En 1570, los chiriguanos —pueblo guaraní conocido como “avas”, es decir, hombres— humillaron al poder colonial al derrotar la expedición punitiva del virrey Francisco de Toledo. Fue el inicio de más de tres siglos de guerra en la frontera chaqueña: un territorio donde los españoles nunca lograron imponer un dominio total.
Desde entonces, la historia se escribió con sangre. Incursiones militares, saqueos, alianzas y traiciones marcaron una frontera viva y violenta. Los avas resistieron con tenacidad, atacando haciendas y poblados, llegando incluso a amenazar los alrededores de Potosí, la joya de la Corona española. Pero también hubo treguas, comercio y conflictos internos que fragmentaron su unidad.
A fines del siglo XVIII, miles de guerreros guaraníes se levantaron bajo el mando de líderes espirituales como el Tumpa de Caiza y el Tumpa de Mazavi. Su objetivo era claro: expulsar a los invasores. No lo lograron, pero dejaron en evidencia que la resistencia estaba lejos de extinguirse.
Durante la Guerra de la Independencia, los chiriguanos volvieron a empuñar las armas. Los “querembas”, sus temidos guerreros, lucharon junto a las fuerzas insurgentes de Juana Azurduy, Eustaquio “El Colorado” Mercado y los montoneros del sur. Sin embargo, la independencia de 1825 no significó libertad para ellos.
Con la República nació un nuevo enemigo.
El Estado boliviano emprendió una ocupación sistemática del territorio chiriguano. Bajo el discurso de “civilizar”, avanzaron misiones religiosas, fortines militares y haciendas ganaderas. Criollos y mestizos tomaron las mejores tierras y las fuentes de agua. El mundo guaraní se fracturó: algunos fueron reducidos a las misiones como “neófitos”, mientras otros resistieron como “infieles”.
La respuesta fue la rebelión.
A finales del siglo XIX, emergió un líder que encendió nuevamente la esperanza: Apiaguaiki Tumpa. Su figura, rodeada de misticismo, movilizó a miles de guerreros decididos a recuperar su territorio. Pero la historia estaba a punto de alcanzar uno de sus episodios más brutales.
Curuyuqui, 28 de enero de 1892.
Todo comenzó con un crimen: el corregidor de Cuevo violó y asesinó a una mujer chiriguana. La indignación se convirtió en levantamiento. Durante semanas, la región ardió en ataques y represalias. Comunidades enteras fueron incendiadas por las fuerzas estatales.
El desenlace llegó en Curuyuqui.
Al amanecer, cerca de 6.000 querembas, armados en su mayoría con arcos y flechas, se enfrentaron a un ejército moderno comandado por el prefecto de Santa Cruz, general Ramón Gonzales. Más de 1.600 soldados, apoyados por indígenas aliados y civiles armados, avanzaron con fusiles y disciplina militar.
La batalla fue desigual. Y fue una masacre.
Durante ocho horas, los chiriguanos resistieron. Al final del día, entre 900 y 1.000 de ellos yacían muertos. El ejército gubernamental apenas registró nueve bajas.
Pero la violencia no terminó ahí.
Apiaguaiki Tumpa fue capturado mediante engaño, juzgado sumariamente y ejecutado el 29 de marzo de 1892 en Monteagudo. Su cuerpo fue expuesto públicamente como escarmiento. Murió, según los propios informes oficiales, “con la altivez de un gran caudillo”.
Lo que siguió fue aún más devastador.
Miles de hombres, mujeres y niños fueron repartidos como mano de obra en haciendas y misiones, en condiciones que recordaban a la esclavitud. Otros fueron trasladados a ciudades como Sucre para servir en labores domésticas. Fue el desmantelamiento forzado de toda una nación.
Curuyuqui no fue solo una derrota militar. Fue un intento de exterminio.
Y sin embargo, no fue el final. El pueblo guaraní sobrevivió. Resistió al olvido, a la violencia y al despojo. Hoy, en ese mismo territorio donde alguna vez se impuso la muerte, se levanta una universidad indígena.
Curuyuqui sigue siendo símbolo de dolor.
Pero también de dignidad.
Texto y foto:
Richard Ilimuri-Internet
