. Un campesino valiente hizo resonar las campanas con tanta fuerza que, por el estruendo, las serpientes cayeron al fuego. La gente lanzó palos secos para avivar las llamas, y así terminaron muriendo las víboras.

Con el tiempo, los pobladores abandonaron el pueblito llamado Coroico Viejo y se trasladaron a otro lugar, donde hoy se levanta el actual Coroico, corazón de los Yungas.

“Esta leyenda me la contó mi viejita Paula cuando era niño —recuerda Vergara—, ella era coroiqueñita, y decía que el río aún guarda el eco de aquellas campanas...”

Texto y foto: Richard Ilimuri

sábado, 11 de abril de 2026

Los Pacahuara: un pueblo al borde de la desaparición

Bose es el ícono de una nación originaria, que murió
 abandonada por el "Estado plurinacional" de Bolivia.
La etnia pacahuara está considerada en riesgo crítico de extinción en Bolivia: según el último Censo del INE, apenas quedan 23 personas qu
e hablan su lengua originaria, la mayoría asentadas en Riberalta (Beni). El Ministerio de Culturas confirma que se trata de uno de los pueblos indígenas con menor población registrada en el piais y enfrenta una inminente extinción. Con apenas unos pocos sobrevivientes, su cultura, organización social y cosmovisión ancestral se desvanecen frente al avance de otras culturas y la falta de reproducción.

Una organización que se desintegró

Según investigaciones antropológicas, los pacahuara se organizaban en familias extensas con matrimonios entre primos cruzados. Su sistema totémico otorgaba independencia a las distintas parcialidades. Con el paso del tiempo, la base social se redujo a la familia nuclear, debilitando la cohesión comunitaria.

Creencias en riesgo

De sus creencias originarias solo quedan fragmentos. La sociedad que les daba continuidad desapareció y la evangelización, aunque intentada por misiones religiosas, nunca se consumó plenamente. Hoy las referencias a su cosmovisión son vagas y dispersas.

Economía de subsistencia

La economía pacahuara se sostiene en la recolección y la agricultura. La castaña y el palmito son sus principales productos: una parte se destina al comercio y otra al consumo familiar. La castaña sirve como materia prima para fabricar jabón casero y aceite, mientras que el palmito constituye una rudimentaria industria local.

La agricultura incluye arroz, maíz, yuca y plátano. La caza y la pesca, junto con la recolección de frutos del monte, siguen siendo vitales para su subsistencia.

Los últimos sobrevivientes

Hoy, el grupo está en proceso de desaparición total. Reportes periodísticos señalan que apenas seis personas, todos hermanos, viven en Puerto Tojorí dedicados a la agricultura. Entre ellos destacaba Bose Yacu, considerada la última pacahuara (falleció diciembre 20212), que conservaba los rasgos culturales originales: mantenía la nariz perforada insertada una tacuara, adornada con plumas rojas de tucán, un collar heredado de su madre y el corte de cabello ancestral con cerquillo.

De la movilidad al asentamiento

En el pasado, los pacahuara se trasladaban constantemente para cazar, pescar y rendir culto a sus dioses. Tras salir del río Negro, perdieron gran parte de sus hábitos culturales y se asentaron en comunidades influenciadas por otras culturas. La dispersión aceleró la pérdida de su identidad.

Datos actuales

De acuerdo con la Confederación Nacional de Naciones Indígenas Originarias de Bolivia (CONNIOB), solo quedan alrededor de 17 miembros pacahuara puros, la mayoría en comunidades cercanas al límite entre Beni y Pando. Su futuro es incierto: la vejez de los sobrevivientes impide la reproducción y la continuidad de la etnia.

Hoy, los pacahuara son considerados uno de los pueblos indígenas bolivianos en mayor riesgo de extinción cultural y demográfica.

Bose Yacu falleció a finales de diciembre de 2012 dejando atrás a sus cinco hermanos que son los últimos pacahuaras.

Censo INE 2025: El pueblo pacahuara cuenta con 23 habitantes que aún hablan su lengua originaria, todos en el departamento de Beni.

Ministerio de Culturas: Los pacahuara están catalogados como uno de los pueblos indígenas en mayor riesgo de extinción cultural y demográfica.

Situación crítica: La vejez de los sobrevivientes impide la reproducción, lo que coloca a la etnia en riesgo de desaparición total en los próximos años.

Bose y Buca Yacu intentaron infructuosamente retornar con su familia-nación a su territorio de Pando en el 2009. El rostro de Bose es el ícono de una nación originaria que murió abandonada por el "Estado plurinacional" de Bolivia.

Artículo 31 de la Constitución Política del Estado Plurinacional:

Las naciones y pueblos indígena originarios en peligro de extinción, en situación de aislamiento voluntario y no contactados, serán protegidos y respetados en sus formas de vida individual y colectiva.

Las naciones y pueblos indígenas en aislamiento y no contactados gozan del derecho a mantenerse en esa condición, a la delimitación y consolidación legal del territorio que ocupan y habitan.

Texto y foto: Richard Ilimuri - Sol de Pando

martes, 7 de abril de 2026

Los Cayubaba: de la evangelización a la pérdida de su cosmovisión

Considerados salvajes hasta inicios del siglo XX, los Cayubaba fueron transformados por la evangelización jesuita. Hoy, entre la dispersión cultural y la asimilación religiosa, mantienen vivas sus habilidades agrícolas, pesqueras y artesanales, aunque su organización social tradicional ha desaparecido.

Agricultores y pescadores por excelencia

La característica innata de los Cayubaba es su destreza como labradores. Cultivan maíz, maní y yuca, y se destacan como hábiles pescadores, utilizando canastas cónicas que arrojan al río a manera de red.
Las mujeres elaboran el tradicional chivé, derivado de la yuca o mandioca, y se distinguen como artesanas en cerámica, tejidos y textiles de algodón. Los hombres, en cambio, fabrican ruedas de madera para carretones, cascos, canoas y postes, productos demandados por los ganaderos de las estancias, con quienes mantienen una relación comercial casi exclusiva.

De “salvajes” a católicos

Hasta los albores del siglo pasado, los Cayubaba eran considerados un pueblo salvaje. Sin embargo, en pocas décadas adoptaron valores y prácticas católicas comunes a las sociedades urbanas, producto de la fuerte influencia de la evangelización jesuita. Estudios antropológicos confirman que esta transformación modificó profundamente su identidad cultural.

La desaparición de la organización tradicional

Las formas de organización social ancestral se extinguieron, dando paso a la familia nuclear monogámica como modelo predominante. Solo persisten pequeños clanes en poblados orientales alejados.
Hoy, la organización indígena funciona únicamente como órgano de referencia y consulta para la realización de festividades religiosas, sin el peso político ni comunitario que tuvo en el pasado.

Cosmovisión fragmentada

Los conocimientos sobre su mundo cosmogónico y sobrenatural son insuficientes. La dispersión causada por el avasallamiento de otras culturas provocó la pérdida de sus costumbres sociales tradicionales y de su visión espiritual de la vida. La reconstrucción de su etno-culturalidad sigue siendo una tarea pendiente.

Misiones y dispersión

Al asentarse, los Cayubaba fundaron las misiones de San Carlos, Concepción y Las Peñas. Allí aprendieron artesanías y oficios que los sacerdotes jesuitas consideraban apropiados para los aborígenes.
La expansión del dominio católico los obligó a dispersarse hacia el norte, aunque finalmente siempre terminaban asentados en poblados controlados por religiosos, lo que consolidó su integración a la vida misional.

Texto y foto: Richard Ilimuri