lunes, 29 de diciembre de 2025

Rugiendo entre el polvo y la selva: el primer automóvil que unió Cobija y Porvenir

A comienzos del siglo XX, cuando la Amazonía boliviana aún se movía al ritmo de canoas y caballos, un objeto extraño y ruidoso irrumpió en el paisaje: el automóvil. Su llegada a la ruta entre Cobija y Porvenir no solo acortó distancias, sino que marcó un quiebre simbólico entre el aislamiento y la modernidad. En 1909, el delegado del Gobierno, Emilio Benavides, dejó testimonio de aquel acontecimiento que parecía sacado del futuro.

A inicios del siglo XX, el territorio de Pando vivía tiempos de transición. La economía cauchera había convertido a Cobija en un punto estratégico de intercambio, mientras Porvenir se consolidaba como enclave productivo y administrativo. Sin embargo, entre ambas poblaciones se extendía una geografía difícil: caminos improvisados, barro en época de lluvias y polvo espeso durante la estación seca, atravesados por selva, ríos menores y llanuras inhóspitas.

Hasta entonces, el traslado dependía de mulas, carretas y largos recorridos fluviales. El viaje podía tomar días enteros, con riesgos constantes y una logística compleja. Por eso, la aparición del automóvil fue vista como una auténtica hazaña técnica. No era solo una máquina: era una promesa de integración, velocidad y dominio del territorio.

En 1909, Emilio Benavides, delegado del Gobierno en la región, registró el uso del automóvil en esta ruta. Sus anotaciones describen la sorpresa de los pobladores ante aquel vehículo que avanzaba levantando nubes de polvo, superando lodazales y sorteando obstáculos que antes parecían infranqueables. El ruido del motor rompía el silencio de la selva y anunciaba que una nueva época estaba comenzando.

El automóvil no circulaba por carreteras en el sentido moderno. Se abría paso por senderos adaptados, reforzados de manera rudimentaria, donde la pericia del conductor era tan importante como la resistencia de la máquina. Cada trayecto era una prueba, y cada llegada, un acontecimiento que convocaba miradas curiosas y comentarios incrédulos.

Más allá de lo técnico, el impacto fue social y simbólico. El vehículo representó la presencia del Estado, el avance de la administración y la posibilidad de un control más efectivo del territorio amazónico. También fortaleció los vínculos comerciales, facilitando el transporte de correspondencia, autoridades y mercancías ligadas a la economía del caucho.

Con el tiempo, otros medios y caminos reemplazarían a esos primeros recorridos, pero la experiencia quedó grabada en la memoria regional. Aquel automóvil entre Cobija y Porvenir no solo acortó distancias físicas: abrió una brecha temporal, llevando a la Amazonía boliviana desde el siglo XIX hacia un siglo XX cargado de expectativas, desafíos y sueños de progreso.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

domingo, 28 de diciembre de 2025

Yossi Ghinsberg: el israelí que sobrevivió solo en la selva boliviana

En 1981, la Amazonía boliviana fue escenario de una de las historias de supervivencia más extremas del siglo XX. Yossi Ghinsberg,
un joven aventurero israelí de apenas 21 años, se perdió durante tres semanas en la espesura selvática del norte de Bolivia, enfrentando hambre, enfermedades, animales salvajes y la soledad absoluta. Su increíble travesía no solo quedó registrada en su libro Jungle, sino que décadas después inspiró una película protagonizada por Daniel Radcliffe.

La selva amazónica boliviana no perdona errores. En 1981, Yossi Ghinsberg lo aprendió de la forma más dura. Movido por el espíritu aventurero y el sueño juvenil de encontrar comunidades indígenas desconocidas, el israelí se internó en la región del río Tuichi, en el departamento de La Paz, acompañado inicialmente por otros viajeros. Lo que comenzó como una expedición prometedora terminó convirtiéndose en una lucha desesperada por sobrevivir.

Una serie de malas decisiones, sumadas a la falta de experiencia y a la traicionera geografía amazónica, provocaron que Ghinsberg se separara del grupo. En cuestión de horas, quedó completamente solo, sin mapa, sin provisiones y sin posibilidad de orientarse. La selva lo envolvió como un laberinto vivo, donde cada paso podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Durante 21 días, Yossi sobrevivió alimentándose de lo que encontraba: frutas silvestres, huevos de aves y pequeños animales. Perdió peso de forma dramática, sufrió infecciones, picaduras constantes y heridas que no sanaban. El clima, con lluvias torrenciales y humedad extrema, agravó su estado físico y mental. En varios momentos, estuvo al borde de rendirse.

Uno de los episodios más aterradores ocurrió cuando se encontró cara a cara con un jaguar, el mayor depredador de la región. El animal lo observó durante largos segundos, en un silencio absoluto que Ghinsberg describió después como uno de los momentos más intensos de su vida. Contra todo pronóstico, el jaguar se alejó, dejándolo con vida.

La selva también puso a prueba su fortaleza psicológica. Ghinsberg comenzó a sufrir alucinaciones, hablaba solo y luchaba por mantener la esperanza. Aun así, se aferró a una idea simple pero poderosa: seguir el curso del río, convencido de que el agua, tarde o temprano, lo conduciría a la civilización.

El milagro llegó cuando fue finalmente rescatado por habitantes de la zona, tras un viaje extremo que desafió toda lógica de supervivencia. Contra las estadísticas y las probabilidades, Yossi Ghinsberg salió con vida de la selva boliviana, convirtiéndose en un símbolo de resistencia humana frente a la naturaleza indomable.

Años después, su experiencia fue plasmada en el libro Jungle —también conocido como Back from the Tuichi— donde relató con crudeza y honestidad cada momento de su odisea. La historia alcanzó proyección mundial cuando fue adaptada al cine en la película Jungle (2017), protagonizada por Daniel Radcliffe, llevando la Amazonía boliviana y esta impactante historia real a millones de espectadores.

Hoy, más de cuatro décadas después, la travesía de Yossi Ghinsberg sigue siendo una advertencia sobre los peligros de la selva, pero también un testimonio extraordinario del instinto de supervivencia, la voluntad humana y la delgada línea que separa la vida de la muerte en uno de los territorios más salvajes del planeta.


Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

sábado, 27 de diciembre de 2025

La lúcuma: el azucar de los incas sostuvo un imperio

Mucho antes de que el azúcar refinado dominara las mesas del mundo y enfermara silenciosamente a millones, los Incas ya conocían un secreto dorado. En los valles andinos, entre terrazas agrícolas y caminos de piedra, una fruta cremosa y fragante sostenía jornadas largas sin fatiga ni desplomes: la lúcuma, el endulzante natural que ofrecía dulzor con equilibrio y energía sin castigo.

La historia no comienza en un laboratorio ni en un supermercado moderno, sino en los Andes. Allí, donde el sol cae vertical sobre la cordillera y el trabajo exige resistencia física y mental, la alimentación no era un asunto menor. Los Incas sabían que el cuerpo necesitaba constancia, no sobresaltos. Por eso recurrieron a la lúcuma, una fruta humilde en apariencia, pero poderosa en efecto.

A diferencia del azúcar refinado —ese invento tardío que promete energía inmediata y luego cobra su precio en cansancio, irritabilidad y ansiedad— la
lúcuma actuaba en silencio. Su dulzor no era agresivo, su efecto no era explosivo. Alimentaba de a poco, como el amanecer en la sierra: lento, firme y sostenido. Hoy la ciencia le pone nombre a ese efecto que los antiguos ya intuían: índice glucémico bajo y energía estable durante horas.

El secreto está en su composición. La lúcuma no se rinde a los azúcares simples; prefiere los carbohidratos complejos y la fibra soluble. En el cuerpo, esto se traduce en una liberación gradual de glucosa, sin picos ni caídas bruscas. Mientras el azúcar refinado dispara y derrumba, la lúcuma acompaña. Por eso es aliada del trabajador incansable, del estudiante concentrado, del atleta que necesita constancia y no espejismos.

Investigaciones modernas confirman lo que la tradición sostuvo por siglos: la lúcuma inhibe la enzima alfa-glucosidasa, retrasando la absorción de la glucosa y manteniendo estable el azúcar en sangre. No es solo prevención; es cuidado activo. En personas con prediabetes y diabetes, su consumo regular ha mostrado mejoras reales en la sensibilidad a la insulina y en marcadores como la hemoglobina glicosilada. El “oro de los Incas” no solo endulza, también protege.

Pero la lúcuma va más allá del control glucémico. Es un alimento completo: vitaminas del complejo B que alimentan el sistema nervioso, beta-caroteno que protege las células, vitamina C que refuerza defensas, minerales esenciales como hierro, potasio, calcio y magnesio, y una fibra que ordena la digestión. En pocas calorías, entrega nutrición real, no promesas vacías.

No es casual que los Incas la valoraran como un tesoro. La usaban fresca, en bebidas y preparaciones dulces, sin saber de índices ni enzimas, pero con la certeza empírica de que funcionaba. Con ella, los constructores de Machu Picchu levantaron muros imposibles sin recurrir a estimulantes artificiales ni azúcares adictivos.

Hoy, en pleno siglo XXI, cuando el exceso de azúcar se ha convertido en epidemia global, la lúcuma reaparece como respuesta ancestral a un problema moderno. Un dulzor que no enferma, una energía que no se derrumba, un legado que recuerda que la verdadera innovación, a veces, está en mirar hacia atrás.

La lúcuma no es moda ni milagro: es memoria viva de una civilización que supo alimentar el cuerpo con inteligencia. Y en cada cucharada, sigue brillando ese antiguo oro dulce que no agota, sino que sostiene.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet