viernes, 16 de enero de 2015

Los 18 pueblos indígenas del Beni eligen por usos y costumbres a 4 legisladores a la Asamblea Departamental

En Beni fueron elegidos los cuatro representantes, entre titulares y suplentes, de los pueblos indígenas, mientras que otros cuatro corresponden al sector campesino que aún no definió fecha de elección.

Los 18 pueblos indígenas de Beni se anticiparon a las elecciones subnacionales del 29 de marzo y en el marco de las disposiciones legales eligieron a sus cuatro representantes, dos titulares y dos suplentes, a la Asamblea Legislativa Departamental por usos y costumbres. Otros dos serán elegidos por campesinos bajo sus propios procedimientos.

El Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (Sifde), brazo operativo del Tribunal Electoral Departamental (TED), inauguró el acto de elección indígena como parte de sus atribuciones. La responsable de coordinación del Sifde, Hellen Vargas, informó a La Razón Digital que la elección se desarrolló ayer en la sede de la Central de Pueblos Indígenas del Beni, en Trinidad, sin percances.

En las elecciones subnacionales del 29 de marzo serán elegidos por voto en Beni 24 asambleístas de 28, ya que cuatro corresponden a indígenas y campesinos, y su elección es por usos y costumbres. La representación indígena abarca a los pueblos Tacana, Pacahuara, Itonoma, Joaquiniano, Maropa, Guarasugwe, Mojeño, Sirionó, Baure, Tsimane, Movima, Cayubaba, Moré, Cavineño, Chacobo, Canichana, Mosetén y Yuracaré, según se establece en el reglamento para las elecciones.

El vocal del Tribunal Supremo Electoral (TSE) Irineo Zuna también estuvo en la asamblea de elección de representaciones indígenas. Fueron electos Ana María Arana Cuéllar y Fanor Amapo Yubanure, junto a sus suplentes Mariano Moy Tamo y Leonardina Maito Moye, respectivamente.

Con esa determinación, solo falta elegir por esa misma vía a dos asambleístas campesinos, junto a sus suplentes, y mediante el voto a otros 24 titulares, tres por cada una de las ocho provincias benianas.

En la asamblea orgánica participaron delegados y representantes de la Central de Pueblos Étnicos Mojeños del Beni (CPEM-B), Central Indígena de la Región Amazónica de Bolivia (CIRABO), Central de Pueblos Indígenas del Beni (CPIB), Central de Mujeres Indígenas del Beni (CMIB) y del Gran Consejo Chimán.

Los campesinos pueden efectuar la elección hasta 15 días antes de las justas del 29 de marzo.

Texto La Razón Digital
foto: Richard Ilimuri

lunes, 18 de agosto de 2014

EL GENOCIDIO EN EL SUR DE CHILE QUE LA HISTORIA OFICIAL INTENTÓ ESCONDER

El año pasado el historiador español José Luis Alonso Marchante encontró en la Biblioteca Nacional de España el texto original de Treinta años en Tierra del Fuego, del misionero salesiano, gran naturalista y expedicionario Alberto de Agostini. Con este libro en sus manos, el historiador comprobó que en las actuales reediciones del texto, incluida la realizada el 2013, faltaban párrafos y no cualquiera. 

En los textos censurados, el misionero era implacable: la extinción del pueblo selk’nam en la Patagonia chilena y argentina no fue obra de su “ignorante glotonería”, “guerra entre tribus” o producto de su “miserable contextura física”, como dictó durante muchos años la historia oficial, sino que producto del exterminio y la cacería, ordenada por un solo hombre: José Menéndez, el gran latifundista del extremo sur de Chile.
“Exploradores, estancieros y soldados no tuvieron escrúpulos en descargar sus mauser contra los infelices indios, como si se tratase de fieras o piezas de caza”, reza uno de los párrafos censurados (De Agostini, 1929: 244).
Este hallazgo junto a otros importantes testimonios se encuentran contenidos en el libro Menéndez. Rey de la Patagonia (Editorial Catalonia), recientemente lanzado en Chile y que, según historiadores expertos en La Patagonia, como Osvaldo Bayer, vendría siendo “el libro definitivo sobre la verdad ocurrida en el sur chileno y argentino”.
“Hubo dos cosas que me impactaron en la investigación: el genocidio de todo un pueblo (los selk’nam) en pleno Siglo XX y la trágica suerte de los obreros (también masacrados) que trabajan en esas estancias”, dice Alonso Marchante, casi al comienzo de la conversación con Cultura + Ciudad, en la que explica sin eufemismos la naturaleza de la responsabilidad criminal de quien fuera también el abuelo de Enrique Campos Menéndez, el escritor favorito de Pinochet y redactor de los bandos militares del Golpe.

LA CENSURA

La censura en el texto de De Agostini, explica Alonso Marchante, fue más bien una autocensura que el religioso aplicó a sus libros luego que la Congregación fuera presionada por el poder de Menéndez para cambiar la historia y exculpar de la masacre al más grande latifundista del sur de Chile, quien acumulara una de las más grandes fortunas de América Latina con el comercio lanero.
“Los primeros salesianos no negaban las matanzas, los primeros, como Faganno y De Agostini, fueron gente que estuvieron en el terreno, que levantaron las misiones de la nada, y en sus diarios publicaban cómo se estaban exterminando a los indígenas. Ocurre que después hubo un cambio en la historiografía de los salesianos. Los que vienen después ya están sometidos al poder económico de los Menéndez, entonces ahí se reescribe la historia de la colonización, y ahí sostienen que los indios simplemente desaparecen sin que mediaran los estancieros”, explica Alonso.
La motivación por investigar el papel de Menéndez y de sus descendientes en Chile nació casi por casualidad. Un día –cuenta– paseando por el Museo Asturiano en Buenos Aires, encontró un busto de José Ménendez. Nunca había escuchado una palabra de él, pese a que el historiador también es asturiano. En su región natal, Alonso no encontró calle que llevara su nombre, pero sí una escuela –fundada a comienzos del siglo pasado–, que era la forma que tenían los “indianos” (como se conoce a los colonos europeos que viajaron a América) de retribuir a su patria la fortuna alcanzada en sus aventuras.
“Se construyeron más de 350 escuelas en Asturias, en las primeras décadas del siglo XX, y entre ellas está la de José Menéndez en Miranda y que lleva su nombre”,  cuenta Alonso, remarcando así el punto de partida de una historia marcada por la fortuna, la crueldad y la mentira.

EL IMPERIO MENÉNDEZ

En la Región de Magallanes, específicamente en Punta Arenas, las mansiones de la familia Menéndez se conservan en forma de museos, dando cuenta –a través de su fastuosidad– de la época dorada de la región magallánica.
En el libro se explica que Menéndez, tras una breve estancia en Cuba, llega a nuestro país en 1868. Al poco tiempo recibe miles de hectáreas como beneficio del gobierno chileno por la colonización en el sur. La idea era traer el desarrollo económico a la zona y establecer reservas indígenas. En esos años Mauricio Braun, otro inmigrante, también había recibido miles de hectáreas, lo mismo que Julius Popper en Argentina.
Alonso Marchante cuenta que, como parte de una gran inversión, las familias Menéndez y Braun se unen a través del matrimonio de sus hijos, y las tierras de Popper, tras una extraña muerte por presunto envenenamiento, son cedidas a Menéndez, convirtiéndose este último en el dueño y señor de toda la Patagonia chilena y argentina a través de la Sociedad Explotadora Tierra del Fuego.
El imperio económico, que llegó a sumar bancos y navieras, tuvo su origen el comercio de lana de oveja, que vendían a Inglaterra a cambio de libras esterlinas. En la inserción de la ovejas  en la zona y consecuente desplazamiento del guanaco, animal que poblaba esas zonas, se encuentra –según el libro– el origen de una de las matanzas más grandes de indígenas y que contó con todo el poder editorial de esos años para tapar el genocidio.

EL EXTERMINIO DE LOS SELK’NAM

“A medida que comenzó a avanzar la frontera ovina, porque toda la riqueza de las dinastías económicas se sustentaba en el ganado de lana”, cuenta el historiador, “comenzaron a requerirse cada vez más tierras para terminar instalándose en el territorio selk’nam”.
Al instalarse en la zona, se divide el terreno mediante alambradas, y el guanaco –principal sustento alimenticio y de abrigo de los onas– se ve arrinconado hacia tierras más altas.
“Una vez que el guanaco desaparece los Selk’nam empiezan a pasar hambre. Cuando se dan cuenta de la aparición de las ovejas empiezan a alimentarse de este animal y lo entienden como algo absolutamente natural, no saben muy bien cómo han aparecido esas ovejas ahí, ni conocían el concepto de propiedad”, explica el historiador.
“Cuando los Selk’nam empiezan a atacar a las ovejas, José Menéndez da la orden de acabar con ellos. Lo hacen primero disparándoles directamente para exterminarlos, y con las mujeres y niños se produce una cacería. Los van cazando para después ofrecerlos en plazas públicas”, cuenta Alonso, quien precisa que todo esto es muy posterior a la exhibición de indígenas como piezas de circo, en lo que se llamó “zoológicos humanos”.
La familia Menéndez, especialmente José Menéndez –remarca el historiador–, fueron los instigadores de la matanza. “José Menéndez puso como capataz y como administrador de su estancia a un escocés de nombre Alexander Mc Lennan (El chancho colorado), quien fue el mayor matador de indígenas y reconocido por él mismo. Él recibía órdenes directas de José Menéndez, era su empleado”.
En el libro se sostiene que por cada indígena muerto, Menéndez pagaba una libra esterlina, de modo que en la fortuna que alcanzó a tener este escocés podría incluso calcularse la cantidad de indígenas asesinados y que, de acuerdo a las versiones de otros historiadores, podría estimarse en varios cientos, si no miles.
“Cuando se retiró Mc Lennan, José Menéndez le regaló un carísimo reloj en agradecimiento por todos esos servicios”, relata.

LA HISTORIA OFICIAL

“Logré contactarme con un bisnieto de Alexander Mc Lennan, quien me decía que no se puede decir que esté bien matar indios, pero que, gracias a lo que hizo su abuelo y José Menéndez, hoy no hay indígenas en la Tierra del Fuego, así que no hay problemas. Y eso me lo dicen en pleno 2014″, recuerda con asombro el historiador.
Durante muchos años, la historia oficial que se contó tuvo como propósito ocultar los crímenes, que fueron incluso celebrados como deporte.
En 1971, el historiador y descendiente del clan, Armando Braun Menéndez, portavoz de los estancieros, señala que como causa de muerte de los indígenas estaban sus hábitos alimenticios. “Era frecuente observar al lado de los restos de una ballena, los cadáveres de los indígenas que, llegados tarde al festín, habían sido víctimas de su ignorante glotonería” (Braun 1971: 135). Insiste a tal punto en el tema que escribe que “era tan miserable su contextura física que no pudieron soportar ni su propio clima”.
Esta absurda conjetura –explica Alonso en su libro– chocó con la respuesta contundente del etnólogo suizo Jean-Christian Spahni, quien señala: “Mis investigaciones alrededor de los habitantes me han demostrado que los genocidios habían existido realmente y que fueron causados justamente por los propietarios de las estancias a los que Armando Braun intenta defender”.
Otro de los herederos de los hacendados, el escritor favorito de Pinochet, Enrique Campos Ménendez, llega incluso a exponer sus dudas sobre un posible canibalismo de los Selk’nam, cuestión que, al momento de sus dichos, ya nadie se atrevía siquiera a mencionar.
La historia oficial de negación del genocidio intenta a tal punto instalarse, que otro de los herederos, Eduardo Braun Menéndez, llega a obligar –se narra en el libro– “al científico Alexander Lipschutz (Premio Nacional de Ciencias 1969) a la eliminación de cualquier referencia a la caza de indígenas, como paso previo para publicar sus ensayos en la revista Ciencia e investigación, que dirigía el nieto de José Menéndez”.

LA PATAGONIA TRÁGICA

Además del exterminio de los onas, el libro de Alonso toca otro de los temas sensibles en La Patagonia, y que tiene que ver con las matanzas de más de 1.400 obreros chilenos en 1921.
Estos crímenes fueron recogidos en un libro llamado La Patagonia Trágica, publicado en Argentina en 1928 por José María Borrero. En este libro, escrito sin rigurosidad científica, había una denuncia en cada página y al poco tiempo se convirtió en un mito al desaparecer de las librerías. Un segundo texto, presuntamente llamado Orgías de sangre y que, según el mito, narraba los asesinatos de 1921, se convirtió en leyenda tras asegurarse que el manuscrito había sido robado y quemado.
Parte de esa historia fue recogida con seriedad científica por Osvaldo Bayer, quien publicó La Patagonia rebelde, en 1972, un libro testimonial de no ficción que trataba sobre la lucha protagonizada por los trabajadores  anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, entre 1920 y 1921. Esta historia comenzó como una huelga contra la explotación de los obreros por parte de sus patrones, luego reprimida por el Ejército al mando del teniente Héctor Benigno Varela, enviado por el entonces presidente Hipólito Yrigoyen.
“Se fusilaron a centenares de peones de las estancias, la mayoría de ellos chilenos, pero también asturianos, argentinos, alemanes, italianos. Esas son las dos grandes tragedias de esta historia, creo que esta historia no la podemos ver con una sonrisa porque es una historia trágica, porque desaparecen de manera brutal los pueblos que habitaron por milenios esas tierras y además hay una represión salvaje sobre los peones que trabajaron en las estancias”, sostiene Alonso Marchante, de cuyo libro el propio Bayer reconoce que “después de este acopio de pruebas nadie podrá señalar que las versiones críticas que surgieron a medida que se producían los hechos eran exageradas o de pura imaginación”.
–¿Como historiador crees que hay responsabilidad del Estado chileno en estas masacres? 
–Los peones fueron fusilados por el Ejército argentino, pero la mayoría eran chilenos, y las autoridades chilenas no solamente no levantaron la voz sino que colaboraron con las autoridades argentinas en el silencio. Esto lo demostró Osvaldo Bayer hace ya mucho tiempo, cuando descubrió cómo los propios carabineros chilenos llevaban a los peones a Argentina, en donde el Ejército de ese país los fusiló. Es verdad que estos hechos ocurrieron hace casi un siglo, pero los Estados deben hacer un reconocimiento. En Argentina, en la zona en que ocurrieron los fusilamientos, en cada cuartel en donde hubo un centro de detención hay unas placas que identifican que en ese lugar y en ese cuartel se mató gente. Yo no se qué homenajes han hecho las autoridades chilenas a esos peones.
Texto y foto: Internet - Richard Ilimuri

jueves, 12 de junio de 2014

El Imperialismo

Imperialismo es el nombre que se le da al capitalismo monopolista, también llamado capitalismo imperialista. 

Esta fase, superior y supuestamente última del capitalismo, nace a partir de la gran crisis capitalista de 1863 en Inglaterra y fue la consecuencia del crecimiento incesante de la producción y un aumento en la concentración de empresas, que se hicieron cada vez más grandes y cada vez menos numerosas; hechos ocurridos durante los últimos 30 años del siglo XIX. Se suplanta así la libre competencia capitalista, que había alcanzado su máximo esplendor entre 1850 y 1870, por el dominio de los monopolios.

El enorme crecimiento de las fuerzas productivas fue la fuerza impulsora del desarrollo imperialista. Aparecieron nuevos métodos de fundición de acero, nuevos motores de combustión interna y eléctricos, nuevas turbinas de vapor. El uso del petróleo en gran escala, la construcción de gigantescas plantas eléctricas, el desarrollo de la industria química, hicieron posible y necesaria la aparición de esta nueva etapa del desarrollo capitalista. Esto llevó a un crecimiento muy grande del capital constante (el invertido en equipos, instalaciones, maquinarias, combustible, materia prima) y de la producción de bienes de capital, por lo que la industria pesada supera con creces a la industria ligera. La composición orgánica del capital se eleva a niveles nunca vistos.

Otro elemento a considerar es la gran difusión tenida por las compañías anónimas, que permitió concentrar grandes masas de inversión para acometer la instalación de grandes gigantes industriales y obras colosales de ingeniería, con lo cual se completaba el cuadro de necesidades satisfechas para el nacimiento de los monopolios y la fase imperialista del capitalismo, como muy bien la describió Vladimir Illich Ulianov en su conocida obra "El imperialismo, fase superior del capitalismo", escrito en Zurich durante la primavera de 1916.

Las características del imperialismo pueden resumirse de la siguiente manera:

1.- Concentración de la producción y del capital en gigantescas empresas que ejercen el control absoluto de la producción de mercancías y de su distribución, lo que influye decisivamente en la sociedad.

2.- La fusión de los capitales bancarios e industrial para dar origen al capital financiero y a la creación de la oligarquía financiera.

3. Sustitución de la exportación de mercancías, que pasa a un segundo plano, por la exportación de capitales.

4.- Formación de asociaciones internacionales de capitalistas monopolistas que se distribuyen en el mundo.

5.- Reparto territorial del mundo, entre las grandes potencias capitalistas.


Mientras los imperios dominan mediante las invasiones armadas de otros pueblos y territorios, la ocupación territorial y la constitución de enclaves coloniales donde gobierna directamente la metrópolis, el imperialismo domina permanentemente a través de la exportación de capitales, que manejan la economía y la política, sin la necesidad de ocupar territorio, por lo que los nuevos enclaves reciben el nombre de neocolonias.

Texto y foto: Internet