viernes, 30 de enero de 2026

Los Toritos: fe, memoria y tradición viva en el corazón del Beni

Entre el sonido del pífano y el retumbar de los tambores, la danza de “Los Toritos” revive cada año la memoria histórica de los pueblos mojeños del Beni. Más que una representación festiva, es un símbolo de la herencia misional jesuítica y de la apropiación cultural que las comunidades indígenas hicieron del ganado vacuno, integrándolo a su cosmovisión y a sus celebraciones religiosas.

La danza de “Los Toritos” tiene sus raíces en la época de las misiones jesuíticas establecidas en la región de Mojos durante los siglos XVII y XVIII. Fueron los misione
ros de la Compañía de Jesús quienes introdujeron el ganado vacuno en la región, trasladando —según la tradición oral— cerca de 80 reses desde Santa Cruz de la Sierra hasta Loreto, recorriendo aproximadamente 500 kilómetros entre selvas, pampas y ríos. La travesía fue ardua: se abrieron senderos y se improvisaron pasos fluviales, pero apenas 18 animales lograron sobrevivir al trayecto.

Aquel hecho marcó el inicio de la actividad ganadera en la región y transformó la economía y la vida cotidiana de los pueblos mojeños. Con el tiempo, el toro dejó de ser solo un animal productivo para convertirse en símbolo festivo y ritual.

Apropiación cultural y sentido comunitario

La danza fue adoptada y resignificada por los mojeños, especialmente en poblaciones como San Ignacio de Moxos y Loreto. Allí, el toro pasó a representar fuerza, abundancia y protección, integrándose a las celebraciones religiosas más importantes.
“Los Toritos” se baila durante las denominadas “fiestas grandes”, entre ellas el Achope Missanuú, celebración en honor al santo patrono del pueblo. Estas festividades combinan elementos del calendario católico con prácticas y símbolos propios de la tradición indígena, reflejando el sincretismo cultural heredado del periodo misional.

En el marco de estas celebraciones, la comunidad participa activamente: familias enteras colaboran en la organización, preparación de alimentos tradicionales, confección de vestimenta y acompañamiento musical. La danza no es un espectáculo aislado, sino parte de un sistema de usos y costumbres que fortalece la identidad colectiva y el sentido de pertenencia.

Música, indumentaria y simbolismo

La orquesta tradicional que acompaña la danza está compuesta por pífano, tambores y sancuti —instrumentos de viento y percusión característicos de la región— cuyo ritmo marca el paso ágil y festivo de los danzantes.

El personaje central es el torito. Porta una careta de madera cuidadosamente tallada, adornada con espejos, abalorios y cintas de colores entrelazadas en los cuernos. Los espejos, según la tradición, simbolizan la vigilancia y la protección espiritual; las cintas representan la alegría y el carácter festivo de la celebración.

El danzante que encarna al torito realiza movimientos enérgicos y juguetones, simulando embestidas y giros rápidos, interactuando con el público y con los demás personajes. Esta teatralidad convierte la danza en una expresión dinámica que mezcla devoción, humor y destreza corporal.

Tradición que perdura

En el Beni, donde la ganadería es hoy uno de los pilares económicos, “Los Toritos” recuerdan el origen histórico de esa actividad y el proceso de adaptación cultural de los pueblos mojeños frente a la influencia europea.

La danza, transmitida de generación en generación, continúa siendo un elemento esencial del calendario festivo y una manifestación viva de los usos y costumbres de la región. En cada presentación, el sonido del pífano y el eco de los tambores evocan siglos de historia, fe y resistencia cultural en las tierras mojeñas.

Texto y foto: Richard Ilimuri

miércoles, 28 de enero de 2026

Los Afrobolivianos: identidad, resistencia y cultura viva en los Yungas

Desde los valles húmedos de los Yungas paceños, la comunidad afroboliviana mantiene viva una herencia cultural forjada entre la esclavitud colonial y la lucha por el reconocimiento. Con autoridades propias, tradiciones ancestrales y una presencia cada vez más visible en la vida política del país, su historia es también parte esencial de la memoria de Bolivia.

La población afroboliviana se asienta principalmente en los Yungas del departamento de La Paz, en localidades como Tocaña, Chicaloma y Mururata. Allí, sus habitantes han preservado prácticas culturales, sociales y productivas que reflejan una fuerte identidad colectiva, sostenida frente a siglos de discriminación y exclusión.

Uno de los símbolos más representativos de esta identidad es la figura del rey afroboliviano. En la actualidad, Julio Pinedo ostenta el título de monarca simbólico, reconocido por la entonces Prefectura de La Paz —hoy Gobernación— como parte del patrimonio cultural del departamento. Esta monarquía tradicional, hereditaria y ceremonial, constituye un elemento de cohesión comunitaria y de reafirmación histórica, cuyos orígenes se remontan a la época colonial.

En el ámbito político, la comunidad logró hitos significativos en la historia republicana. En 2010, Jorge Medina se convirtió en el primer afroboliviano en ocupar una diputación en la Asamblea Legislativa Plurinacional, marcando un precedente en la representación formal de este pueblo en las estructuras del Estado.

De la esclavitud a la organización cultural

Los antepasados de los afrobolivianos llegaron desde África durante la colonia española, muchos de ellos destinados a trabajos forzados en las minas de Potosí. Las duras condiciones climáticas del altiplano provocaron el traslado de parte de esta población a los Yungas, donde se incorporaron progresivamente a las dinámicas agrícolas y establecieron comunidades propias, en interacción y convivencia con el pueblo aymara.

A fines del siglo XX, la reafirmación identitaria cobró fuerza a través del Movimiento Cultural Saya Afroboliviana, organización que impulsó la recuperación de la memoria histórica, la valoración de la música y la danza tradicional, y la reivindicación de derechos colectivos. Este proceso derivó en un logro fundamental: el reconocimiento constitucional del pueblo afroboliviano en la nueva Constitución Política del Estado aprobada en 2009, durante la Asamblea Constituyente desarrollada en Sucre.

La saya: música, memoria y denuncia

La saya afroboliviana es la expresión cultural más emblemática de este pueblo. Se trata de una danza y manifestación musical de raíz africana que combina tambores, cantos responsoriales y coplas improvisadas. En sus letras se expresan alegrías, penas, críticas sociales y episodios de la vida cotidiana.
La saya no es solo espectáculo; es memoria colectiva y herramienta de denuncia. A través de la picardía y la improvisación de los copleros, se transmiten mensajes de resistencia frente a la discriminación racial y se refuerza el sentido de pertenencia comunitaria.

Usos, costumbres y religiosidad

En sus comunidades, los afrobolivianos mantienen formas de organización basadas en la solidaridad familiar y el trabajo comunitario. Las festividades patronales, la celebraciones religiosas y los encuentros culturales son espacios de reafirmación identitaria.
Si bien la mayoría profesa la fe católica —herencia del proceso de evangelización colonial—, en algunas localidades como Chicaloma y Mururata perviven elementos simbólicos y rituales asociados a creencias de raíz africana, reinterpretadas y adaptadas al contexto local a lo largo del tiempo.
La estructura familiar extendida, el respeto a los mayores y la transmisión oral de la historia constituyen pilares fundamentales en la preservación de su identidad cultural.

Economía agrícola y saberes productivos

La principal actividad económica de las comunidades afrobolivianas es la agricultura. El cultivo de la hoja de coca representa una base esencial para la economía familiar y comunal. Asimismo, producen cítricos, plátano, yuca, papaya y diversos cereales destinados tanto al autoconsumo como a la comercialización en mercados regionales.

El café también ocupa un lugar importante en su producción agrícola. Su siembra se realiza directamente en el terreno preparado, colocando de dos a tres plantines por hoyo. Esta labor suele efectuarse entre enero y marzo, después de la quema controlada del chaco, siguiendo prácticas tradicionales transmitidas de generación en generación.

A pesar de los avances en reconocimiento legal y representación política, los afrobolivianos continúan enfrentando desafíos vinculados al racismo estructural y a la desigualdad socioeconómica. Sin embargo, su organización, su cultura y su memoria histórica constituyen herramientas de resistencia que fortalecen su presencia en el Estado Plurinacional.

En los Yungas, la saya sigue sonando. Y con cada tambor, la historia afroboliviana reafirma su lugar en la diversidad que define a Bolivia.

Texto y foto: Richard Ilimuri

lunes, 26 de enero de 2026

Los Reyesanos o maropas: un pueblo invisible en la amazonia

La escasa población de los reyesanos, también conocidos como maropas, ha reducido su presencia e influencia en el norte amazónico de Bolivia. La falta de estudios y registros oficiales ha dejado amplios vacíos sobre su origen, historia y situación actual en los departamentos del Beni y parte de Pando.

Debido a su reducido número, los reyesanos —o maropas, como también se los denomina— han permanecido casi al margen de la historiografía y las estadísticas oficiales. La información disponible sobre su pasado y su origen en el Beni y una parte de Pando es limitada y fragmentaria.

Antropólogos coinciden en que prácticamente no se han realizado estudios específicos sobre este grupo. A lo largo del tiempo fueron asimilados social y culturalmente, e incluso, en términos etnohistóricos, absorbidos por pueblos indígenas geográficamente cercanos como los araonas, cavineños, tacanas y esse ejjas.

Entre los pocos datos recopilados, se señala que los reyesanos pertenecen a la familia etnolingüística tacana, vinculada a la región de Tumupasa. Su economía se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, actividades que complementan con la elaboración de artesanías en pieles y fibras de palma. Asimismo, practican la caza y la pesca como medios de subsistencia.

En su hábitat natural, los maropas o reyesanos prefieren asentarse en zonas de bosques y llanuras atravesadas por ríos y lagos de la cuenca amazónica. Estos entornos les permiten desarrollar sus actividades productivas, que dependen de la disponibilidad de recursos naturales y de ecosistemas conservados.

Los registros también indican que el grupo mantenía una notable movilidad. Sin embargo, al alcanzar la madurez —entre los 23 y 30 años— adoptaban prácticas más sedentarias y construían sus pahuichis (chozas) con palma de motacú, abundante en las riberas de los ríos.

A pesar de su larga presencia en la región, los reyesanos casi no han figurado en las estadísticas indígenas oficiales, lo que ha contribuido a que su existencia sea poco conocida. En los últimos años, no obstante, impulsados por algunas organizaciones, miembros del pueblo han comenzado a reivindicar su identidad, principalmente a través de expresiones culturales que buscan preservar y visibilizar su herencia ancestral.

Texto y foto: Richard Ilimuri