sábado, 29 de julio de 2023

Esclava Matea Bolivar: La mamá del Libertador Simón Bolivar

Matea Bolívar conocida como Negra Matea, fue una esclava de la familia Bolívar nacida en la hacienda el Totumo. Al lado de la niña Matea estaba siempre Hipólita Bolívar a quien trajeron de San Mateo para amamantar al pequeño Simón

Nacida en San José de Tiznados, estado Guárico, vino al mundo el 21 de septiembre de 1773, Matea Bolívar, hija y nieta de familia de esclavos. Al igual que el resto de personas esclavizadas, Matea adquirió el apellido de su amo. 

Allí tenía como asiento el hato El Totumo, de propiedad de don Juan Vicente de Bolívar y Ponte, uno de los hombres más ricos y poderosos de las colonias del imperio español, padre de Simón Bolívar.

Al nacer Simón Bolívar, el 24 de julio de 1783, su mamá sufría de tuberculosis y de peso,  razón para que Matea, con tan sólo 10 años de edad, tomara la responsabilidad de cuidar al recién nacido.

Tras la muerte de sus padres, Simón Bolívar llamaba en ocasiones "Mamá Matea" a la mujer esclavizada. Después de que Simón  Bolívar le otorga la libertad en 1821, Matea decidió vivir con María Antonia Bolivar, hermana del Libertador.

Ese amor de madre que Hipólita deposito en Bolivar fue reconocido por él en una carta que escribió a su hermana Maria Antonia, en la que reveló

del sentimiento que unió a su segunda madre; "(...) te mando una carta, para que le des todo lo que ella quiera: para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche ha alimentado mi vida"

La negra Matea muere el 29 de marzo de 1886 a la edad de 112 años y seis meses, se dice que sus ultimas palabras fueron "me voy onde el niño Simón". Sus restos reposan en la cripta de los Bolivar en la catedral de Caracas.

La independencia de Venezuela debe dar las gracias a Matea, la mujer esclava y olvidada que crió a Simón Bolívar, y reconocer que su historia también se basa en la esclavitud.

viernes, 14 de julio de 2023

Guardianes de la selva: los pueblos indígenas de las tierras bajas de Bolivia

En el vasto oriente boliviano, donde la selva respira, los ríos marcan el ritmo de la vida y la tierra guarda memorias antiguas, habitan los pueblos indígenas de las tierras bajas. Son más de 30 naciones originarias que, desde tiempos ancestrales, han sabido convivir con la naturaleza sin dominarla, reconociéndose como parte de ella.

Chiquitanos, guaraníes, moxeños, guarayos, ayoreos, chimanes, mosetenes, ese ejja, tacanas y muchos otros pueblos mantienen vivas culturas que no solo hablan del pasado, sino que dialogan con el presente y reclaman un futuro digno.

Territorios donde la historia sigue viva

En la Chiquitania, el pueblo chiquitano, el más numeroso de las tierras bajas, resguarda una herencia marcada por la música, el trabajo comunitario y la relación espiritual con el bosque. Más al sur, en el Chaco, el pueblo guaraní conserva una profunda historia de resistencia frente a la colonización y la explotación, aferrado a su identidad y a su lengua como banderas de lucha.

En las llanuras y humedales del Beni, los moxeños trinitarios e ignacianos mantienen tradiciones que combinan saberes indígenas y herencias misionales, mientras que los guarayos, a orillas de grandes ríos, sostienen una vida ligada al bosque y al agua.

En regiones más aisladas, como el Chaco seco y la Amazonía profunda, pueblos como los ayoreos, tsimane, mosetenes, ese ejja y tacanas continúan practicando la caza, la pesca y la recolección, defendiendo su derecho a vivir según sus propias formas, algunas de ellas amenazadas por el avance de la frontera extractiva.

Una cultura que se siembra y se hereda

La vida comunitaria es el corazón de estos pueblos. La agricultura ancestral —basada en la yuca, el maíz y otros cultivos nativos— se combina con rituales, relatos orales y una espiritualidad profundamente ligada a la tierra, los animales y los ríos.

Sus lenguas originarias —como el guaraní, el mojeño, el chiquitano o el tsimane— no son solo medios de comunicación, sino archivos vivos de conocimiento, hoy reconocidos como idiomas oficiales del Estado Plurinacional de Bolivia.

Defender la vida, defender el territorio

En la actualidad, muchos de estos pueblos se organizan en Territorios Indígena Originario Campesinos (TIOC), espacios que representan mucho más que una delimitación geográfica: son territorios de identidad, memoria y supervivencia cultural.

Sin embargo, enfrentan desafíos constantes: la presión sobre sus tierras, la deforestación, la pérdida de sus lenguas y la amenaza a sus formas de vida tradicionales. Aun así, su resistencia persiste.

Los pueblos indígenas de las tierras bajas no son vestigios del pasado. Son guardianes del presente y del futuro, portadores de saberes esenciales para la conservación de la biodiversidad y para repensar la relación entre la humanidad y la naturaleza.

Texto y foto: Richard Ilimuri - Internet

miércoles, 5 de julio de 2023

Pueblo Ese'Ejja: La historia de un gran pueblo

En el pasado habían logrado mantenerse alejados de la explotación de los rescatistas de goma elástica; hoy,  además de caminar por las calles de las principales ciudades amazónicas de Bolivia y Perú, en nuestro país viven en pequeñas poblaciones sobre las ribera de los ríos Beni y Madre de Dios: Eiyoquibo en San Buenaventura de La Paz, Villanueva, Jenechiquía, Portachuelo Alto y Bajo en el Territorio Indígena Multiétnico II entre Vaca Díez del Beni y Pando; el último censo de Bolivia reportó no más de 1700 habitantes.

En su lengua extendida Tacana ellos son la "Gente Verdadera” y sus ancestros descendieron por una liana de algodón en la cabecera del río Tambopata en Perú (el Bahuajja).

Los Ese´Ejja (Huarayos, Tiatinaguas) uno de los pocos pueblos trashumantes en los ríos peruanos (Tambopata y Madre de Dios) y bolivianos (Heth, Madre de Dios y Beni) me remiten con cierta impotencia a la "inmovilidad del tiempo", no por su devenir sino por la injusticia.

Hoy representan la imagen más descarnada de la vulnerabilidad: niños recorren a pasito rápido y corto por los restaurantes de Riberalta pidiendo dinero, mientras en alguna esquina sus padres van conformando esas raras comunidades urbanas marginales y en sus cuerpos llevan el testimonio cruel de la explotación ilegal del oro aluvial y la contaminación por mercurio.

En sus rostros no hay mucho que cambie de aquellos contactados por Sinchi Roca o Yahuar Huaca (podría ser al revés: fueron los Ese Ejjas quienes contactaron al imperio Inca), o a los Ese Ejjas avistados por la expedición de Francisco Maldonado en 1567 en el Alto Madre de Dios o la de Álvarez de Toledo, o a  los referidos por el Padre Armentia en 1887 cuando indicó que en una expedición de 1770 se ubicó a los Ese Ejjas en las cabeceras de los ríos Madre de Dios y en el río Madidi, o a los evangelizados por el Instituto Lingüístico de Verano desde 1960 de este gran pueblo.

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