martes, 13 de enero de 2026

Los Moxeños: herederos del agua y del monte

Creen en la Loma Santa y en el areirusache, “el nuevo día”. Para los moxeños, la enfermedad, la naturaleza y la justicia no se explican fuera de la espiritualidad y la memoria. Entre castigos comunitarios, plantas medicinales y danzas heredadas del tiempo misional, este pueblo amazónico vive el presente con la carga de un pasado de explotación y resistencia.

En el corazón de Mojos, donde el agua manda y el monte respira, los moxeños caminan el día a día sin apuro ni afán de acumulación. Viven como creen: con la certeza de que todo tiene un dueño espiritual y de que cada falta trae consecuencias. La leishmaniosis —conocida entre ellos como “lepra blanca”— no es solo una llaga que avanza sin dolor sobre la piel; es, para muchos, un castigo divino, la señal de la ira de su Dios por haber herido a un animal del monte sin razón.

“Mojos” proviene del ignaciano muijji, paja. Y como la paja, el pueblo se dobla pero no se quiebra. El Jichi, espíritu protector, cuida la naturaleza y castiga a quien rompe el equilibrio. Los abuelos, guardianes de la memoria, aún recuerdan a los carayanas, los blancos que llegaron para explotar, discriminar y azotar. Los llamaban salvajes; los castigaban con látigos y, muchas veces, con la muerte.

La salud, hasta hoy, se cuida con saberes antiguos: hojas y cáscaras de guayaba, raíces y brebajes del monte. La justicia comunitaria es directa y dura. Doce chicotazos equivalen a media arroba; el castigo puede llegar hasta un quintal. No es crueldad, dicen, es corrección y orden para la convivencia.

Investigaciones señalan que los moxeños, de sangre arawak, fueron de los pueblos más poderosos de la región. Sin embargo, nunca se interesaron por la lógica de la oferta y la demanda. Viven el presente, con usos y costumbres simples, ligados a las tareas cotidianas. Su organización social se apoya en la familia nuclear y en la autoridad del Cacique Mayor —hoy Capitán Grande—, que dirige comunidades de entre 10 y 40 familias, a veces más.

El siglo XVII marcó un quiebre. Los jesuitas ganaron su simpatía con regalos y fundaron las reducciones; los primeros fueron los mauremonos, llamados así por su líder. Nació entonces una cultura misional que mezcló elementos occidentales con una profunda religiosidad. En ese proceso, los cultos milenarios y el arte curativo de los chamanes fueron casi extirpados. Con la expulsión de los jesuitas, los pueblos quedaron a la deriva y muchos volvieron al monte, fusionando lo aprendido con lo propio.

Pedro Ignacio Muiba, cacique taita, alzó la voz y reclamó condiciones dignas para su gente. Pagó con su vida. Vestían entonces ropas hechas de corteza de bibosi, pieles y plumas, signos de una identidad que se negaba a desaparecer.

Hoy, el sistema cultural moxeño mantiene esa dualidad: entierran a sus muertos con todas sus pertenencias, como manda la tradición cristiana aprendida, pero siguen creyendo en los dioses del monte y de las aguas. Cada ser tiene su amo, protector y juez. La religiosidad católica —y en años recientes la evangélica— impregna la vida diaria, mientras la música y las danzas ancestrales reaparecen en las fiestas, tal como fueron aprendidas en tiempos misionales.

La economía es diversa y austera. La agricultura es la base: cada familia trabaja su chaco, una parcela que no supera la hectárea, donde siembran plátano, yuca, maíz y arroz. La producción es para el autoconsumo. Algunas familias crían aves y practican el trueque para conseguir ropa usada u herramientas. La caza y la pesca se realizan con barbasco o sacha, plantas del monte que adormecen a los peces. La madera también se explota, hoy con mayor frecuencia.

Pocos saben que los moxeños fueron maestros en la construcción de andenes artificiales, incluso más que los tiwanacotas. Conocían las inundaciones cíclicas y diseñaron estructuras para desviar el agua hacia lagunas artificiales, aprovechando la materia orgánica del suelo.

Además, elaboran objetos de madera como ruedas de carretón y canoas. En los últimos años, se impulsa la artesanía: hamacas tejidas, tallados, cerámica e instrumentos musicales. Cada pieza guarda la huella de un conocimiento transmitido de generación en generación.

Así, entre la Loma Santa y el areirusache, los moxeños siguen caminando. No miran lejos: viven el hoy, con la memoria del dolor, la fe mezclada y la certeza de que el monte, si se lo respeta, siempre responde.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 12 de enero de 2026

Los Araonas: del dominio de los ríos al borde de la desaparición

Durante siglos fueron dueños de los ríos amazónicos y aliados forzados de la fiebre del caucho. Hoy, reducidos a unas decenas de personas, lo
s araonas enfrentan un drama silencioso marcado por el despojo territorial, el genocidio histórico y una crisis interna que amenaza con extinguirlos.

Los araonas habitaron durante cientos de años la Amazonía boliviana, donde conocieron y dominaron los ríos que surcan Pando, Beni y el norte de La Paz. Ese conocimiento los convirtió en guías indispensables de los industriales del caucho, una relación que terminó siendo trágica y paradójica: quienes se beneficiaron de su sabiduría los esclavizaron, los expulsaron de sus tierras y los empujaron a una vida nómada para sobrevivir.

La presencia araona no se limitó al territorio boliviano. Registros orales y estudios antropológicos señalan que este pueblo indígena también se asentó en regiones colindantes de Brasil y Perú. En todos esos espacios mantuvieron un profundo respeto por la naturaleza, rasgo que distingue de manera singular a su cosmovisión.

Para los araonas, el territorio no es solo un espacio físico. Existen árboles considerados sagrados, verdaderos tótems donde, según sus creencias, habitan los espíritus de la selva y de sus antepasados protectores. Estos seres, afirman, regulan el equilibrio entre el uso y la explotación de la tierra. Ignorar ese orden espiritual puede acarrear enfermedades, desgracias e incluso la muerte.

En la organización social tradicional, la mujer araona tuvo una fuerte incidencia en la economía doméstica y productiva, aunque estuvo marginada de los ámbitos político y religioso. Hasta hace pocas décadas persistían familias poligámicas, en las que el hombre podía tener dos, tres o hasta cuatro esposas, una práctica que hoy agrava la crisis demográfica del grupo.

La historia reciente de los araonas está marcada por la violencia. Estudios culturales indican que en 2004 solo quedaban 97 integrantes identificados. La drástica reducción poblacional es atribuida al genocidio y etnocidio perpetrados durante la fiebre del caucho, a finales del siglo XIX, cuando se produjeron matanzas masivas y desplazamientos forzados desde Pando hacia el norte de La Paz.

La escasez de mujeres es uno de los dramas más profundos de esta etnia. En una visita del matutino El Deber de Santa Cruz, la anciana Chanana Matahua resumió esta tragedia con un gesto de sus manos, en señal de vacío, al ser consultada sobre la presencia de mujeres durante su juventud. Para los especialistas, esta ausencia femenina es una de las principales causas que condena a los araonas a la desaparición.

El actual capitán grande, Pale Huashima, es testimonio vivo de esta crisis: ha reconocido que sus padres eran hermanos, reflejo de la desesperación que genera la necesidad de uniones dentro del propio núcleo familiar. Según datos recientes, existen 32 mujeres y 30 hombres adultos; sin embargo, la persistencia de la poligamia deja a varios varones sin pareja ni descendencia.

Esta situación ha provocado disputas internas, tensiones crecientes e incluso amenazas de muerte entre miembros de la comunidad. Así, los araonas, un pueblo que alguna vez dominó los ríos amazónicos, hoy lucha no solo por su territorio y su memoria, sino por el derecho básico a seguir existiendo.

Texto y foto: Richard Ilimuri

domingo, 11 de enero de 2026

Los Yaminahua: un pueblo dividido que lucha por no desaparecer

Aislados en el extremo norte de Pando y reducidos a menos de 400 personas, los yaminahua enfrentan una silenciosa amenaza: la fragmentación interna, la pérdida paulatina de sus creencias ancestrales y la presión ex
terna que pone en riesgo su supervivencia cultural.

La etnia yaminahua, uno de los pueblos amazónicos menos numerosos de Bolivia, atraviesa una etapa crítica de su historia. Divididos internamente y con una población cada vez más reducida, su existencia se debate entre la preservación de antiguas tradiciones y la influencia creciente de modelos externos que erosionan su identidad.

Tradicionalmente, la base de la organización social yaminahua fue la familia extensa, un entramado de lazos medianos de parentesco que garantizaba cohesión y apoyo comunitario. En la actualidad, esta estructura ha sido desplazada por la familia nuclear, donde el padre es reconocido como jefe del hogar. Sin embargo, a diferencia de otras culturas, la mujer conserva un rol decisivo: es ella quien puede poner fin a una relación y elegir de inmediato a otra pareja dentro del mismo grupo, ejerciendo control sobre el matrimonio y la vida conyugal.

Aunque los yaminahua aún conservan buena parte de sus tradiciones materiales e ideológicas, estas se practican de forma cada vez más tenue. La influencia mercantilista proveniente del Brasil y la presencia activa de iglesias evangélicas han modificado costumbres y creencias que antes daban sentido a la vida comunitaria. Según registros de 2004, la población yaminahua alcanzaba apenas las 395 personas, una cifra que evidencia su extrema vulnerabilidad demográfica.

Su cosmovisión ancestral es claramente politeísta. Entre sus divinidades destaca la víbora sicurí, una imponente serpiente de agua considerada sagrada por sus antepasados. Hasta hoy, los yaminahua evitan matarla, salvo en situaciones de peligro extremo. Incluso entonces, intentan ahuyentarla sin causarle daño, en señal de respeto a un ser que aún ocupa un lugar simbólico en su memoria cultural.

La escasa población se encuentra hoy profundamente dividida entre evangélicos y no evangélicos, creyentes y no creyentes. Estas diferencias han generado tensiones internas: los conversos acusan a los otros de alcoholismo y sacrilegio, mientras que estos responden calificándolos de oportunistas. La fractura social se convierte así en un nuevo factor de debilitamiento colectivo.

Pese a ello, la magia y el curanderismo siguen ocupando un lugar central en el imaginario yaminahua. El consumo ritual de ayahuasca, un potente alucinógeno, forma parte de sesiones comunitarias de curación y concentración espiritual, en las que aseguran recibir consejos y presagios de los espíritus de la selva y de sus antepasados.

En el plano económico, su subsistencia depende principalmente de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, complementadas con el cultivo de arroz, yuca, maíz y plátano, además de la elaboración de artesanías. Actividades que no solo aseguran el alimento diario, sino que también mantienen un vínculo vital con la selva amazónica.

Hoy, el pueblo yaminahua resiste entre la memoria y el olvido. Su mayor desafío no es solo sobrevivir físicamente, sino evitar que su cultura se diluya definitivamente en el silencio de la Amazonía.

Texto y foto: Richard Ilimuri