jueves, 5 de marzo de 2026

La Morenada: tradición, sátira, y devoción

La Morenada, una de las danzas más emblemáticas del Carnaval de Oruro, combina raíces coloniales, sátira social y fervor religioso, consolidándose como símbolo de identidad orureña y patrimonio cultural boliviano.

La danza de la Morenada en Oruro tiene un origen complejo que mezcla la sátira hacia la esclavitud africana en las minas coloniales con elementos festivos populares. Aunque sus primeras manifestaciones fueron espontáneas y callejeras, la danza vivió un momento decisivo entre 1912 y 1913, cuando se fundó la Morenada Oruro —hoy conocida como Morenada Zona Norte—, marcando el inicio de su organización institucional.

Este paso fue clave para transformar la Morenada en una danza estructurada, con fraternidades organizadas, trajes más elaborados y un sentido de devoción hacia la Virgen del Socavón, patrona de los mineros y del Carnaval de Oruro. Desde entonces, la danza no solo representa la memoria colonial, sino también la identidad contemporánea de la ciudad.

La Morenada se caracteriza por sus pesados trajes bordados, las matracas que acompañan el ritmo y las máscaras de rasgos exagerados que evocan la sátira de los esclavos africanos. Hoy, miles de danzarines recorren las calles de Oruro durante el Carnaval —declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO en 2001—, reafirmando la vigencia de esta tradición centenaria.

Además, la Morenada ha trascendido Oruro y se ha expandido a otras ciudades de Bolivia e incluso a comunidades bolivianas en el exterior, convirtiéndose en un símbolo de orgullo nacional y en una expresión cultural que une pasado y presente.

Texto y foto: Richard Ilimuri - Internet

martes, 3 de marzo de 2026

La estación que movía a La Paz: memoria viva del hierro y el tiempo

En La Paz, a inicios de la década de 1930, la Estación Central de Ferrocarriles no solo conectaba destinos: articulaba la vida económica y social de la ciudad. Hoy, ese mismo edificio —convertido en patrimonio y espacio cultural— sigue siendo testigo de una época en la que el progreso llegaba sobre rieles.

La imagen captura un instante detenido en el tiempo: polvo en el aire, vehículos alineados frente a una imponente fachada, y figuras humanas que parecen pequeñas frente a la magnitud del edificio. Es la Estación Central de Ferrocarriles de La Paz, inaugurada en 1930 y diseñada por el ingeniero Julio Mariaca Pando, cuando el país apostaba por el tren como símbolo de modernidad.

En 1932, año aproximado de la fotografía, la estación era un punto neurálgico. No había pausa. Camiones, automóviles y transeúntes convergían en este espacio donde la ciudad se encontraba con el resto del país. Era la puerta de entrada y salida, el lugar donde comenzaban los viajes y también donde se cerraban las despedidas.

El edificio, de líneas sobrias y elegantes, se imponía sobre el paisaje árido que lo rodeaba. Su torre con reloj no solo marcaba las horas: ordenaba la vida de quienes dependían del ritmo ferroviario. Cada llegada y cada partida tenía su propio pulso, su propia historia.

En la explanada, el movimiento era constante. Conductores esperaban pasajeros, comerciantes ofrecían sus productos, viajeros cargaban maletas con destinos inciertos. En medio de ese dinamismo, la estación se consolidaba como eje del crecimiento urbano, acompañando una ciudad que comenzaba a expandirse más allá de sus límites tradicionales.

Pero el tiempo, como los trenes, nunca se detiene.

Con el paso de las décadas, el protagonismo del ferrocarril fue disminuyendo. Las carreteras tomaron el relevo y la estación fue quedando en silencio. Sin embargo, su valor histórico y arquitectónico la salvó del olvido.

Hoy, el antiguo edificio ha sido recuperado y transformado para el Teleférico y tambien en un espacio cultural. Ya no llegan trenes, pero siguen llegando personas. Ya no hay silbatos ni humo, pero sí arte, memoria y encuentros.

La estación ya no conecta ciudades. Ahora conecta generaciones...

Texto y foto: Richard Ilimuri - Erik Villegas

viernes, 27 de febrero de 2026

La San Francisco: la plaza que nunca duerme

En el corazón de La Paz, donde la altura corta el aliento y la historia pesa en cada piedra, la Plaza San Francisco ha sido, desde siempre, un lugar de encuentro.

Mucho antes de que las campanas resonaran, antes incluso de que existieran muros de piedra, ese espacio ya latía. Allí, en tiempos prehispánicos, los pueblos aimaras realizaban ceremonias, intercambios y rituales. Era un punto sagrado, un cruce de caminos donde lo espiritual y lo cotidiano se entrelazaban.

Luego llegaron otros tiempos.

En 1549 comenzó a levantarse la imponente Basílica de San Francisco, piedra sobre piedra, como símbolo de una nueva era. La plaza cambió de rostro, pero no de esencia: siguió siendo el lugar donde la gente se reúne, discute, comercia y resiste.

La fotografía parece detenida en una mañana cualquiera de mediados del siglo XX.

El bullicio es casi audible. Mujeres con polleras extienden sus mantas sobre el suelo empedrado, ofreciendo hierbas, tejidos, alimentos. Hombres de sombrero conversan en pequeños círculos, algunos de pie, otros en cuclillas, como si el tiempo no tuviera prisa. Hay niños observando, aprendiendo sin saberlo que ese espacio es escuela de vida.

Al fondo, la basílica se levanta firme, testigo silencioso de todo. Ha visto pasar siglos: procesiones, rebeliones, celebraciones, silencios. Sus muros no solo sostienen una estructura, sostienen memoria.

En la plaza, nadie es extraño.

Un comerciante llega desde lejos con su carga al hombro. Una mujer regatea el precio de unas flores. Un grupo discute política en voz baja. Todo ocurre al mismo tiempo, como si la plaza fuera un organismo vivo, donde cada persona es una célula en movimiento.

Pero hay algo más profundo.

Cada piedra parece guardar historias: de lucha, de fe, de sobrevivencia. La plaza ha sido escenario de cambios, de caídas y de renacimientos. Ha sido mercado, templo, trinchera y hogar.

Y aunque el mundo avance, aunque la ciudad crezca y cambie, la Plaza San Francisco sigue siendo lo mismo que fue hace siglos: el corazón abierto de La Paz.

Un lugar donde el pasado no se ha ido, solo sigue caminando entre la gente.

Texto y foto: Richard Ilimuri