miércoles, 25 de marzo de 2026

Los Guarayos: entre la memoria ancestral y la pérdida cultural

En Ascensión de Guarayos, a ocho horas de viaje desde Santa Cruz, se levanta el Iviti Rusu, el “cerro grande” que guarda el inicio de la historia de la etnia guaraya. Su organización social basada en la familia y sus costumbres agrícolas sobreviven al mestizaje y a la presión de las estancias ganaderas y madereras, aunque el intercambio cultural ha provocado la pérdida de conocimientos ancestrales.

El origen en la cordillera

El asentamiento de los guarayos en lo que hoy es la provincia Guarayos se dio en la primera mitad del siglo XVI, en el marco de la expansión incaica hacia la cordillera boliviana. En 1564, Ñuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz, regresó del Paraguay con 30.000 indígenas itatines para consolidar su conquista, lo que marcó la presencia de los guarayos en las regiones de Moxos y Chiquitos.

La fuerza de la familia y el mestizaje

La organización social de esta etnia se basa en la familia, con lazos fuertes que se mantienen pese al acelerado proceso de mestizaje. Tras la reforma agraria, la llegada de los caraí (blancos) a su territorio impulsó cambios en su estructura social, pero no logró borrar del todo sus costumbres comunitarias.

La minga: fiesta y trabajo agrícola

Entre las prácticas agrícolas que aún conservan destaca la minga, una celebración que marca el inicio de la siembra o la cosecha. En ella se prepara abundante chicha de maíz o yuca, bebida que acompaña la fiesta hasta agotarse. Al día siguiente, comienza la dura faena agrícola.
“Cuando se acaba la chicha, se acaba la fiesta, y empieza el trabajo”, relatan los comunarios.

Economía y recursos naturales

La actividad económica de los guarayos se centra en la madera, la agricultura y la crianza de animales domésticos para consumo y venta. La caza y la pesca, antes persistentes y sistemáticas, hoy se practican solo en casos urgentes debido a la invasión de sus tierras por estancias ganaderas y aserraderos.
También recolectan frutos como el cusi, cuyo aceite utilizan en la alimentación, y el palmito, además de madera para la construcción de viviendas.

Jóvenes y trabajo asalariado

En las últimas décadas, los jóvenes guarayos han comenzado a vender su fuerza laboral como peones en aserraderos y estancias, o como cazadores y mozos en empresas madereras asentadas en la región. Este cambio refleja la transición de una economía tradicional hacia una inserción forzada en el mercado laboral.

Pérdida de conocimientos ancestrales

El momento cultural clave para los guarayos fue la apertura al intercambio económico y social con la sociedad nacional. Sin embargo, este proceso desembocó en la pérdida de gran parte de sus conocimientos ancestrales.

“Lo que nos abrió al mundo también nos quitó nuestra memoria”, lamentan los ancianos de la comunidad.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 18 de marzo de 2026

Los Quechuas: filosofía, justicia y tradición en la nación más numerosa de Bolivia

Los quechuas son un pueblo dinámico y evolutivo que mantiene viva su filosofía ancestral, su religiosidad agraria y sus prácticas comunitarias. Su historia, marcada por la herencia incaica y la fuerza del ayllu, los convierte en un referente cultural y social en Bolivia y en toda la región andina.
Con más de 2,2 millones de integrantes, los quechuas son la nación originaria más numerosa de Bolivia. Su cosmovisión del tiempo y el espacio, su religiosidad ligada a la agricultura y sus prácticas de justicia comunitaria reflejan una cultura dinámica que, pese a los cambios históricos, mantiene viva la herencia de los incas.


Filosofía del tiempo y el espacio

La visión quechua del universo se organiza en dos dimensiones:

Qaypacha: el mundo tangible de los humanos, donde se desenvuelven los seres vivos, los sembradíos y todo lo que se puede tocar.
Janaq Pacha: el mundo intangible, el sol, las estrellas y lo sobrenatural, que premia o castiga según el comportamiento y la generosidad de cada persona.
“Un ayllu es un modelo de vida, un pueblo que convive con la bendición de la Pachamama”, explica el sociólogo Hugo Laruta, destacando que aunque pocos conservan su forma ancestral, la filosofía quechua sigue vigente.

Religiosidad y agricultura

La religiosidad quechua está íntimamente ligada a la agricultura. Los rituales agrarios buscan el favor de la Pachamama, considerada madre fecunda y protectora. Las ofrendas se dirigen a ella para asegurar buena cosecha y prosperidad.

Los quechuas comparten con los aymaras la descendencia de los incas, “hijos del Sol”, y la estructura del ayllu, vigente desde que Manko Kapac y Mama Ocllo emergieron del lago Titicaca. Con la llegada de Pachakutec en 1438, la cultura quechua se consolidó como parte del imperio incaico.

Economía en tres regiones

En Bolivia, los quechuas se distribuyen en tres regiones climáticas que marcan su economía:
Altiplano: agricultura de tubérculos (papa, oca, papaliza) y cereales (quinua, cañahua, cebada, trigo), además de ganadería de camélidos, ovinos y bovinos.
Valles: agropecuaria, avicultura y floricultura, con cultivos de maíz, papa y hortalizas, y crianza de ganado ovino, porcino, caprino y bovino.
Chapare: siembra de coca, fruticultura, floricultura y explotación de madera.
“Tratamos de estar bien con los dos universos, el de arriba y el de abajo”, señalan los comunarios, en referencia a la relación con la Pachamama y los espíritus tutelares.

Justicia comunitaria

La justicia quechua se hereda con los usos y costumbres y se aplica bajo el lema ancestral: “Ama sua, ama llulla, ama kella” (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas flojo).

Las sanciones incluyen:
33 chicotazos como castigo físico.
Acciones pecuniarias o trabajos comunales.
Destierro como la pena más dura, que condena al culpable a la marginalidad.
En casos graves, la comunidad puede aplicar castigos extremos. “El robo se paga con chicote y confesión pública”, relatan los ancianos. Históricamente, incluso se registraron ejecuciones colectivas, aunque hoy estas prácticas son menos frecuentes.

El tinku: encuentro ritual y guerrero

Los quechuas también celebran el tinku, que significa “encuentro”. Se trata de combates rituales de puño limpio que comienzan al amanecer y terminan al anochecer, a veces con lluvia de piedras.
Los fallecidos en estos encuentros eran considerados héroes. Hoy, el tinku se ha convertido en una atracción turística. “Incluso periodistas nacionales y extranjeros llegan para retratar el acto”, escribió el escritor cochabambino Jesús Lara.

Datos recientes y antropológicos

Según el censo del INE y el CONNIOB, los quechuas suman más de 2,2 millones de personas en Bolivia, lo que los convierte en la nación originaria más numerosa del país.
Investigaciones recientes destacan que la justicia comunitaria quechua se ha adaptado, incorporando mecanismos de conciliación y coordinación con la justicia ordinaria.

La cosmovisión quechua sigue siendo estudiada como un modelo de sostenibilidad, pues vincula la producción agrícola con el respeto a la naturaleza.

Texto y foto: Richard Ilimuri

viernes, 13 de marzo de 2026

Los Sirionó: cazadores, guerreros y guardianes de su identidad

Con un pasado marcado por la esclavitud y una organización social compleja, la etnia sirionó, asentada principalmente en el Beni, mantiene vivas sus tradiciones de caza, pesca y justicia comunitaria, mientras enfrenta los retos de la modernidad y la apertura hacia la sociedad.

Un pasado esclavista y guerrero

Hasta el siglo XVIII, los sirionó eran reconocidos como una etnia guerrera que incluso poseía esclavos, lo que evidenciaba una organización social más compleja que la de otros pueblos vecinos. Los esclavos eran destinados a las labores cotidianas, mientras los líderes se dedicaban a fortalecer su relación con lo sobrenatural.

“Eso nos diferenciaba de otros pueblos, porque nuestra organización era más completa”, señalan los ancianos de la comunidad.

Justicia comunitaria y castigos rituales

El castigo más duro dentro de la sociedad sirionó no era la pena de muerte ni el linchamiento, sino la proscripción: la expulsión definitiva del clan. Quien era excluido quedaba condenado a la marginalidad, pues difícilmente lograba adaptarse a otras sociedades.

Entre sus códigos existían castigos físicos como el azote, aunque cada vez con menor frecuencia. Una práctica común era atar al infractor a un tronco conocido como “palo del diablo” o “palo santo” y dejar que las hormigas lo picaran. Sin embargo, los sabios también utilizaban este método con fines medicinales.

“Lo que para algunos era tormento, para nosotros podía ser cura”, explican los líderes espirituales.

Habilidad en la caza y la artesanía

Asentados principalmente en el Beni, los sirionó se distinguen por su destreza en la elaboración de armas para la caza, la pesca y la guerra. Tradicionalmente, la caza era exclusiva del varón, pero en los últimos años las mujeres se han incorporado a esta actividad, acompañando y participando en la búsqueda de alimentos.
El pueblo se autodenomina mybia, que significa “cazador”. Su dinamismo cultural los ha llevado a romper antiguos tabúes, como la participación femenina en la caza y pesca.
“Antes era impensable que una mujer cazara, hoy es parte de nuestra evolución”, comenta una integrante de la comunidad.


Los “indígenas de flecha larga”

Los sirionó son reconocidos como los mejores constructores de flechas, lo que les ha valido el apelativo de “indígenas de flecha larga”. Hasta principios del siglo XX, su habilidad estaba destinada principalmente a la guerra. Con el tiempo, perfeccionaron arcos y lanzas para la caza, manteniendo viva su tradición artesanal.

“Las flechas son nuestra identidad, no solo armas”, afirman los artesanos locales.

Organización social y apertura a la sociedad

La estructura social de los sirionó se basa en un consejo de ancianos, quienes ejercen como autoridades originarias. Ellos deliberan y deciden sobre justicia comunitaria, asuntos políticos y sociales. En los últimos años, esta organización se ha fortalecido con una mayor apertura hacia la sociedad nacional.

“Seguimos siendo cazadores, pero también somos parte de un país que nos exige adaptarnos”, reflexiona un líder comunitario.

Texto y foto: Richard Ilimuri