martes, 6 de enero de 2026

Los Urus: hijos del agua la resistencia milenaria del pueblo Chipaya

A orillas de los lagos Poopó y Uru Uru, en la áspera geografía de Oruro, un pueblo que se dice nacido antes que la luna sigue aferrado a sus ritos, a sus put’ukos y a una forma de vida que resiste al tiempo, al olvido
y a la modernidad.

Asentados en los territorios de Oruro, Chipaya, Murato e Hiruito, todos abrazando las orillas salinas de los lagos Poopó y Uru Uru, los Uru Chipaya continúan viviendo con costumbres milenarias que parecen desafiar la lógica del siglo XXI. No existen datos exactos sobre su nacimiento como pueblo, pero sus dotes ancestrales de cazadores y pescadores los sitúan entre las etnias más antiguas del continente americano. Sus leyendas cuentan que nacieron antes que la luna y que sobrevivieron al gran diluvio gracias a las balsas que ellos mismos construían.

Durante siglos, los urus quedaron encasillados como un solo grupo étnico de escasa trascendencia histórica, opacados por el dominio expansivo aymara que se prolongó incluso durante la colonia. Las condiciones siempre les fueron desfavorables. Sin embargo, lejos de desaparecer, lograron mantener su pureza cultural casi intacta. La escasa densidad poblacional —factor que diluyó a tantas culturas obligadas a asimilarse o migrar a las ciudades— empujó a los urus a mimetizarse parcialmente con los aymaras, no como rendición, sino como un refugio estratégico para subsistir.

En la vida chipaya, nada ocurre sin un rito previo. La caza, la pesca, la agricultura, la construcción de viviendas y hasta la comercialización de sus productos están antecedidas por ceremonias espirituales, privadas o colectivas, que forman parte esencial del ciclo de vida, del trabajo y de la alimentación. Cada acto cotidiano es, a la vez, un diálogo con la naturaleza y con sus ancestros.

En los salitrales orureños, los put’ukos —viviendas cónicas de barro y paja— siguen erguidos como hongos solitarios en medio del paisaje árido del área rural de Chipaya. Allí, el tiempo parece detenido. Pero en el pueblo la fisonomía ha cambiado: las casas rectangulares de calamina brillan bajo el sol, las ventanas de vidrio reemplazan a los antiguos vanos, y la urbanización avanza silenciosa.

Se calcula que unas 1.600 personas habitan el territorio chipaya, aunque la relación con la prensa es distante. Muchos consideran que dar información es perder el tiempo. No obstante, algunos líderes aún hacen sonar el pututo, instrumento ancestral que convoca a la reunión comunitaria y reafirma la vigencia de su organización tradicional.

La vida gira en torno a la ganadería y la siembra de quinua, papa, cebada y cañahua. El territorio es comunitario: muchos chipayas tienen su casa en el pueblo, pero conservan su put’uko en el campo, donde pastorean sus animales y trabajan la tierra. Los más ancianos son quienes más resisten al cambio. No quieren abandonar sus viviendas tradicionales ni cambiar los tejidos de lana por ropa de algodón. Las mujeres continúan trenzándose el cabello en simbas y caminando descalzas, como lo hicieron siempre.

En el campo, las condiciones de vida no han variado. Los put’ukos mantienen sus dimensiones estrechas; en su interior, los chipayas duermen sobre cueros de oveja tendidos en el suelo, procesan sus alimentos y viven sin muebles. No existen servicios básicos. La austeridad no es elección estética, es continuidad histórica.

Pese a la solidez de este pueblo —cuya población no crece aceleradamente, pero tampoco disminuye—, los Chipaya siguen siendo un pueblo arrinconado en una de las regiones más inhóspitas del país, presionado por la cultura moderna. Aun así, como hijos del agua y sobrevivientes del diluvio, continúan demostrando que resistir también es una forma de existir.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 5 de enero de 2026

Los Esse Ejja: entre el rio la selva y el olvido

A orillas del río Beni, donde el agua dicta el ritmo de la vida, los Esse Ejja —una de las naciones amazónicas más singulares de Bolivia— sobreviven entre la memoria de un pasado nómada y la presión silenciosa de la
modernidad que transformó su cultura para siempre.
No les interesa acumular. Nunca les interesó. Para los Esse Ejja, el valor no estuvo en poseer, sino en moverse con el río, seguir a los peces, internarse en el bosque y regresar con lo justo. Este pequeño grupo amazónico —que no supera los dos mil habitantes— habita la región pandina y partes de La Paz, Beni y Perú, con una presencia marcada a lo largo del río Beni, frente a Riberalta, donde durante siglos cazaron, pescaron y recolectaron frutos y materiales del monte.

A diferencia de la mayoría de los pueblos del occidente andino, los Esse Ejja nunca fueron grandes agricultores. El río fue su despensa. Cerca del 90 por ciento de su dieta estuvo basada en el pescado, complemento esencial de una vida nómada que dependía de las crecidas, de los ciclos del agua y de la lectura paciente de la selva.

Ese modo de vida se quebró de manera abrupta con el contacto sostenido con la civilización occidental. La movilidad terminó, y con ella se diluyeron hábitos ancestrales que habían definido su identidad durante generaciones. Hoy, los Esse Ejja viven mayoritariamente en la comunidad de Eyiyoquibo, en el municipio de San Buenaventura, un asentamiento que marca el tránsito forzado de la selva abierta a la vida sedentaria.

La transformación también se refleja en la vestimenta. Pantalones y camisas sustituyeron a los trajes tradicionales elaborados con corteza de árbol. Es raro ver a un Esse Ejja vestido como lo hacían sus abuelos. Y ese cambio exterior arrastró otros más profundos: conductas, costumbres y, sobre todo, una espiritualidad que hoy lucha por no desaparecer. Muchos de sus mitos ya no se transmiten como antes.

Sin embargo, la mitología Esse Ejja —compleja y poderosa— permanece como uno de los pilares más notables de su cultura. Por su sentido y fuerza simbólica, ha sido comparada con la mitología griega, no por la cantidad de dioses, sino por la manera en que explica el mundo. En ella destacan dos grandes entidades sobrenaturales. “Edosiquiana”, el héroe cultural conocido como la montaña Bahuajja, de frente redonda, es el principio que justifica el orden de la vida y las acciones humanas. “Shia”, en cambio, es una entidad más amplia, una especie de síntesis viva de toda su cosmovisión.

El origen del pueblo Esse Ejja se remonta a tres grandes grupos lingüísticos y culturales. Dos han sido claramente identificados: los que provienen del nacimiento del río Madre de Dios, ligados a Bahuajja, y los que llegaron desde el Madidi y el río Heath, conocidos como Sonenes, quienes se redistribuyeron a lo largo del río Beni. A esta base se sumó una tercera influencia decisiva: la mezcla con los Arasairi, asentados en Perú.

Cuenta la tradición que fue a través de un matrimonio —el hijo del clan Arasairi con una joven Esse Ejja— que se introdujo la divinidad Shia, sellando una fusión cultural que marcó para siempre la espiritualidad del pueblo.

Hoy, los Esse Ejja siguen allí, junto al río que los vio nacer. Ya no son nómadas, ya no visten como antes, y muchas de sus historias se dicen en voz baja. Pero mientras el Beni continúe su curso, su memoria colectiva resiste, como el eco de un pueblo que nunca quiso acumular nada más que su relación con la selva.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

domingo, 4 de enero de 2026

40 dias bajo la selva: Crónica de 4 niños indigenas bajo una supervivencia imposible

El 1 de mayo de 2023, la selva amazónica colombiana se convirtió en escenario de una de las historias de supervivencia más estremecedoras del siglo. Tras la caída de un pequeño avión, cuatro niños —uno de ellos un bebé— quedaron solos entre la espesura infinita. Durante 40 días, el hambre, la lluvia y el miedo pusieron a prueba una voluntad que se negó a rendirse.

El avión de hélice avanzaba con normalidad sobre el manto verde de la Amazonía cuando, sin previo aviso, el motor se apagó. El silencio duró apenas segundos antes de que la aeronave se precipitara contra la selva. El impacto fue brutal. La madre de los niños y el piloto murieron al instante. Entre los restos retorcidos del fuselaje, sobrevivieron cuatro hermanos: Lesly, de 13 años; sus hermanos de 9 y 4; y un bebé de apenas 11 meses.

La selva los rodeaba como un océano sin orillas. No había caminos, pueblos ni señales humanas. Solo árboles centenarios, ríos traicioneros y el zumbido constante de insectos. Allí comenzó una lucha silenciosa, lejos de toda mirada.

La primera decisión fue clave: no moverse del lugar del accidente. Lesly, la mayor, comprendió que los equipos de búsqueda iniciarían su rastreo desde el punto del siniestro. Permanecer cerca del avión era una apuesta por la vida.

Entre los restos hallaron lo indispensable para resistir: harina de yuca, algunas galletas y una botella de agua. Lesly asumió un rol que no le correspondía por edad, pero sí por necesidad. Racionó cada alimento con precisión extrema. Comían una sola vez al día, en pequeñas porciones, y siempre priorizando al bebé.

El agua fue otro desafío. Beber de los ríos cercanos implicaba riesgos mortales. La solución llegó del cielo. Con hojas grandes y partes del avión, recolectaban el agua de lluvia, transformando cada tormenta en una bendición.

Mientras tanto, el Ejército colombiano, junto a comunidades indígenas, desplegó una de las búsquedas más complejas jamás realizadas en la región. Durante semanas, helicópteros sobrevolaron la selva, se lanzaron alimentos y se siguieron rastros casi invisibles.

En el día 40, pequeñas huellas rompieron la monotonía del verde. Guiaron a los rescatistas hasta un claro. Allí estaban los cuatro niños: exhaustos, desnutridos, pero vivos.

Los médicos fueron categóricos: sobrevivir 40 días en la selva amazónica, con un bebé a cuestas, no fue obra del azar. Fue disciplina, conocimiento, liderazgo y una fortaleza forjada en medio del dolor.

La historia de estos niños no es solo un relato de supervivencia. Es la prueba de que, incluso en el corazón de la selva más implacable, la vida puede abrirse paso cuando el coraje y la inteligencia caminan juntos.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet