jueves, 25 de diciembre de 2025

Manuel Cordoba Rios: El niño que la selva volvió jaguar negro

En 1902, la Amazonía hizo lo que mejor sabe hacer: borrar un nombre y escribir otro. Manuel Córdova-Ríos desapareció a los quince años en la espesura del Mishagua y fue dado por muerto en Iquitos. Siete años después regresó con otra identidad, otro saber y una certeza que incomodó a la ciencia de su tiempo: la selva no mata por azar, enseña a quien aprende a escucharla.

La selva amazónica no solía devolver lo que tomaba. Cuando el adolescente Manuel Córdova-Ríos se perdió entre los árboles altos y el rumor espeso del río Mishagua, la ciudad asumió el desenlace más común. Para su familia quedó el silencio; para los mapas, un vacío verde. Nadie imaginó que, en realidad, el muchacho estaba siendo reescrito.

Manuel fue capturado por los Amahuaca, una tribu aislada y temida, más allá del alcance de misioneros y caucheros. Lo que parecía una sentencia de muerte se convirtió en adopción. El jefe Xanu vio en el muchacho algo distinto: una atención despierta, una paciencia rara. No lo hizo prisionero; lo eligió heredero.

Durante siete años, Manuel dejó de existir. En su lugar nació Ino Moxo, el Jaguar Negro. Bajo la tutela de Xanu, aprendió a leer el bosque como un texto sagrado. Descubrió que la selva no era un muro de ruido verde, sino una farmacia viva de precisión quirúrgica. Supo qué lianas detenían una hemorragia en segundos, qué resinas purgaban parásitos y cómo navegar los reinos de la conciencia a través de la medicina sagrada.

El aprendizaje fue duro. Ayunos prolongados, aislamiento nocturno, dietas estrictas para afinar los sentidos hasta lo improbable: escuchar el crecimiento de las plantas. La selva, decían, habla bajo; Ino Moxo aprendió a oírla.

En 1909, cuando emergió de la espesura y regresó a Iquitos, los médicos quedaron atónitos. La región era un mapa de fiebres y muertes que la medicina occidental no lograba explicar. Donde los doctores veían síntomas, Ino Moxo veía desequilibrios energéticos y botánicos.

Su fama creció a fuerza de resultados. En una ocasión documentada, salvó a un oficial de policía desahuciado por una infección parasitaria masiva. Los hospitales no tenían respuesta. Ino Moxo preparó una mezcla precisa de cortezas, la administró con calma y el hombre expulsó el mal, recuperándose casi de inmediato. No hacía milagros: aplicaba ciencia ancestral.

La reputación cruzó fronteras. En una época que despreciaba lo indígena, científicos, farmacéuticos y botánicos acudieron a él para comprender el curare y otras sustancias neuroactivas. Ino Moxo se volvió el eslabón perdido entre la química del bosque y la farmacología moderna.

Manuel Córdova-Ríos vivió hasta los 91 años y murió en 1978. Pasó sus últimos años en Iquitos, curando con humildad y enseñando una lección incómoda: la selva no es salvaje; es infinitamente sofisticada. El niño que desapareció en 1902 demostró que, a veces, hay que perderse en lo profundo para encontrar las respuestas que el mundo civilizado ha olvidado.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El Chawi de Coroico: agua que enamora y llama al retorno

Dicen en Coroico que hay un manantial que no solo calma la sed, sino que ata el corazón. El Chawi, vertiente legendaria de los Yungas, guarda historias de amor, guerra y promesas cumplidas: quien bebe de sus aguas, se enamora del pueblo y siempre vuelve.

El camino a los Yungas fue abierto a golpe de pico y cansancio por soldados presos del Paraguay durante los más de tres años que duró la guerra. Entre la neblina, la humedad y la nostalgia, muchos de ellos encontraron algo más fuerte que el exilio: el amor por las mujeres yungueñas y por esta tierra fértil y cálida.

Cuenta la leyenda que uno de esos prisioneros, un tal Jiménez, tenía un ritual al terminar la jornada. Se acercaba al Chawi —entonces una vertiente clara— y, antes de beber, murmuraba una promesa: “Tomo esta agüita del Chawi para que me haga volver de mi país a Coroico y casarme con mi amada coroiqueña”. Terminada la guerra, regresó al Paraguay, pero meses después volvió para cumplir su palabra. Se casó y no retornó nunca más.

Desde entonces, El Chawi es más que agua: es memoria viva y destino turístico, patrimonio cultural de Coroico. Sin embargo, hoy su entorno acusa el descuido. Visitantes y pobladores coinciden en una preocupación: la basura y la falta de cultura ciudadana empañan la magia del lugar y dañan la imagen de los sitios turísticos.


La leyenda persiste: quien bebe del Chawi se enamora de Coroico o de un coroiqueño(a). Cuidarlo es honrar esa historia, para que el agua siga llamando al amor y al retorno.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet

martes, 23 de diciembre de 2025

Pasto Grande Irupana: un tesoro arqueológico vivo en los Yungas de La Paz

Entre la neblina de los Yungas paceños y los antiguos caminos que conectaron culturas milenarias, el Complejo Arqueológico de Pasto Grande se levanta como uno de los patrimonios históricos más extensos y fascinantes de Bolivia. Ubicado en el municipio de Irupana, este sitio prehispánico —declarado Monumento Nacional y Patrimonio Cultural— invita a viajeros, investigadores y amantes de la historia a recorrer ciudadelas ancestrales, terrazas agrícolas monumentales y paisajes que aún conservan un profundo valor espiritual y cultural.

Pasto Grande ocupa aproximadamente 1.025 hectáreas en el cantón La Plazuela y está conformado por diez antiguas ciudadelas de origen tiahuanacota, organizadas en cuatro sectores. A su alrededor se despliega un impresionante complejo agrícola de más de 250 hectáreas de terrazas con sistemas de riego diseñados para evitar la erosión del suelo, además de depósitos capaces de almacenar hasta 2.000 quintales de producción, evidencia del alto nivel de planificación y conocimiento ancestral.

El sitio fue ocupado entre los años 483 y 1172 d.C., y posteriormente reutilizado por las markas aymaras de Umasuyos y por el Imperio Inca durante los gobiernos de Túpac Inca Yupanqui y Huayna Cápac, cuando se reactivó la producción agrícola, especialmente del cultivo de la hoja de coca. En sus alrededores se conservan cerca de veinte caminos preincaicos y estructuras habitacionales de gran tamaño, comparables a las del Cusco, que refuerzan su importancia como nodo estratégico y cultural.

La experiencia turística se complementa con otros espacios de alto valor simbólico, como el Inca Dormido, una imponente formación rocosa considerada un sitio místico y ritual por las comunidades de Lambate, así como otros centros arqueológicos de la región como Marcapata e Inkataca, que fortalecen el circuito cultural de Irupana.

Pasto Grande no es solo un vestigio del pasado, sino un patrimonio vivo que conecta historia, paisaje y espiritualidad. Su puesta en valor representa una oportunidad para el turismo cultural sostenible en los Yungas, invitando a descubrir una Bolivia ancestral aún poco explorada, donde cada piedra guarda la memoria de civilizaciones que supieron convivir con la montaña y la selva.

Texto y foto: Richard Ilimuri-Internet